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sábado, 15 de abril de 2023

II Domingo de Pascua: Aparición de Jesús resucitado a Tomás (Jn 29, 19-31)

 
1. LEE: Jn 20, 19-31

El mismo día de la resurrección, Jesús se aparece a sus discípulos; se hace “visible”, “experimentable”. Su presencia disipa sus miedos y los llena de alegría. Tomás, uno de los Once, no estaba y no cree el testimonio de los discípulos. Sin embargo, Jesús “ocho días después”, también se le aparecerá y elogiará a todos los que creemos sin haber visto, sino basándonos en el testimonio de otros creyentes. Jesús nos dona su Espíritu y nos envía a continuar la misma misión que el Padre le encomendó: ser instrumentos de paz (justicia, igualdad, dignidad…) y de reconciliación; es decir, ser constructores de esa “fraternidad universal” a la que nos invita el Papa Francisco.

2. MEDITA
  • ¿Dónde y cómo he experimentado en mi vida a Cristo Resucitado? ¿Lo experimento hoy?
  • ¿Soy portador/a de paz, instrumento de reconciliación?
  • ¿Adónde y a quiénes me envía hoy el Señor?
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior… 
  • Dialoga con el Señor... 
  • Pídele… Dale gracias…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra? 
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

Domingo de Resurrección (Ciclo A): "Vio y creyó" ( Jn 20, 1-9)

 

1. LEE: Jn 20,1-9

El Domingo de Resurrección, la Iglesia nos invita a contemplar el episodio del “sepulcro vacío”. Un “hecho” que puede ser (y de hecho es) interpretado de muchas maneras. Para unos (María Magdalena), es señal de que se han robado el cuerpo; a otros (Pedro), no les dice nada; solo el discípulo amado interpreta correctamente lo que está sucediendo. Ve lo mismo que todos, pero «creyó» (el amor nos hace capaces de percibir la presencia del amado). En ese sepulcro vacío, ve el signo, la “prueba” de que Jesús ha resucitado. Nadie fue testigo del momento de la resurrección, pero el Resucitado pone ante nosotros signos, señales, que nos permiten descubrirlo presente entre nosotros.

2. MEDITA
  • ¿Me siento «discípula amada»? ¿Tengo la experiencia de ser amado por el Señor?
  • ¿Sé descubrir en mi vida cotidiana, en los acontecimientos históricos, la presencia del Señor Resucitado? Recuerda alguna experiencia.
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior… Dialoga con el Señor... 
  • Pídele… Dale gracias…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra? 
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 14 de abril de 2023

V Domingo de Cuaresma (Ciclo A): Jesús resucita a Lázaro (Jn 11, 1-45)

 

1. LEE: Jn 11, 1-45

El Evangelio de hoy nos invita a meditar en la resurrección de Lázaro, de este modo, se nos presenta a Jesús como la Vida. Por tanto, en este itinerario cuaresmal, Jesús se nos ha manifestado como el Agua viva que calma nuestra sed; la Luz que ilumina nuestras oscuridades y, ahora, como la Vida auténtica, que nos ofrece la vida eterna ya aquí y ahora. El texto es hermoso. Jesús llora por la muerte de un amigo. Marta le recrimina el no haber estado ahí y, sin embargo, expresa una de las mayores confesiones de fe: “Tú eres el Cristo”, antes de que Jesús haga el milagro. El regreso a la vida de Lázaro es el último signo de Jesús y el que, al mismo tiempo, será su sentencia de muerte.

2. MEDITA
  • ¿Necesitas ser sacado de algún sepulcro o liberado de algunas ataduras?
  • ¿Alguna vez, como Marta y María, has reprochado a Dios su ausencia?
  • Como Marta, ¿cómo confie­sas tu fe en Jesús, Vida nuestra?
  • ¿Crees en la resurrección de los muertos? ¿Crees en Jesús, Vida y Resurrección nuestra?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor... 
  • Pídele… Dale gracias… 
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra? 
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

IV Domingo de Cuaresma (Ciclo A): Jesús cura a un ciego de nacimiento (Jn 9, 1-42)

 

1. LEE: Jn 9, 1-42 

El Evangelio de hoy nos presenta la curación de un ciego de nacimiento. Y lo que para unos es un castigo, para Jesús será la oportunidad de mostrarnos el poder sanador de Dios. Sí el domingo pasado Jesús se nos manifestaba como el agua que sacia nuestra sed, nuestras búsquedas y deseos más profundos, hoy se nos presenta como la luz. Jesús es la luz que alumbra nuestras oscuridades, es la luz que cura nuestras cegueras. ¿Y qué cegueras? La ceguera que no nos permite verlo a nuestro lado, la ceguera que hace que vayamos por la vida sin ver a nuestros hermanos, la ceguera que nos mantiene en la oscuridad y el sinsentido. Pero para que nos sane, necesitamos reconocer que estamos ciegos y dejar que nos toque con su amor y con su gracia.

2. MEDITA
  • ¿Cuándo ocurre alguna desgracia, qué interpretación le doy?
  • ¿De qué “cegueras” me ha curado el Señor?
  • ¿Mis ojos de la fe son capaces de descubrir al Señor presente en mi vida, presente en las personas, en el mundo?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor… 
  • Pídele… Dale gracias… 
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra? 
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

miércoles, 8 de marzo de 2023

III Domingo de Cuaresma (Ciclo A): Jesús se encuentra con una mujer samaritana (Jn 4, 5-42)

1. LEE: Juan 4, 5-42

Seguimos recorriendo nuestro itinerario espiritual, como preparación a la celebración de la Pascua del Señor. Este tercer domingo de Cuaresma, se nos invita a meditar en el encuentro de Jesús con una mujer samaritana.

Un primer dato significativo es que el evangelio nos dice que Jesús iba de Judea a Galilea y que tenía que pasar por Samaría. Ese “tenía” implica una clara intencionalidad, pues los judíos generalmente no solo no tenían que pasar por allí sino que evitaban hacerlo, precisamente por la enemistad que había entre ambas regiones. Por tanto, Jesús “tenía” que pasar por ahí porque buscaba algo…

Llega con sus discípulos a Sicar. Quienes lo acompañan van en busca de comida y él se queda sentado en el pozo. El pozo tiene grandes reminiscencias bíblicas. Eliezer, siervo de Abrahán, encuentra a Rebeca, futura esposa de Isaac, junto a un pozo (Gn 24,11ss); Jacob se enamora de Raquel junto a un pozo (Gn 29); Moisés conoce a Séfora junto a un pozo (Ex 2,15).

De pronto, llega una mujer samaritana a sacar agua. No se dice su nombre. Para algunos comentaristas, dicha mujer da fe de que, al inicio de la evangelización de aquella región, una mujer jugó un papel muy importante. 

Jesús toma la iniciativa y le pide de beber. De este modo, rompe los posibles prejuicios de la mujer. Todo esto da pie a un diálogo en torno al agua. Jesús pide de beber. La mujer se sorprende. Y Jesús pasa de pedir de beber a ofrecerle a aquella mujer agua viva. Más aún, le dice que esa agua no tiene que ir a buscarla a ningún pozo (símbolo de esfuerzo) sino que está dentro de ella, como un manantial que brota sin cesar (¡es pura gracia!). Y esta es la primera invitación que se nos hace hoy, descubrir ese manantial de agua que está dentro de nosotros, esa agua viva que es Dios mismo y que es la única capaz de saciar nuestra sed más profunda.

Luego, Jesús aborda el tema de los cinco maridos que tuvo aquella mujer y el actual, que tampoco es del todo su marido… Seis maridos (número imperfecto). Esto también denota una búsqueda infructuosa. Ha ido de un marido a otro sin encontrar lo que anhela. El séptimo será Jesús, en quien finalmente encontrará el amor deseado. Esta es la segunda invitación que se nos hace. Entrar en nuestro corazón y descubrir a Jesús como el único amor verdadero.

Finalmente, el diálogo deriva hacia un tercer tema, los lugares de culto. La mujer le pregunta en qué lugar se debe adorar a Dios. Jesús dará una respuesta sencilla. No necesitamos ningún lugar especial para adorar a Dios. A Dios no se le da culto en lugares concretos (dígase en este caso, por ejemplo, el Templo de Jerusalén) sino que se lo adora en espíritu y verdad. Es decir, no se trata de un lugar específico sino de una actitud interior. Más aún, la gran revelación es que el nuevo “lugar” de encuentro con Dios no es un edificio, es Jesús. Y esta es la tercera invitación que se nos hace. Profundizar nuestra relación con Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, cultivar esos momentos de encuentro. Y es en ese momento cuando Jesús se le revela a la mujer como el Mesías, el Esperado…

Fruto de este encuentro, aquella mujer entusiasmada se convierte en misionera. Deja el cántaro (¡ya no lo necesita!) y va donde sus paisanos para llevarlos donde Jesús. Y estos, gracias al testimonio de aquella mujer, van al encuentro de aquel judío a quien también reconocen como el Mesías. Y he aquí una nueva invitación, a convertirnos en misioneros entusiasmados de lo que hemos descubierto en lo profundo del corazón.

Por último, el evangelio nos presenta un diálogo entre Jesús y sus discípulos. Estos han vuelto con la comida y se sorprenden de ver a Jesús conversando a solas con una mujer y, para colmo samaritana, aunque no se atreven a decirle nada. El diálogo ahora va en torno al alimento. Los discípulos están preocupados porque Jesús no ha comido, y Él les responde que su alimento es hacer la voluntad de su Padre, voluntad que acaba de realizar saliendo al encuentro de aquella mujer.

Es un hermoso evangelio para meditar, para dejarnos cuestionar, para tener un encuentro profundo con Jesús, para conectar con ese manantial que brota en nuestro interior, esa agua que es Dios mismo calmando nuestra sed y derramando su amor en nosotros.

2. MEDITA
  • ¿Cuáles son mis búsquedas y deseos más profundos?
  • ¿De qué tengo sed? ¿Con qué la sacio?
  • ¿Qué me falta en la vida para ser feliz?
  • El alimento de Jesús es hacer la voluntad de su Padre, ¿y el mío?
  • ¿Qué espacios de oración dejas para que el Señor te dé de beber y te alimente?
  • La samaritana corre a anunciar lo descubierto, ¿y yo?
  • ¿Experimentas a Jesús como tu Salvador y el Salvador del mundo?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 23 de diciembre de 2022

Navidad (Ciclo A): Y Dios quiso venir a vivir entre nosotros (Jn 1, 1-18)


1. LEE: JUAN 1, 1-18

Cuando pensamos en la Navidad, siempre viene a nuestra mente las escenas tal como nos las narra el evangelista san Lucas; el nacimiento en Belén, el anuncio a los pastores, el canto de los ángeles, María, José, aquel niño recostado en un pesebre. Es un texto hermoso, lleno de detalles, que se lee en la misa de la noche del 24. En la misa de Navidad, el día 25, se nos propone el conocido como “Prólogo de san Juan”; un himno, con algunas pequeñas partes narrativas, de una belleza y profundidad inigualables.

Juan nos invita a adentrarnos en el misterio que se esconde en ese niño y nos recuerda que aquel niño que contemplamos con ternura, aquel niño que podemos tener en nuestros brazos, es la Palabra (con mayúscula) que existe aún antes de la creación del mundo, es decir, desde siempre, pues es Dios. ¿Qué nos quiere decir con esto?

La creación del mundo, según el Génesis, se hizo gracias a la Palabra. Dios pronunciaba su palabra: “Hágase el cielo… hágase el sol…” y todo sucedía de acuerdo a su palabra. Su palabra no es una palabra vacía, como muchas palabras nuestras. Su palabra tiene fuerza creadora, hace lo que dice.

La palabra nos permite comunicarnos. Con la palabra nos expresamos. La palabra exterioriza lo que pensamos, lo que sentimos, lo que deseamos. Y Dios es comunicación. Desde siempre ha deseado comunicarse con nosotros. A lo largo de la historia, nos dirigió muchas palabras (eso es la Biblia), pero llegada la plenitud de los tiempos, nos ha hablado por medio de su hijo Jesús. Él es la Palabra de Dios, en Él, Dios se nos comunica. Quien ve a Jesús, ve al Padre; quien lo escucha, puede tener la certeza de que está escuchando lo que Dios quiere.

Sí, Jesús es la Palabra que Dios Padre ha pronunciado. Y esa Palabra está llena de vida, de luz. Quien la acoge, quien la escucha, quien la pone en práctica, no solo llena su ser de vida y de luz, si no que se convierte en hijo de Dios, pues Jesús mismo nos hace partícipe de su misma vida.

Y, sí, un día, Dios quiso venir a morar entre nosotros. Y puso su tienda aquí, en nuestra tierra. No vino de paso, vino para quedarse. Y aunque muchos lo rechazaron, nadie puede extinguir su luz.

Jesús es la mayor expresión del amor y la fidelidad de Dios. Que al contemplar a este niño débil, frágil, vulnerable, seamos conscientes de que es el modo como Dios ha querido revelársenos. No como una fuerza prepotente, como un poder avasallador, sino como alguien que desea que lo tomemos en brazos, que no le tengamos miedo, que lo acojamos en nuestra casa, en nuestra vida, en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestro mundo… para transformarnos, para transformarlo todo…

2. MEDITA
  • ¿He experimentado cómo la Palabra (el Señor Jesús) me llenan de luz y de vida? ¿En qué lo noto?
  • ¿Escucho esa Palabra con atención?
  • ¿Soy consciente de que acoger a Jesús me abre la posibilidad de llegar a ser hijo/a de Dios?
  • ¿Experimento el caudal de gracia que nos llega a través de Jesús?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 10 de junio de 2022

Solemnidad de la Santísima Trinidad (Ciclo C): Dios es Familia (Jn 16, 12-15)

1. LEE: Jn 16, 12-15

El domingo siguiente a Pentecostés, la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad. En el ciclo C, seguimos meditando en el evangelio según san Juan, concretamente en el c. 16, vv. 12-15.

Para la mayoría de los cristianos, hablar de la Santísima Trinidad es hablar de un “misterio”, algo en lo que estamos llamados a creer, pero que, en realidad, no comprendemos ni tiene una repercusión práctica en nuestra vida. Vamos, que no nos afecta. Como decía un joven universitario: «que la Trinidad sean tres o sean nueve, es irrelevante».

La Santísima Trinidad no es un teorema matemático (tres en uno) ni una verdad solo al alcance de teólogos y de teó­logas. La Trinidad es un “misterio”, sí, en el sentido de que es algo que nos ha sido revelado por Jesús, pues por nosotros mismos no podríamos haber conocido que Dios es una comunidad de tres personas: Padre, Hijo y Espíritu. Y, el que sean tres, sí es relevante, pues Dios no es alguien solitario ni autoritario, Dios es familia. Por eso, nuestro modelo de sociedad es ese, el vivir como hermanos, como familia, formando comunidad, creando comunión entre diversos. De allí que, creer que Dios es Trinidad, tiene una fuerte repercusión en nuestra vida.

Nos situamos en el último gran discurso de Jesús, previo a la Pasión, en el contexto de la última cena. 
Estamos ante un texto trinitario en el que Jesús, por quinta vez, habla del Espíritu Santo Paráclito.

El Padre es la fuente y origen de todo. Jesús aparece como el Revelador el que nos ha dado a conocer el designio de Dios y quién es Dios: Padre, Hijo y Espíritu. Pero los discípulos aún no son capaces de comprender todo ello y extraer sus consecuencias. El Espíritu como tal, no “añadirá” nada “nuevo”. Él es quien nos ayuda a entender mejor el mensaje de Jesús, su Palabra, su Vida, sus gestos, sus opciones. Por eso se lo llama el “espíritu de la verdad” y juega un papel fundamental en la comunidad/Iglesia (tengamos presente que, para Juan, la Verdad es Jesús, como revelador del Padre).

Así mismo, el Espíritu tiene el encargo de dar continuidad a la misión de Jesús que, ahora, está en nuestras manos. El texto pone el énfasis en la estrecha unión entre la que ha sido la labor de Jesús y la que, de ahora en adelante, será la del Espíritu.

Este texto, pese a su brevedad, resalta el dinamismo trinitario: Jesús lo recibe todo del Padre y el Espíritu lo recibe todo del Jesús y nos lo comunica a nosotros para que nosotros lo comuniquemos al mundo. Jesús nos hace “visible” al Padre y el Espíritu, mantiene viva la presencia de Jesús.

Cuando se afirma que el Espíritu nos dará a conocer las cosas venideras, no se refiere a que va a predecir el futuro (lo que va a suceder) o nos hará revelaciones especiales. Las “cosas venideras” se refieren al nuevo orden de cosas que inaugura Jesús con su muerte y resurrección y la Vida que nos espera junto a Él.

En estos discursos finales, Juan da gran importancia al Espíritu. Un reto fundamental de la vida cristiana es “vivir en el Espíritu”, sentirnos habitados por él, dejarnos iluminar y conducir por él, estar atentos a sus inspiraciones y ser dóciles a ellas. Él nos conduce, nos ayuda a conocer mejor a Jesús y nos acompaña en la misión.

2. MEDITA
  • ¿Soy sensible a las inspiraciones del Espíritu Santo? ¿Me dejo conducir/guiar por Él? Recuerda alguna experiencia concreta.
  • ¿Es Jesús la fuente y motor de lo que vivo y anuncio?
  • ¿Siento la tranquilidad y confianza de saberme acompañado por el Espíritu?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

miércoles, 1 de junio de 2022

Pentecostés (Ciclo C): ¡La fiesta del Espíritu! (Jn 20, 19-23)

 

1. LEE: Juan 20, 19-23

Este octavo y último domingo de Pascua, la Iglesia celebra la solemnidad de Pentecostés, la gran fiesta del Espíritu Santo.

Esta fiesta se celebra nueve días después de la Ascensión del Señor; de aquí que hagamos “novenas” como preparación a fiestas importantes. Al celebrarse actualmente la Ascensión el domingo, se corre el riesgo de que nos olvidemos de este detalle. Con Pentecostés concluimos el Tiempo Pascual, 50 días después de haber celebrado la Resurrección de Jesús.

Para este domingo, la Iglesia nos propone nuevamente un texto del evangelio según san Juan, concretamente, el c. 20, 19-23. El evangelio de Juan es el evangelio privilegiado durante la Pascua.

Estamos ante el que se conoce como pri­mer final de dicho evangelio. Juan sitúa en el mismo día de la resurrección la escena del sepulcro vacío (Jn 20,1-10), la aparición de Jesús a María Magdalena (20,11-18) y esta primera aparición a los discípulos reunidos. Esto es importante porque, para Juan, la muerte, resurrección y efusión del Espíritu suceden casi simultáneamente. Jesús, ya al morir, entrega su Espíritu (Jn 19,30); y, el mismo día de la resurrección, lo infunde formalmente sobre sus discípulos reunidos. Esta experiencia es la que Lucas convierte en una serie de catequesis que se prolongan durante 50 días (40 de apariciones, 9 de espera del Espíritu, y el día, propiamente dicho, de Pentecostés). Juan, en cambio, quiere resaltar que en el mismo instante de la entrega de Jesús, la Iglesia recibe su Espíritu.

Centrémonos ahora en el relato.

El primer dato relevante es que Jesús se aparece a sus discípulos, entre los que también había mujeres, no solo a los Once apóstoles. Por tanto, lo que hizo y dijo nos atañe a todos nosotros, discípulos de Jesús.

Se aparece estando las puertas cerradas. Esto es hermoso. El Señor es capaz de penetrar nuestro corazón, incluso en aquellos momentos en los que vivimos encerrados en nosotros mismos, en esos momentos en lo que estamos paralizados por el miedo, la incertidumbre. Y, su lugar es “en medio”, en el centro de la comunidad, en el centro de nuestra vida. Y cuando Él está ahí, en el centro, recuperamos la paz y la alegría, dos de los grandes dones del Espíritu, cuya fiesta estamos celebrando precisamente hoy.

Este evangelio también pone de relieve que todo encuentro con el Resucitado supone un antes y un después; su presencia produce una profunda transformación en nosotros. Pasamos del miedo a la alegría; de estar encerrados en nosotros mismos, a vivir para los demás. Esto es una invitación a aprender a descubrir el paso de Dios por nuestra vida a través de sus “efectos”… cuando sentimos paz, alegría, fortaleza, esperanza, ánimo… podemos decir, sin lugar a dudas, que es el Espíritu del Señor actuando en nosotros. De hecho, Jesús sopla sobre aquellos discípulos, sobre nosotros, el Espíritu, aquel mismo Espíritu que lo condujo a Él, que lo inspiró e impulsó durante su vida mortal…

El don del Espíritu va asociado al envío misionero. El evangelio nos recuerda que nosotros recibimos de Jesús la misma misión que Él recibió del Padre, la misión de ser instrumentos de reconciliación.

Hoy es la fiesta del Espíritu, el día en que se nos invita a tomar consciencia de su presencia en nosotros. ¡Somos templo de Dios, somos morada suya!

Acojámoslo en nuestra vida, hagámonos sensibles a sus inspiraciones, sigamos sus invitaciones, confiemos en su compañía, en su fortaleza…

2. MEDITA
  • ¿Cómo vivo el hecho de ser enviado/a, de ser llamado/a a continuar la misión de Jesús, de ser instrumento de perdón, de reconciliación, de comunión allí donde estoy?
  • ¿Soy consciente de estar habitada por el Espíritu? ¿Me dejo mover por Él?
  • ¿Siento la acción del Espíritu en mi vida personal, en la Iglesia, en el mundo? Recuerda acciones concretas.
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…

4. COMPROMÉTETE:
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

jueves, 19 de mayo de 2022

VI Domingo de Pascua (Ciclo C): Somos morada de Dios (Jn 14, 23-27)

1. LEE: Jn 14, 23-29

En este sexto domingo de Pascua, ya próximos a la fiesta de la Ascensión, se nos propone una parte del discurso de despedida de Jesús en la última cena. Jesús sabe que está a punto de partir y quiere preparar a sus discípulos. Por eso, les dirige un largo discurso para prepararlos a vivir su ausencia. Les dirige palabras de cariño y consuelo

En este breve texto, se nos invita a guardar su Palabra; es decir, a hacerla vida. Para ello, necesitamos conocerla, escucharla, meditarla, comprenderla, interiorizarla… Y, esto genera un dinamismo amoroso: si guardamos su Palabra, experimentaremos el amor que el Padre nos tiene y, no solo eso, sino que seremos cada vez más plenamente conscientes de que somos morada de Dios, nos sentiremos habitados por Él. Jesús anuncia, además, la venida del Espíritu Santo, que nos ayudará a recordar y a hacer vida sus palabras.

Por último, Jesús nos entrega el don de la paz, una paz que nace en lo profundo del corazón, la paz de sabernos amados y en manos de un Padre amoroso que cuida de nosotros.

Con este evangelio, se nos va preparando para la ya no tan lejana fiesta de Pentecostés.

2. MEDITA:
  • La prueba del amor a Jesús es, según este evangelio, guardar su Palabra. ¿Cómo la guardo yo? ¿La pongo por obra? ¿Cuándo?
  • ¿Leo con frecuencia la Palabra de Dios?
  • ¿Me siento “habitado” por Dios?
  • ¿Qué tan presente está el Padre en mi vida cotidiana? ¿Me ayuda a vivir como hijo y hermano?
  • ¿Siento en mi vida esa paz que viene de Dios? ¿La transmito a los demás?
3. ORA:
  • Dialoga con el Señor…
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE:
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

jueves, 12 de mayo de 2022

V Domingo de Pascua (Ciclo C): "Ámense los unos a los otros como yo los he amado" (Jn 13, 31-35)


1. LEE: Jn 13, 31-35

En este quinto domingo de Pascua, se nos recuerda el mandamiento principal de los cristianos: amarnos los unos a los otros. Es algo tan esencial, que san Agustín llego a decir: «Ama y haz lo que quieras» pues, quien ama, solo hará el bien. Jesús, además, se nos presenta como “criterio” y “medida” del amor. Amar, sí, pero cuánto, a quién, hasta dónde. Y la respuesta es: «como Yo los he amado». Y cómo nos ha amado Jesús: hasta dar la vida, siempre, a todos (incluidos sus enemigos).

Recordemos la ley de bronce: «ojo por ojo y diente por diente». Esto fue ya un gran avance para la humanidad, pues se trataba de dar una respuesta proporcionada (si te quitan un ojo, no le quites tú dos sino solo uno). La ley de plata representa un nuevo avance ético: «no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti». La ley de oro: «haz al otro lo que quieres que te hagan a ti» expresa una actitud proactiva; no solo se trata de evitar hacer el mal sino de hacer positivamente el bien. La propuesta de Jesús las supera a todas. Por eso puede decir que es un mandamiento «nuevo». Ya no se trata solo de dar una respuesta proporcionada o de no hacer el mal o, mejor, hacer al otro lo que a me gustaría que me hiciera a mí sino de amar como Jesús me ama. 

Si nos fijamos, llama poderosamente la atención que Jesús no dice: «ámenme a mí como yo los he amado», sino que lo que nos pide es amarnos entre nosotros. Respondemos al amor de Dios, amando a los demás. Fue lo que el mismo Juan dijo en una de sus cartas: «no podemos decir que amamos a Dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestro hermano que está a nuestro lado». Lo que Dios quiere, su voluntad, es que nos amemos los unos a los otros... Y, ¿cómo?, pues como Él mismo nos ha amado...

Estas palabras las dijo Jesús en el contexto de la Última cena, cuando Judas ya ha decidido entregarlo y después de haber lavado los pies a sus discípulos, incluido el traidor. Se trata, por tanto, de un amor que se expresa en el servicio y que incluye a todos.

Los primeros cristianos entendieron esto tan bien, que el amor era su distintiva. Quienes los conocían, decían de ellos: «miren cómo se aman»... Morían incluso perdonando y bendiciendo a quienes los martirizaban... Por eso, el amor es lo que debe distinguirnos a nosotros.

2. MEDITA
  • ¿Puedo decir que amo como Jesús me ama a mí o pongo límites al amor (a unos sí, a otros no… a veces sí, a veces no… depende…?)
  • ¿Pueden reconocerme, por mi modo de amar, como discípulo de Jesús?
  • ¿Voy creciendo en amar como Jesús me ama? ¿Qué me falta?
3. ORA:
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE:
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

viernes, 6 de mayo de 2022

IV Domingo de Pascua (Ciclo C): "Mis ovejas escuchan mi voz" (Jn 10, 27-30)

 

1. LEE: Juan 10, 27-30.

Las breves palabras del evangelio de hoy, están en el contexto del discurso de Jesús sobre el Buen Pastor (Jn 10,1-18). Esta figura nos resulta muy ajena a nuestra cultura urbana; sin embargo, era muy cercana para los oyentes de Jesús, pues en Palestina era un oficio muy conocido. Resulta tan familiar y significativo, que en el Antiguo Testamento, Dios identificó a los dirigentes y a sí mismo muchas veces con ella; los dirigentes están llamados a ser como el pastor para las ovejas y se hace una crítica muy fuerte a quienes no actúan así. Por eso, una de las características del Mesías sería precisamente esa, ser el pastor que todos esperan y, de hecho, Jesús se presenta a sí mismo así: Yo soy el Buen Pastor.

La imagen del pastor alude al cuidado. Decir que Jesús, que Dios es un buen pastor, quiere decir que es alguien que cuida de nosotros, que vela por nuestro bienestar. Basta leer el hermoso salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta".

Ahora bien, si Él es el buen pastor, nosotros estamos llamados a ser ovejas de su rebaño. Hoy, lamentablemente, la imagen del rebaño es muy negativa. En este texto, no. Sabernos "sus ovejas" es sentir que le pertenecemos, que estamos en buenas manos, en manos de alguien que será capaz de dar la vida por nosotros si es necesario. Y, en cambio, lo único que nos pide es que reconozcamos su voz entre otras voces y la sigamos. Llegar a tal familiaridad con su Palabra, que la sepamos distinguir entre mil voces, ¡esto es el discernimiento!, discernir qué voces, qué llamadas, qué invitaciones vienen de Dios, para seguirlas y qué, en cambio, no viene de Él sino que, al final, solo nos hará daño.

En un mundo en el que el lema parece ser "sálvese quién pueda" y que cada uno cuide de sí mismo, el evangelio de hoy nos dice que no estamos solos ni abandonados a nuestra suerte, sino que estamos en manos de un Buen Pastor, de un Padre amoroso que, como buena madre, vela siempre por nosotros.

2. MEDITA:
  • ¿Dónde y cuándo escucho la voz de Jesús en mi vida diaria? ¿En su Palabra, en personas, en situaciones… ¿ ¿Cuáles…?
  • ¿Siento correr en mí esa “vida” que viene de Jesús?
  • ¿Qué obstáculos experimento que me “roban” plenitud de vida?
3. ORA:
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE:
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

viernes, 29 de abril de 2022

III Domingo de Pascua (Ciclo C): "¿Me amas?" Cuida de tus hermanos y hermanas (Jn 21, 1-19)

1. LEE: Juan 21,1-19

Jesús se “manifiesta” (se hace visible, experimentable) nuevamente (se insiste en ello tres veces). Ya no en domingo, como las veces anteriores, sino en un día cualquiera, un día “laborable”, pues Él se puede manifestar en cualquier momento, en momentos ordinarios, cotidianos, en el día a día. Y no “dentro de la casa”, sino “fuera”, pues nuestra vida se desenvuelve “dentro” y “fuera”, con momentos de vida en común y de actividad misionera. La presencia de Jesús se requiere en ambas. Sin él, ni la comunidad ni la misión funcionan.

Los discípulos están juntos, hombres y mujeres. Esto ha sido ya efecto de la resurrección de Jesús... Están juntos discípulos y discípulas... Donde está Dios, hay unidad...

No están todos; están 7... Tampoco es necesario estar todos juntos... Los 7 representan a toda la comunidad...

Simón Pedro toma la iniciativa de ir a pescar; lo expresa, no da órdenes, y los demás deciden acompañarlo... Ya no solo son discípulos; son compañeros... Faenan juntos, en la misma barca...

Esa noche no pescan nada. Al amanecer, estaba Jesús en la orilla... Estaría allí todo el tiempo, toda la noche, siguiéndolos con la mirada, como aquella vez que atravesaron esa tempestad terrible... Pero, al ser de noche, no lo ven... ¡Qué difícil es ver al, Señor, en la noche...! Pero está ahí, atento a lo que nos acontece...

De repente, un desconocido les dice que echen la red a la derecha. Ya no discuten, sencillamente aceptan la sugerencia de aquel hombre misterioso... y se produce el “milagro”... ¡Cuántas veces nos habla a través de “desconocidos”! Por eso, hay que aprender a escuchar todas las voces... Y, al ver los “resultados”, queda patente que ha sido obra suya... En aquel desconocido, hablaba el Señor...

De inmediato solo lo reconoce el discípulo amado, aquel que tiene esa relación cercana, amorosa, entrañable con Jesús... Y, gracias a él, los demás...

Luego, ya en la orilla, se nos presenta una escena sencilla, cotidiana... El Señor se manifiesta en la sencillez de la hospitalidad. A quienes vienen de trabajar, Jesús les tiene preparada una comida caliente y, además, valora el fruto de su trabajo y les pides parte de lo que han pescado... Se manifiestas en la mesa, en el trabajo, en la vida compartida... No lo “ven”, pero lo perciben, lo reconocen en aquellos gestos... Con ello se nos invita a aprender a mirar con los ojos del corazón... El Señor no se manifiesta con truenos y relámpagos o con apariciones deslumbrantes, sino en gestos sencillos de amor, de preocupación por el otro, de cercanía... Se manifiesta así, y es así como, a su vez, nos invita a manifestarlo.

A continuación, hay un diálogo entre Jesús y Pedro. No hay reproches, solo una pregunta: «Pedro, ¿me amas?». El verbo que utiliza es “ágape”. Es un verbo fuerte, comprometido... Supone un amor incondicional, oblativo, desinteresado, gratuito... ese amor que solo tiene Dios, tal vez una madre... un amor que permanece fiel, que no depende de la reciprocidad... Tal vez por eso Pedro responde con el verbo “filía”, que denota un amor de amistad, hecho de reciprocidad, de compañerismo… En todo caso, Jesús insiste en preguntar a Pedro acerca de sus sentimientos hacia Él, del tipo de relación que mantiene con Él... Ahí se juega todo… Y, al final, Jesús lo que desea es que Pedro le manifieste ese amor en el cuidado hacia sus hermanos y hermanas que le son encomendados…

2. MEDITA
  • ¿Experimento la presencia de Jesús en medio de mis tareas cotidianas?
  • ¿Me siento amado por Jesús en mi debilidad e incoherencias?
  • ¿Adónde y a quiénes me envía hoy el Señor?
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

sábado, 23 de abril de 2022

II Domingo de Pascua (Ciclo C): "Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor" (Jn 20, 19-31)

1. LEE: Juan 20, 19-31

Durante este Tiempo Pascual, se nos propone meditar en distintos textos que hacen referencia a la experiencia de que Jesús “resucitó de entre los muertos”; es decir, que estaba vivo, acompañando a sus discípulos en el camino de la vida y animándolos para continuar su misión en el mundo: mostrar el rostro amoroso de Dios Padre, ayudar a que todos, hombres y mujeres, llegaran a vivir plenamente, “como Dios quiere”, liberándolos de tantas formas de esclavitud, que no nos permite ser nosotros mismos, desarrollar todo el potencial con el que Dios nos ha dotado, vivir como hijos y hermanos.

El evangelio de Juan nos presenta un itinerario para experimentar la presencia del Resucitado. Primero, nos pone ante el sepulcro vacío (Jn 20,1-10)… Un hecho que podía tener múltiples explicaciones: han robado el cuerpo (María Magdalena)…; un hecho sin ninguna explicación (Pedro); o, una señal que nos habla de que el sepulcro está vacío porque el Señor ha vencido a la muerte y está vivo (el discípulo amado)… La experiencia de sentirnos amados por el Señor, nos ayuda a descubrir su presencia en acontecimientos que, a simple vista, no tienen ningún sentido.

Acto seguido, se nos habla del encuentro de María Magdalena con Jesús resucitado (Jn 20,11-18). María, anclada en el pasado, queriendo aferrarse a un “muerto”, de pronto, se siente llamada por su nombre; es decir, conocida en lo profundo de su ser… y amada. Jesús se le hace presente en un jardinero, en una “figura” nueva, distinta… El Resucitado se nos puede hacer presente a través de muchas personas y situaciones… pero es Él… Ella intenta nuevamente aferrarlo, pero Él la invita a soltarlo… No necesita agarrarlo… Él no se va a ir nunca… Él estará siempre a su lado… Y la envía a dar esta gran noticia a los demás discípulos que andan desconcertados, desilusionados, abatidos…

A continuación, ese mismo días, Jesús Resucitado se hará presente, “visible”, “experimentable” en medio de la comunidad de discípulos (Jn 20,19-31)… Jesús sigue saliendo al encuentro de aquellos hombres y mujeres que, muertos de miedo, se han encerrado en el Cenáculo, en el mismo lugar donde, pocos días antes, Él se les había entregado en un trozo de pan y un poco de vino… Y Jesús es capaz de penetrar en ese recinto cerrado, es capaz de hacerse presente en nuestro interior, a pesar de, tantas veces, estar encerrados en nosotros mismos… Y se pone en medio… Y cuando Él está en el centro de nuestra vida, de la comunidad, todo cambia… Vuelve la ilusión, vuelve la alegría, vuelve la esperanza… Y no nos deja en nosotros mismos, sino que nos envía… Sopla sobre nosotros su Espíritu y nos envía a perdonar, a ser instrumento de reconciliación… Pero no todos estaban allí, faltaba Tomás… Y, para él, no fue suficiente el testimonio de quienes habían visto a Jesús Resucitado…

Ocho días después, aquellos discípulos siguen encerrados… Todos necesitamos tiempo… Y Jesús vuelve a hacerse presente… Los vuelve a inundar con su paz (¡la paz y la alegría son señales claras de la presencia del Resucitado!). Y se dirige a Tomás, el “incrédulo”… (¡y todos tenemos algo de incrédulos)… No lo deja en evidencia ni le reprocha…; al contrario, accede a sus requerimientos, a esa necesidad de ver, de tocar que tenemos todos… Y Tomás, el incrédulo, hace la confesión de fe más grandiosa: ¡Señor mío y Dios mío…! Así, Jesús ha recuperado también a Tomás y nos ha regalado una nueva bienaventuranza: "¡Dichosos los que creen sin haber visto!" Sí, dichosos quienes hemos creído en el testimonio de sus discípulos… Dichosos los que creerán a través de nuestro testimonio…

Sin duda, esta es una de las grandes tareas del Resucitado: recuperar a quienes se habían perdido… Devolvernos la confianza, la alegría, la paz… Romper nuestras barreras, ayudarnos a abrir nuestras puertas, a vencer nuestros miedos… ¡Cuántas veces no lo ha hecho con nosotros! Y nos lanza al mundo, a ser testigos de esta maravillosa noticia...

2. MEDITA
  • ¿Dónde y cómo he experimentado en mi vida a Cristo Resucitado?
  • ¿Qué miedos necesito superar para anunciar al Señor?
  • ¿Soy portador/a de paz, instrumento de reconciliación?
  • ¿Adónde y a quiénes me envía hoy el Señor?
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

sábado, 16 de abril de 2022

Domingo de Resurrección (Ciclo C): "Vio y creyó" (Jn 20,1-9)

 

1. LEE: Jn 20, 1-9

Todo tiene un comienzo. Incluso cuando todo parece acabado, la vida renace. Lo seco, de repente florece. A pesar de los miedos, la incertidumbre y las dudas sobre el futuro, la vida renace y siempre es posible un nuevo inicio. Incluso si el deseo de volver a empezar debe afrontar cada vez la lucha contra la tentación que nos invita a abandonar, es importante que sepas que la muerte ha sido vencida y la vida puede siempre tener un nuevo comienzo.

Este es el mensaje de Pascua, y el texto del evangelio de hoy describe de manera realista la dificultad de creer que la vida vuelve a comenzar y que todo se renueva aun cuando parece imposible.

Estamos de nuevo en “el primer día”, como si se tratase de una nueva creación. La muerte está dejando espacio a la vida, pero es difícil creerlo, es difícil imaginar que de verdad las cosas puedan recomenzar de nuevo. Ese sentimiento de consternación, de fracaso, la amarga desilusión nos habitan.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía es oscuro. Comienza su viaje apenas puede, movida por el deseo irrefrenable o, tal vez, simplemente por el escrúpulo de terminar lo que no había podido hacer aquel viernes. María busca un cuerpo para ungir, tiene un deber que cumplir. Busca un sepulcro sobre el que llorar, un lugar donde derramar su lamento.

Somos así: más que tomarnos el trabajo de volver a empezar, preferimos buscar sepulcros sobre los que llorar. Nos detenemos. A veces nos pasamos la vida entera sin ver la luz de un futuro posible.

Todavía está oscuro, tal vez porque todavía hay oscuridad en el corazón de María, en el corazón de una persona que no consigue ver el sol que nace. En el corazón de María está la oscuridad de la confusión, la oscuridad de la tristeza, el crepúsculo de la desilusión.

Muchas veces nos damos cuenta de que un nuevo comienzo es posible solo cuando atravesamos una ausencia. El vacío nos revela que no se puede seguir adelante así. Dentro de aquel sepulcro María no encuentra ya nada, ni siquiera un cuerpo por quien llorar. María encuentra un espacio vacío. Y allí experimenta el esfuerzo del comienzo y el riesgo de detenerse. El vacío puede hacernos caer en el precipicio o puede empujarnos a buscar. María podría detenerse allí y desperdiciar su vida lamentándose. Aquello que buscaba, ya no está.

María, en cambio, se deja interrogar por aquella ausencia. Se pregunta dónde está su maestro, donde está aquel que busca su corazón. Como la esposa del Cantar de los Cantares, María se lanza en la noche de la desilusión para buscar a aquel que ama. Cuando realmente amas, no te resignas, sino que te pones a buscar. Aunque sea de noche.

Al igual que la esposa del Cantar, también María pide ayuda, se confronta, se deja acompañar. Así también Pedro y el otro discípulo, aquel que Jesús amaba, son imagen de aquellos llamados a emprender un nuevo comienzo, a partir de situaciones diversas. Aquel vacío no los deja indiferentes, sino que, paradójicamente, los empuja a buscar. Todos deben ponerse en movimiento a partir del propio presente.

Pedro es imagen de una fe que busca continuamente entender. Las cuentas no le cuadran. Es la imagen de una fe cansada, que no consigue correr. Es una fe debilitada por la traición. Una fe que todavía necesita ser sanada. Pedro llega al sepulcro. También él observa aquel vacío. Ve las vendas y el sudario en orden, como si todo hubiera sucedido con calma, pero de Pedro no se dice que cree. Pedro inicia un camino que lo llevará hasta Galilea. Allí, su curación pasará a través de aquel triple interrogatorio sobre el amor.

El otro discípulo, aquel que Jesús amaba, no tiene nombre, tal vez para darnos a cada uno de nosotros la posibilidad de tomar su lugar. Aquel discípulo es la imagen de quien ha tenido la experiencia de sentirse amado por Jesús. Ha escuchado su corazón. Ha permanecido junto a la cruz. Se ha sentido llamado y entregado al corazón de una Madre. Este discípulo es imagen de una fe llena de entusiasmo que sabe correr y también esperar. Este discípulo deja que Pedro entre primero. Es el discípulo que cree aun cuando todavía no comprende. Para él, este nuevo comienzo significa redescubrir el deseo de amar, dejar que el corazón se vuelva a encienda.

(Traducción de un comentario del P. Gaetano Piccolo S.I.)

2. MEDITA

1) ¿Me siento «discípulo amado»? ¿Tengo la experiencia de ser amada por el Señor?

2) ¿Sé descubrir en mi vida cotidiana, en los acontecimientos históricos, la presencia del Señor Resucitado? Recuerda alguna experiencia.

3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE
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miércoles, 30 de marzo de 2022

V Domingo de Cuaresma (Ciclo C): La mujer perdonada (Jn 8,1-11)

 

1. LEE: Jn 8,1-11

El evangelio de hoy pone ante nosotros varios personajes “tipo”: una mujer acusada de adulterio, unos acusadores (escribas y fariseos), unos observadores (la gente que estaba escuchando a Jesús) y a Jesús, que quieren que asuma el papel de juez. Esto nos puede ayudar a preguntarnos qué rol suelo “jugar” yo en la vida… ¿Soy de los que están prontos a acusar?, ¿de los que enseguida ven los errores en los demás?, ¿de los que critican, poniéndome, por tanto, por encima de los otros?

¿O asumo el papel de observador? Tal vez no soy de los que rápidamente acusan o critican, pero en no pocas ocasiones me sumo a ellos…, y estoy dispuesto a “tirar piedras” contra los demás… Porque también ahora tiramos piedras con nuestra lengua, con nuestra indiferencia…

Y, ¿cuántas veces me he sentido, en cambio, como aquella mujer? Puesta en medio, juzgada, dejada en evidencia… Juzgada sin ser escuchada… Juzgada sin analizar todos los hechos, pues allí solo está ella, ¿y aquel adúltero, dónde está?

Los acusadores ven en aquella mujer solo a una pecadora. La han etiquetado ya desde su pecado. Real, sí, pues ha sido pillada en flagrante adulterio. Pero ya no ven a una persona, ven solo a una adúltera… Y, cuántas veces, miro yo así a los demás o me he sentido mirada de ese modo…

Y, en este escenario, está Jesús. Él estaba en el Templo, tranquilamente enseñando, como tantas veces… De pronto, le traen a esa mujer y se la ponen en medio, como si se tratase de un vulgar objeto.

En realidad, la mujer les da igual; solo buscan tenderle una trampa para así tener un motivo para poder acusarlo. La «trampa» es colocar a Jesús ante la tesitura de hacer cumplir la ley y, por tanto, condenar a la mujer a ser lapidada, contradiciendo así todo su mensaje; o, salvar a la mujer, trasgrediendo y haciendo trasgredir, la ley de Moisés. La pregunta de fondo es: ¿está la ley por encima de todo, incluso cuando esta puede llevar a la muerte? ¿O es que acaso, en nombre de Dios y su misericordia “todo vale”?

Hay un gesto enigmático. Jesús se inclina y escribe con el dedo sobre la tierra. Muchos interpretan este gesto recordando que la ley entregada a Moisés, fue escrita por el dedo de Dios sobre tablas de piedra. Ahora, Jesús va a escribir con su dedo la nueva ley. Y no sobre tablas de piedra, sino sobre el polvo. Una ley que tiene en cuenta la fragilidad humana (somos polvo) y que es una llamada a la misericordia.

Jesús logra salir de esta aparente contradicción sencillamente haciéndonos caer en la cuenta de que todos somos pecadores y que si nos empeñamos en acusarnos unos a otros, todos terminaremos condenados. Jesús quiere introducir en el mundo la dinámica del perdón, pues es este el que hace posible la rehabilitación del pecador. Jesús no viene a abolir la ley sino a rescatar su sentido: salvar, liberar al ser humano.

Jesús no renuncia a ser juez. No niega el pecado de la mujer, no ignora mi pecado. Sin embargo, antes de que nos reconozcamos pecadores, a Él le interesa que nos sintamos salvados de manera incondicional y gratuita; al Señor no le interesa el pasado sino lo que seremos de ahora en adelante. El perdón nos abre a una nueva oportunidad. Esto no significa cerrar los ojos; el perdón pide enfrentarse al mal cara a cara. Pero es la experiencia de sentirnos perdonados por pura gracia, el detonante de una vida nueva. Es la experiencia de la bondad de Dios, la que posibilita una respuesta agradecida a esa bon­dad con nuestra vida y con nuestra actitud hacia los demás, de modo que seamos con otros como el Señor ha sido conmigo.

Según muchos comentaristas, con este hecho Jesús acaba de firmar su sentencia de muerte pues, , no solo no ha condenado a la mujer sino que la ha perdonado. Es este tipo de comportamiento, escandaloso e inaceptable para muchos, lo que verdaderamente llevo a Jesús a la muerte.

2. MEDITA
  • ¿Cómo es mi actitud espontánea ante el prójimo: de juicio o de mi­sericordia?
  • ¿Qué experiencia tengo de ser perdonado, acogida, querido por Dios? ¿Qué mirada de alguien sobre mí ha sido salvadora en mi vida?
  • ¿Soy de las que dan nuevas oportunidades a los demás?
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE
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  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

domingo, 20 de enero de 2019

"Haced lo que Él os diga". (Jn 2, 1-12)

Hoy la Iglesia nos invita a considerar el conocido episodio de las Bodas de Caná. Es un texto eminentemente simbólico… Cada gesto, cada elemento, tiene un significado profundo que nos ilumina y nos da pistas para crecer en nuestra relación con Dios.

El primer gran detalle es precisamente el  marco: unas bodas, una fiesta… La Biblia habla muchas veces de bodas y de matrimonio para referirse a la relación que Dios quiere establecer con nosotros… Dios quiere sellar con cada uno de nosotros un compromiso de amor incondicional, un matrimonio indisoluble, una alianza que dure por siempre… Pero, claro, el matrimonio es cosa de dos, por eso es una imagen que nos ayuda a descubrir lo que Dios desea de nosotros.

Sin duda, lo primero que debemos hacer es invitarlo a la boda… Parece una obviedad, pero es un detalle que no pocas veces se nos olvida… Lo primero es abrirle las puertas de nuestra casa, de nuestra vida, de nuestro corazón…; dejarlo entrar, dejar que su amor nos invada, que su ternura nos sane, que su gran misericordia nos rehaga por dentro… El Señor no viene a condenar, ni a juzgar, ni a pedir; viene a dar, a darse, a llenarnos de su amor y de su vida… Él está siempre a la puerta llamando, basta abrirle y entrará gozoso, pues nuestro Dios es un Dios al que le gusta la fiesta, que disfruta con nuestras alegrías y comparte nuestras penas.

Un segundo detalle es que, para que el Señor actúe, ha querido contar con nosotros… Qué Dios tan maravilloso… ¡Claro que podría hacerlo todo solo…! Pero, no, quiere contar conmigo…

Los novios, igual que yo, necesitan de alguien que se dé cuenta de que les falta vino… ¡Cuántas veces no somos conscientes de lo que realmente necesitamos…! Y siempre, en momentos claves de nuestra vida, hemos tenido personas que se han dado cuenta y han intercedido por nosotros de muchas maneras, con la oración, hablando con otras personas, saliendo al paso de lo que necesitamos... igual que María, la madre de Jesús… ¡Qué conmovedor es oírla decir a Jesús: “¡No tienen vino!” No le ordena,  no lo obliga, solo le sugiere de manera sutil, amorosa… Ante esto, es imposible resistirse… Y, luego, es hermoso escucharla decir a los sirvientes: “Haced lo que Él os diga”… Y esta puede que sea una de las enseñanzas centrales… No se trata de ir por el mundo de salvadores, activistas o francotiradores… Se trata de hacer lo que el Señor nos susurra al oído, lo que Él nos dice al corazón a través de su palabra, de los acontecimientos, de nuestra propia conciencia, de personas a través de las cuáles Él se nos comunica… Y, me pregunto: ¿Estoy atenta a lo que me dice? ¿Distingo su voz? ¿La sigo? Si seguimos su voz, no andaremos perdidos…

Y aquellos sirvientes hacen lo que Jesús les dice, aunque parezca absurdo. El Señor les pide lo que está en su mano, lo que ellos pueden hacer… Claro que no pueden sacar vino de donde no hay, pero pueden llenar las tinajas de agua… Algo sencillo, aparentemente inútil… Y Jesús hace el resto… No hará lo que yo puedo hacer; Él transformará nuestros pequeños esfuerzos y acciones… Pero, para actuar, necesita de nuestra colaboración, necesita que pongamos, que hagamos algo… Dios no es el Dios “milagrero…”; es el Dios que transforma nuestros pequeños gestos en obras maravillosas… Igual que es capaz de transformar el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre, es capaz de transformar nuestra vida, nuestro corazón, nuestros pensamientos, nuestras acciones… Pero necesita que lo pongamos en sus manos, que hagamos lo que nos dice…

Os invito a contemplar este texto, a fijaros en los detalles… Y, sobre todo, a ser agradecidos con las personas que han intercedido tantas veces por nosotros y que nos han invitado sencillamente a hacer lo que el Señor nos dice…

domingo, 8 de abril de 2018

II Domingo de Pascua (Ciclo B): Aparición a Tomás (Jn 20, 19-31)


La tarde de aquel día, el primero de la semana, cuando estaban cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, por temor a los judíos, vino Jesús, se puso en medio y les dijo: "¡La paz sea con vosotros!" Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo nuevamente: "¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió, así os envío yo".
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A aquellos a quienes les perdonéis los pecados, serán perdonados; a aquellos a quienes no les perdonéis, no serán perdonados». Tomás, uno de los Doce, llamado “el Mellizo”, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!" Pero él les dijo: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no pongo mi dedo en la herida del costado, no lo creo". [...] .
Ocho días después, vino Jesús, estando las puertas cerradas. Me consuela pensar que, aunque encuentra la puerta cerrada, no se va, sino que mantiene su dulce e implacable asedio. Ocho días después todavía está allí: el que fue abandonado regresa a los que lo abandonaron; el que fue traicionado, regresa a quienes lo entregaron a sus enemigos. Jesús vino y se quedó en medio de ellos. Sus apariciones no tienen el signo del reproche.
El Resucitado no se preocupa de sí mismo, sino del llanto de la Magdalena, de las mujeres que van, incluso corren para perfumar su cuerpo destrozado, del miedo de los apóstoles, de las dificultades de Tomás, de las redes vacías de sus amigos cuando regresan al lago donde todo comenzó. ¡Todavía tiene ese delantal en su cintura! Él no viene a pedir, viene a ayudar. Por eso es inconfundible.
-Paz a vosotros”. No es la expresión de un deseo, sino una declaración: hay paz para vosotros, hay paz dentro de vosotros, una paz que irá creciendo. Dijo: Shalom, una palabra bíblica que expresa mucho más que el simple fin de las guerras o la violencia; trae la fuerza de los rectos corazón en medio de las persecuciones, la serenidad de los justos en medio y contra las injusticias, una vida apasionada en medio de vidas apagadas, plenitud y florecimiento.
“Sopló y dijo: recibe el Espíritu Santo”. Sobre aquel puñado de criaturas, cerrado y temeroso, descendió el viento de los orígenes, el viento que soplaba sobre el abismo, el  sutil viento del Horeb que percibió el profeta Elías, aquel que va sacude las puertas cerradas del Cenáculo: “¡he aquí, yo os envío!” Los envía así como son, frágiles y lentos, pero investidos con su fuerza, la fuerza de su espíritu; sopla sobre ellos, los fuertes vientos de la vida, que henchirá sus velas y las llenará de Dios.
“Tomás, mete tu dedo aquí, en el agujero de mis manos, extiende tu mano, ¡toca!” Jesús resucitado no trae nada más que las heridas del crucificado, nos trae el oro de las heridas que nos han sanado. En las heridas hay el oro del amor. Las heridas son sagradas. Dios está en ellas como una gota de oro. Jesús no se escandaliza de las dudas de Tomás, no le reprocha su dificultad para creer, sino que, una vez más, se acerca y tiende aquellas manos donde el amor escribió su historia de oro. Y este gesto es suficiente para Tomás.
Quien extiende su mano, quien no te juzga sino que te anima y te ofrece una mano donde descansar y recobrar el valor, es Jesús. ¡No te puedes equivocar! “¡Bienaventurados los que crean sin haber visto!” Es una felicidad que siento mía, que es fácil y es para todos, para los que luchan, para los que caminan a tientas, para los que no ven, para los que comienzan de nuevo. Para nosotros, que cada ocho días, seguimos reuniéndonos en su nombre, después de miles de años; Bienaventurados los que "lo amamos sin haberlo visto" (1 Pedro 1, 8).
Ermes Ronchi
www.retesicomoro.it

domingo, 18 de junio de 2017

Corpus Christi: La fiesta de Dios que se hace pan (Jn 6, 51-58)

Hoy celebramos el “Corpus Christi”… Es la fiesta del cuerpo entregado, de la vida donada... de Dios que se hace pan sencillo para así poder ser comido por todos y alimentarnos, hasta hacerse uno con nosotros y nosotros uno con Él…
El pan está al alcance de todos, es el alimento de la gente sencilla…
Y, sí, Dios se hace alimento… Quiere ser comido..., asimilado...
El pan no se ha hecho para ser adorado ni metido cuidadosamente en una caja...
El pan está hecho para ser tomado entre las manos, bendecido, agradecido, compartido y comido...
Hoy saldrán procesiones a la calle… Muchos saldremos a “acompañar” al Señor… Es nuestro modo de agradecer su entrega, su don; de acoger su regalo…
Pero, no olvidemos que, el mejor modo de hacerlo es “comerlo”, “tragarnos” su Palabra, su mensaje, su modo de entender la vida… y vivirla entregándola hasta quedar exhaustos…
Ser pan para los demás… ser agua fresca… ser el vino que da alegría... En definitiva, ser como Jesús…
Que al comulgar hoy, lo hagamos con la consciencia de que es el Señor quien entra en nuestra casa, en nuestro cuerpo, en nuestro interior, para alimentarnos, hacerse uno con nosotros, para ser en nosotros… y, así, hacernos semejantes a Él, hasta convertirnos en su Cuerpo… en otros Cristos que aman, adoran y sirven como Él...

domingo, 11 de junio de 2017

La Santísima Trinidad: Un amor que se da. (Jn 3, 16-18)

Las palabras que Jesús elige para hablarnos de la Trinidad son palabras que hablan de familia, de afecto: Padre e Hijo, personas que abrazan, que se abrazan. Espíritu es una palabra que alude a la respiración: cada vida vuelve a respirar cuando se sabe acogida, tenida en cuenta, abrazada. Desde el principio, existe la relación, el vínculo.
Y si nosotros estamos hechos a su imagen y semejanza, lo que se dice sobre Dios, se dice sobre el ser humano. De allí que el dogma de la Trinidad no sea una fría doctrina, sino sabiduría que nos ayuda a vivir. 
Lo nuclear de Dios y del hombre es la relación. Por eso la soledad me pesa tanto y me da miedo, porque es contraria a mi naturaleza. Por eso cuando amo y encuentro una amistad verdadera me siento tan bien, porque entonces soy nuevamente imagen de la Trinidad.
En la Trinidad podemos contemplar como en un espejo lo más profundo de nuestro corazón y el sentido último del universo. El principio y el final, el origen y vértice de lo humano y lo divino, es el vínculo de comunión. 
“Dios ha amado tanto al mundo que nos ha dado a su Hijo”… En estas palabras Juan encierra el porqué último de la encarnación, de la cruz, de la salvación: nos asegura que Dios, desde toda la eternidad, no hace más que considerar a cada hombre y cada mujer más importante que Él mismo.
 “Dios ha amado tanto...” Y nosotros, creados a su imagen y semejanza, “tenemos necesidad de mucho amor para vivir bien” (J. Maritain), “que nos ha dado a su Hijo…”. En el Evangelio el verbo amar va unido siempre a un verbo concreto, práctico, fuerte, el verbo dar (“no hay amor más grande que dar la propia vida…”). Amar no es algo sentimental, no equivale a emocionarse o enternecerse, sino a dar, un verbo de manos y de gestos…
 “Dios no ha enviado a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo”. Salvarlo del único gran pecado: la falta de amor. Jesús es el sanador del desamor (V. Fasser). Lo que explica toda la vida de Jesús, lo que justifica la cruz y la Pascua no es el pecado del hombre, sino el amor por el hombre; no se trata de quitar algo a nuestra vida, sino de añadirle, porque “quien crea, tendrá más vida”.
“Tanto amó Dios al mundo...” No solo al ser humano, sino al mundo entero, tierra, plantas, animales… Y si Él lo ha amado, también yo quiero amarlo, cuidarlo, cultivarlo, con toda su riqueza y belleza, y trabajar para que la vida florezca en todas sus formas, y hable de Dios como un pequeño fragmento de su Palabra. El mundo es el gran jardín de Dios y nosotros somos sus pequeños “jardineros planetarios”.
Ante la Trinidad, yo me siento pequeño pero abrazado, como un niño: abrazado por un viento en el que navega la creación entera y que tiene por nombre amor.
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)

domingo, 16 de abril de 2017

Domingo de Resurrección (Ciclo A): ¡Ha resucitado! (Jn 20, 1-9)

Como el sol, Cristo tomó un nuevo impulso en el corazón de una noche: aquella de Navidad llena de estrellas, de ángeles, de cantos, de rebaños la retoma en otra noche, la de Pascua: noche de naufragio, de un terrible silencio, de hostil oscuridad sobre un grupo de hombres y mujeres consternados y desorientados. Las cosas más grandiosas acontecen de noche.
María Magdalena sale de casa cuando aún hay oscuridad en el cielo y en su corazón. No lleva óleos perfumados o nardo; no tiene nada entre sus manos, solo su vida resucitada: Jesús había expulsado de ella siete demonios. Va al sepulcro porque no se resigna a la ausencia de Jesús: “Amar es decir: ¡tú no morirás!” (Gabriel Marcel). Y vio que la piedra había sido quitada. El sepulcro está abierto, vacío y resplandeciente en la frescura del alba, abierto como la cáscara de una semilla. Y en el jardín es primavera.
Los evangelios de Pascua comienzan contando lo que les sucedió a las mujeres aquella madrugada llena de sorpresas y carreras. La tumba que habían visto cerrar, está abierta y vacía. Él no está. Falta el cuerpo del ajusticiado. Pero esta ausencia no basta para creer: “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Un cuerpo ausente. De aquí parte la carrera de Magdalena aquella mañana, la carrera de Pedro y Juan, el miedo de las mujeres, el desconcierto de todos. La primera señal es el sepulcro vacío, y esto quiere decir que en la historia humana falta un cuerpo para cerrar el balance de los que han sido asesinados. Una tumba está vacía, falta un cuerpo en la contabilidad de la muerte, sus cuentas dan pérdida.
Falta un cuerpo en el balance de la violencia; su balance es negativo. La Resurrección de Cristo eleva nuestra tierra, este planeta de tumbas, hacia un mundo nuevo, donde el verdugo no vence a las víctima eternamente, donde los imperios fundados sobre a la violencia, caen; y sobre las llagas de la vida se posa el beso de la esperanza. Pascua es el tema más difícil y más hermoso de toda la Biblia.
Balbuceamos, como los evangelistas, que para intentar contarla se hicieron pequeños, no inventaron palabras, sino que tomaron prestado los verbos del alba: despertarse, levantarse: El Señor se despertó y se puso en pie. Es hermoso pensar que la Pascua, lo inaudito, es contado con los verbos más simples del amanecer, de cada una de nuestros amaneceres, cuando también nosotros nos despertamos y levantamos, en nuestras pequeñas resurrecciones cotidianas.
Aquel día único es contado con los verbos de cada día. Pascua es aquí, ahora. Cada día, aquel día. Porque la fuerza de la Resurrección no descansa hasta que no haya alcanzado el último resquicio de la creación, y no haya removido la piedra de la última tumba (Von Balthasar).
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)