lunes, 11 de abril de 2022

El Triduo Pascual

SENTIDO DEL TRIDUO PASCUAL

Presentar en pocas palabras el sentido del Triduo Pascual es prácticamente imposible. Por eso, sólo intentaré dar unas pequeñas pinceladas que nos puedan ayudar a entender y celebrar estos días, atisbando el significado de estos acontecimientos.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que, a lo largo de estos tres días, celebramos un único acontecimiento: El Misterio Pascual, la Pascua del Señor, el paso de Jesús a la casa del Padre, nuestro paso de la muerte a la vida, el restablecimiento de la plena comunión con Dios y con los hermanos.
Antes de presentar cada uno de los días, una pequeña observación. Un “Triduo” alude a tres días. Pero, si el Triduo comienza el jueves, ¿acaso no son cuatro días? O, como me dijo una vez una persona, “es que el sábado no se cuenta”. ¿O acaso es el domingo el que no forma parte del Triduo? La cuestión es que a muchos las cuentas no les salen y resuelvan el problema como pueden.
Lo que ocurre es lo siguiente. El Triduo Pascual comienza con la celebración de la Institución de la Eucaristía, al atardecer del jueves. Por tanto, según el modo judío de contar los días, éste se considera ya el día siguiente; es decir, como si fuera parte del viernes (recordemos que para los judíos, el día termina al ponerse el sol, dando origen al nuevo día).
Aclarado este punto, entremos a presentar el sentido de cada uno de los días.

JUEVES SANTO
 En el Jueves Santo hay dos celebraciones significativas: la misa crismal (que no forma parte del Triduo) y la celebración de la cena del Señor (la Última Cena).
En la Misa crismal el obispo se reúne con todos los presbíteros de su diócesis y se consagra el crisma que será utilizado en diversos sacramentos. Con ello, se hace visible la unidad de la Iglesia y su dimensión misionera que parte de la eucaristía celebrada en torno al obispo.
Es en la celebración de la Última Cena donde se abre la gran fiesta del año: la Pascua.
Todo comenzó allí, en la Última Cena, en aquella reunión y despedida dramática. Allí Cristo asume en plenitud su misión, y adelanta, en signos (pan, vino, lavatorio de los pies) el desenlace final. Allí celebra la nueva Alianza y nos entrega el único mandamiento de los cristianos: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.
Siempre se ha pensado que la Última Cena, la primera eucaristía, fue una cena pascual judía. Sin embargo, actualmente parece más verosímil la versión del evangelio de Juan que la sitúa la víspera de la Cena Pascual, precisamente para dejar en evidencia que la muerte de Jesús en la cruz coincide con el sacrificio del cordero pascual en el Templo (cf. Homilía de Benedicto XVI, el Jueves Santo de 2007).
En realidad, esto no tiene mayor importancia. Lo verdaderamente importante es caer en la cuenta de que los primeros cristianos tuvieron conciencia de que la verdadera Pascua no fue la que se celebró al salir de Egipto, sino que la celebró Jesús. Él es quien nos libera de la verdadera esclavitud, la del pecado, que nos enajena de nosotros mismos al alejarnos de la fuente de la vida que es Dios, rompiendo así la fuente de comunión conmigo mismo, con los demás, con el Padre.
En la Cena, Jesús anticipa el desenlace final de su vida. Parte el pan y lo reparte. El pan simboliza su cuerpo entregado, una vida totalmente vivida para los demás, partida y repartida. Toma la copa de vino, la bendice y la reparte. El vino simboliza su sangre; es decir, su vida. Jesús se entrega en cuerpo y alma, entero. Beber del cáliz significa estar dispuestos a compartir la misma suerte de Jesús y sellar con Él una Alianza, un pacto: amar como él amó.
Juan no narra la institución de la eucaristía. En su lugar, coloca el Lavatorio de los pies. Con ello explica el sentido de la eucaristía y de la vida de Jesús, una vida vivida en total servicio de los demás. Por eso dice: “Yo he hecho esto con vosotros para que vosotros hagáis lo mismo y seréis dichosos si lo cumplís”.
En la Eucaristía, en cada eucaristía, nosotros renovamos este pacto, nos comprometemos a vivir como Jesús, amando y sirviendo a los demás, y celebramos la pascua, la entrega de Jesús, el paso de la muerte a la vida, la liberación de una vida centrada en nosotros mismos y abierta a los demás.
Después de la eucaristía, se trasladan las formas consagradas al “Monumento”, donde permanecerán “reservadas”. Allí, se suele tener una noche de oración, que muchos denominan Hora Santa. El sentido de esta vela nocturna es acompañar a Jesús en su Oración en el Huerto de Getsemaní, donde después de una gran lucha interna, acepta la entrega de la propia vida, y acompañarlo, también, en aquella noche en la que fue abandonado por sus discípulos y tomado prisionero a la espera de un juicio cuya sentencia ya estaba dictada.

VIERNES SANTO
El Viernes Santo celebramos la muerte de Jesús.
La muerte de Jesús es el acontecimiento histórico más seguro y mejor datable del destino de Jesús. Es muy probable que tuviera lugar el 7 de abril del año 30.
Su muerte en la cruz es el resultado de un enfrentamiento de Jesús con las autoridades judías. Con sus obras y su mensaje, Jesús se presenta no sólo como el Mesías, sino como el Hijo de Dios: perdona los pecados, critica algunas cuestiones de la Ley y de las prácticas judías. Por eso fue condenado como blasfemo.
Jesús fue condenado por los judíos en un juicio apañado, pero fue crucificado por los romanos, pues los judíos no tenían poder para dar muerte. Por eso transformaron los cargos de Jesús (Hijo de Dios; es decir, blasfemo, delito religioso) en cargos políticos (Rey de los judíos, subversivo, delito político, contra el César).
La condena de Jesús es un entramado de complicidades y cobardías en las cuales hay muchos responsables... Como ocurre en la actualidad… Intervienen las autoridades religiosas, políticas e incluso el pueblo, el mismo pueblo que lo aclamó el Domingo de Ramos… ¡Así es la naturaleza humana!
Desde el principio aparece como un día de luto y ayuno. El ayuno no se hace por penitencia (ya no estamos en cuaresma), pretende ser expresión de solidaridad (cuando vemos sufrir a alguien que queremos, se nos quita el apetito).
La celebración principal es la Celebración de la muerte de Jesús y la Adoración de la cruz. Con todo, no es un día triste, es un día en que se celebra una vida entregada hasta el final, un amor que es capaz de amar hasta dar la vida. Contemplamos la crueldad de la humanidad, capaz de matar hasta al mismo Dios; pero contemplamos también a Dios, capaz de seguirnos amando incluso cuando damos muerte a su propio hijo. La muerte de Jesús en la cruz es la expresión de una vocación vivida hasta el final, hasta las últimas consecuencias... Un amor capaz de pasar por el dolor, el sufrimiento, la traición, la soledad, la muerte... La cruz es la gran denuncia de la muerte de tantos inocentes, incluso hoy, de nuestros silencios cómplices y cobardías, y es la máxima prueba de que Dios nos ama.
En la muerte de Jesús culmina la realización del proyecto de Dios sobre la persona humana. Jesús nos dice cómo se es hombre y mujer de verdad. Él fue el hombre transformado por el espíritu de Dios y que ha respondido hasta el final amando, es aquel que es capaz de entregarse voluntariamente por amor a los demás, que vence el odio extendiendo el amor hasta el último momento a los mismos enemigos que le dan muerte. Es así como se convierte en fuente de vida.
La celebración de la muerte de Jesús supone el compromiso de luchar por eliminar las cruces de la historia hoy y de amar hasta el final, como Jesús, siempre (en cualquier circunstancia) y a todos (incluidos los enemigos)...

SÁBADO SANTO
El Sábado Santo es el día del gran silencio. Cristo es sepultado, desciende a lo profundo de la tierra, como el grano de trigo, como la semilla que espera a dar fruto.
La afirmación de que Cristo fue sepultado es una manera de confirmar que su muerte fue real. Incluso se dice que “descendió a los infiernos”; es decir, su vida, su ámbito de influencia no tiene fronteras, ni en esta vida ni en la otra... no hay lugar, por desgraciado que sea donde Dios no pueda llegar, de donde Él no nos pueda rescatar.
Este día no se celebra la Eucaristía; ni siquiera se da la comunión.
En medio del silencio y la decepción de muchos destaca la gran esperanza y confianza de María. En ella encontramos la confianza inquebrantable, la fuerza de esperar y el amor incondicional. Por eso es también el día de acompañar a María, de acompañarla en su dolor y en silencio. Ella nos enseña a confiar, a esperar y a amar de verdad.
Es un día de sentir a María como nuestra Madre y de acogerla en nuestra casa, en nuestra vida, de hacer realidad las palabras de Jesús: “He aquí a tu Madre. Es un día de sentir su protección y su amor de Madre”.

LA VIGILIA PASCUAL
La gran noticia que se produce “al amanecer del primer día de la semana” es que Jesús ha resucitado! Cristo no acabó en la pasión ni en la muerte del Viernes santo sino que el Padre lo rescató de la muerte y le dio la vida en plenitud
El acontecimiento pascual de Cristo es el centro de la historia y de su historia, el núcleo fundamental de la fe apostólica, el quicio de la fe y de la vida cristiana y eclesial, la esencia de la eucaristía: la vida vence a la muerte; la muerte no tiene la última palabra.
La resurrección como tal no tuvo testigos. Sin embargo existen testimonios abundantes de apariciones diversas y listas de testigos con nombres propios. Todo ello nos permite afirmar que la resurrección es un hecho histórico. Sabemos que resucitó aunque no sepamos cómo lo hizo.
La resurrección no es la reanimación de un cadáver. De ser así, sería algo transitorio. La resurrección es el comienzo de una nueva forma de ser y existir que rompe con las barreras propias del tiempo y del espacio; por eso, Jesús puede estar en todas partes y en todos los tiempos precisamente porque está en Dios.
Creer en la resurrección supone creer que merece la pena vivir como Jesús vivió, dar la vida por lo que Él la dio. Más aún, que es la única vida que conduce a la vida. Creer en la resurrección es creer que estamos llamados a la vida, que todo no termina en la muerte. Creer en la resurrección es creer que no estamos hecho para la nada sino para encontrarnos con Dios. Por eso Juan afirma que la vida eterna empieza ya ahora, al conocer a Dios ya en esta vida.
Creer en la resurrección es creer que el amor vence, que nadie puede matar el amor, que Dios siempre tiene la última palabra y saldrá por los inocentes.

jueves, 7 de abril de 2022

Domingo de Ramos (Ciclo C): "Paz en el cielo y gloria a Dios en las alturas" (Lc 19, 28-40)


1. LEE: Lc 19, 28-40

El sexto domingo de Cuaresma corresponde al Domingo de Ramos, considerado el pórtico de la Pasión.

La liturgia de este día es muy especial. Se inicia con la procesión de los ramos, que rememora la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén y, en la liturgia de la palabra, se lee el relato entero de la Pasión, tomado de uno de los sinópticos. Este año, al estar en el ciclo C, leeremos el del evangelio según san Lucas (recordemos que el viernes santo se lee siempre el relato de la pasión según san Juan). Con ello, la liturgia expresa la dimensión sufriente y, a la vez, gloriosa, que contemplaremos en los días santos que se aproximan.

Ahora vamos a comentar únicamente la Entrada de Jesús en Jerusalén (Lc 19, 28-40), que se lee en la procesión con los ramos.

Sin duda, una manera sencilla de leer el evangelio es fijarnos en los personajes. Es lo que os propongo ahora.

Jesús está a punto de entrar en Jerusalén. Entonces, pide a dos de sus discípulos ir en busca de un burro. Les da instrucciones precisas. Y, ellos, sencillamente hacen lo que Jesús les dijo sin dilaciones ni preguntas ociosas. He aquí el primer modelo de discípulo que nos presenta este evangelio.

Cuando están a punto de tomar el burro, su dueño les pregunta qué hacen. Ellos repiten lo que les dijo Jesús: «El Señor lo necesita». Y aquel hombre, pone a disposición del “Señor” aquel humilde animal. He aquí otro modelo de discípulo, aquel que pone disposición del Señor lo que necesite y que me lo solicita a través de sus discípulos.

Al entrar en Jerusalén encontramos muchos personajes. Quienes acompañan a Jesús, ponen sus mantos sobre aquel burro para que Jesús lo monte. Y, luego, muchos otros, seguramente siguiendo su ejemplo (¡el ejemplo arrastra!), extienden sus mantos sobre el camino polvoriento. Este gesto es significativo pues, por un lado, con ello se resalta que quien entra es una personalidad importante y, por otro, el manto era una prenda muy costosa. De este modo, Lucas resalta que el discípulo es aquel que pone a disposición de Jesús sus bienes, incluido aquello que nos resulta muy valioso.

Todo el ambiente rezuma alegría… Este es también un indicador… Nuestro seguimiento a Jesús debe producir alegría. Como dice san Pablo, Dios quiere que lo sirvamos con alegría. Nuestra entrega debe ser una entrega gozosa!!!

Aquellos discípulos están tan contentos, que entonan un canto, cuya segunda parte, recuerda el cántico de los ángeles que anuncian el nacimiento de Jesús a los pastores (Lc 2,14): «¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Solo que ahora ya no son solo los ángeles, sino sus discípulos quienes se unen a ese “coro celeste”, como anticipando su resurrección.

Todo esto, sin embargo, no debe hacernos olvidar que Jesús viene montado en un burro… Sin duda, una imagen desconcertante…, pues lo normal habría sido entrar a caballo… En tiempos de Jesús, unos esperaban un mesías rey; otros, un gran guerrero; otros, un sacerdote o un profeta; todos, alguien poderoso. Jesús, en cambio, se identifica con el Mesías pacífico y humilde de Zacarías 9,9-10. La imagen de Jesús entrando en burro a Je­rusalén es todo un símbolo de la “conversión” que tenemos que realizar. El modo de ser “señor” de Jesús y, por tanto, el nuestro, no es el del poder sino el del servicio humilde y sencillo.

Finalmente, encontramos a algunos fariseos. Ellos también están entre la gente que recibe a Jesús, pero con una actitud bien distinta. No solo no lo reconocen como mesías, sino que incluso le exigen a Jesús que haga callar a la gente. He aquí otro modo de posicionarnos ante Jesús… No solo no lo seguimos, sino que queremos impedir que otros lo hagan… Y eso lo podemos hacer de muchas maneras…

Empezamos una “Semana Santa”. La invitación es a hacer silencio, un silencio habitado, un silencio que nos abra a la escucha, a contemplar las escenas, los personajes… No como un mero recuerdo sino haciéndonos presentes a la entrega de Jesús… Que el Señor nos ayude a entrar en sus sentimientos, en su corazón y nos anime a seguir sus huellas…

2. MEDITA
  • ¿Con cuál de los personajes me identifico?
  • A Jesús lo reconocen como el mesías enviado por Dios con gestos y palabras, ¿con qué gestos y palabras yo lo anuncio a mis hermanos?
  • ¿Comparto yo ese modo de ser sencillo y humilde de Jesús?
  • ¿Está mi mirada fija en Jesús, en su entrega amorosa, ahora que ya estamos a punto de empezar la Semana Santa?
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

miércoles, 30 de marzo de 2022

V Domingo de Cuaresma (Ciclo C): La mujer perdonada (Jn 8,1-11)

 

1. LEE: Jn 8,1-11

El evangelio de hoy pone ante nosotros varios personajes “tipo”: una mujer acusada de adulterio, unos acusadores (escribas y fariseos), unos observadores (la gente que estaba escuchando a Jesús) y a Jesús, que quieren que asuma el papel de juez. Esto nos puede ayudar a preguntarnos qué rol suelo “jugar” yo en la vida… ¿Soy de los que están prontos a acusar?, ¿de los que enseguida ven los errores en los demás?, ¿de los que critican, poniéndome, por tanto, por encima de los otros?

¿O asumo el papel de observador? Tal vez no soy de los que rápidamente acusan o critican, pero en no pocas ocasiones me sumo a ellos…, y estoy dispuesto a “tirar piedras” contra los demás… Porque también ahora tiramos piedras con nuestra lengua, con nuestra indiferencia…

Y, ¿cuántas veces me he sentido, en cambio, como aquella mujer? Puesta en medio, juzgada, dejada en evidencia… Juzgada sin ser escuchada… Juzgada sin analizar todos los hechos, pues allí solo está ella, ¿y aquel adúltero, dónde está?

Los acusadores ven en aquella mujer solo a una pecadora. La han etiquetado ya desde su pecado. Real, sí, pues ha sido pillada en flagrante adulterio. Pero ya no ven a una persona, ven solo a una adúltera… Y, cuántas veces, miro yo así a los demás o me he sentido mirada de ese modo…

Y, en este escenario, está Jesús. Él estaba en el Templo, tranquilamente enseñando, como tantas veces… De pronto, le traen a esa mujer y se la ponen en medio, como si se tratase de un vulgar objeto.

En realidad, la mujer les da igual; solo buscan tenderle una trampa para así tener un motivo para poder acusarlo. La «trampa» es colocar a Jesús ante la tesitura de hacer cumplir la ley y, por tanto, condenar a la mujer a ser lapidada, contradiciendo así todo su mensaje; o, salvar a la mujer, trasgrediendo y haciendo trasgredir, la ley de Moisés. La pregunta de fondo es: ¿está la ley por encima de todo, incluso cuando esta puede llevar a la muerte? ¿O es que acaso, en nombre de Dios y su misericordia “todo vale”?

Hay un gesto enigmático. Jesús se inclina y escribe con el dedo sobre la tierra. Muchos interpretan este gesto recordando que la ley entregada a Moisés, fue escrita por el dedo de Dios sobre tablas de piedra. Ahora, Jesús va a escribir con su dedo la nueva ley. Y no sobre tablas de piedra, sino sobre el polvo. Una ley que tiene en cuenta la fragilidad humana (somos polvo) y que es una llamada a la misericordia.

Jesús logra salir de esta aparente contradicción sencillamente haciéndonos caer en la cuenta de que todos somos pecadores y que si nos empeñamos en acusarnos unos a otros, todos terminaremos condenados. Jesús quiere introducir en el mundo la dinámica del perdón, pues es este el que hace posible la rehabilitación del pecador. Jesús no viene a abolir la ley sino a rescatar su sentido: salvar, liberar al ser humano.

Jesús no renuncia a ser juez. No niega el pecado de la mujer, no ignora mi pecado. Sin embargo, antes de que nos reconozcamos pecadores, a Él le interesa que nos sintamos salvados de manera incondicional y gratuita; al Señor no le interesa el pasado sino lo que seremos de ahora en adelante. El perdón nos abre a una nueva oportunidad. Esto no significa cerrar los ojos; el perdón pide enfrentarse al mal cara a cara. Pero es la experiencia de sentirnos perdonados por pura gracia, el detonante de una vida nueva. Es la experiencia de la bondad de Dios, la que posibilita una respuesta agradecida a esa bon­dad con nuestra vida y con nuestra actitud hacia los demás, de modo que seamos con otros como el Señor ha sido conmigo.

Según muchos comentaristas, con este hecho Jesús acaba de firmar su sentencia de muerte pues, , no solo no ha condenado a la mujer sino que la ha perdonado. Es este tipo de comportamiento, escandaloso e inaceptable para muchos, lo que verdaderamente llevo a Jesús a la muerte.

2. MEDITA
  • ¿Cómo es mi actitud espontánea ante el prójimo: de juicio o de mi­sericordia?
  • ¿Qué experiencia tengo de ser perdonado, acogida, querido por Dios? ¿Qué mirada de alguien sobre mí ha sido salvadora en mi vida?
  • ¿Soy de las que dan nuevas oportunidades a los demás?
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

jueves, 24 de marzo de 2022

IV Domingo de Cuaresma (Ciclo C): Historia de un padre bueno (Lc 15, 1-3.11-32)

1. LEE: Lc 15,1-3.11-32.

Entramos ya en el cuarto domingo de Cuaresma. A este cuarto domingo, ya muy próximo a la Pascua, se lo denomina también domingo “laetare”. Sí, tenemos motivos para estar alegres, pues Dios es un padre bueno que desea nuestro regreso a casa y nos espera con los brazos abiertos.

El evangelio que se nos propone para meditar es el que solemos llamar “Parábola del hijo pródigo”. Sin embargo, si nos fijamos, el personaje central, el protagonista es el padre.

Pero veamos antes el motivo que lo lleva a contarnos esta historia.

Jesús, durante su vida pública, fue motivo de escándalo para la gente “piadosa”. Podríamos decir que era gente buena, cumplidora, aquellos a los que hoy podríamos llamar “cristianos practicantes”. Ellos no pueden entender, incluso les parece mal, que aquel hombre de Dios tenga amistad con publicanos y pecadores, diríamos con corruptos y personas de dudosa moralidad. Y, por eso, murmuran y lo critican. Y como a Jesús no le gusta entrar en discusiones teóricas, va a explicar su modo de actuar contando tres parábolas: la del pastor que pierde una oveja y sale a buscarla; la de una mujer que pierde una moneda de gran valor y revuelve toda la casa hasta encontrarla; y la de un padre que ha perdido a sus dos hijos y que lo único que desea es que vuelvan a casa y vivan como hermanos.

La historia es simple y empieza así: «Un padre tenía dos hijos…». El menor le pide la parte de la herencia que, según él, le corresponde y a la que, en realidad, no tenía ningún derecho, pues su padre aún estaba vivo. Sin embargo, el padre reparte sus bienes ¡a sus dos hijos!, no solo al que se lo había pedido. Y lo deja marchar. Este hijo representa a todos aquellos que solo miran por sí mismos y buscan sus propios intereses y beneficios, sin preocuparse de las necesidades de los demás o de las consecuencias que pueda tener para otros sus actos. Y, todo, en nombre de la libertad.

A la larga, la consecuencia de esta postura es una vida desperdiciada, sin sentido, hasta el punto de que, este hijo, toca fondo. Este muchacho, que lo que quería es ser libre, termina cuidando cerdos, viviendo como esclavo…Y, es ese “tocar fondo”, lo que le da la oportunidad de entrar en sí mismo, recapacitar, levantarse y volver a casa, pues sabe que su padre es un hombre bueno y lo recibirá, aunque sea en condición de sirviente.

Y no se equivocó. Su padre, nada más verlo a lo lejos, sale corriendo a su encuentro, lo abraza, lo besa. Y no solo no hay el menor reproche -en realidad no era necesario, pues su hijo ya había sufrido bastante- sino que hace que lo vistan con la dignidad que le corresponde, que le den el anillo que lo acredita como miembro de esa familia y unas sandalias, pues solo los esclavos andaban descalzos. Y, no solo eso, sino que organiza una gran fiesta… ¡Cómo ese padre no iba a estar contento! Todos los días se asomaba a la ventana esperando el regreso de su hijo… Todas las noches se acostaba pensando que sería de aquel muchacho…

Pero, para su sorpresa, su hijo mayor, aquel muchacho responsable, trabajador, obediente no quiere entrar en la casa pues está muy enfadado. Ha oído que hay fiesta en su casa. Ha preguntado el motivo y le han dicho que es que su hermano ha vuelto sano y salvo y que su padre está tan contento, que está dando un gran banquete para celebrarlo. Y, esto, le parece injusto.

El hijo mayor representa a aquellos que cumplen con todo lo mandado, se consideran incluso “personas honestas”, pero no ponen el corazón en lo que hacen sino que “cumplen” sencillamente por “sobre adaptación”, para complacer, obtener algún beneficio, ser bien vistos…, pero en el fondo albergan una rabia profunda y destructiva pues viven ese “ser honestos” como una carga y en el fondo envidian a quienes “hacen lo que les da la gana”.

Y aquel padre, va en busca de este hijo, algo que no había hecho por el hijo menor. Tampoco le reprocha su actitud sino que, con todo cariño, le dice: «tú siempre estás conmigo», «todo lo mío es tuyo». Aunque, al parecer, aquel hijo, en realidad tenía el corazón lejos de su padre y se vivía como un esclavo.

La parábola tiene un final abierto. No sabemos si aquel hijo mayor finalmente entró en la casa. No sabemos si aquellos dos hermanos se reconciliaron. Lo que sí sabemos es que aquel padre hará todo lo posible porque así sea… Ese padre, nuestro padre Dios, hará todo lo posible para que tú y yo volvamos a casa; para que tú, yo, todos, vivamos como hermanos. Ese padre, siempre estará esperándonos con los brazos abiertos. Y la Cuaresma nos ofrece una oportunidad para hacerlo.

2. MEDITA

  • ¿He tenido la experiencia de la misericordia de Dios; de su amor incondicional como padre amoroso? 
  • ¿Con cuál de los dos hijos me identifico más? ¿Por qué? 
  • ¿Hay algún “hermano” con el que necesito reconciliarme?

3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor... Pídele... Dale gracias...

4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

miércoles, 16 de marzo de 2022

III Domingo de Cuaresma (Ciclo C): La paciencia de Dios (Lc 13,1-9)


1. LEE: Lc 13, 1-9: 

Cuando sucede una tragedia (un accidente, un terremoto, una guerra…), no pocos pensamos inmediatamente que se trata de un castigo de Dios. ¡Cuántas veces no habremos escuchado: “¿Por qué Dios me ha castigado”! Y, esto, en boca de personas “religiosas”.

Estas palabras reflejan la imagen tan distorsionada que tenemos de Dios, como si fuera alguien que castiga. Y, así mismo, la imagen distorsionada sobre nosotros mismos, como si fuésemos personas merecedoras de castigo o, tan “inocentes”, que no merecemos tal suerte. ¡Cuánto nos cuesta creer en el Dios que nos ha venido a revelar Jesús! Un Dios Padre bueno, paciente, misericordioso.

El evangelio de este domingo aborda precisamente este tema. Unas personas van donde Jesús y le cuenta una tragedia tremenda que les ha pasado a unos galileos. Y, Jesús, saliendo al paso de lo que están pensando, les dice directamente que lo que les ha pasado a aquellas personas, no ha sido un castigo divino, pues, lamentablemente, eso nos podría suceder a cualquiera de nosotros. No es verdad que a los buenos todo les tiene que ir bien y a los malos mal, ¡basta ver la realidad! Hay cosas que sencillamente suceden, sea por la fuerza de la naturaleza o como consecuencia del mal que realizamos los seres humanos. Ni Dios manda un terremoto ni da origen a una guerra…

Con todo, Jesús va a aprovechar esta ocasión para darnos una nueva enseñanza. No se trata de lamentarnos de las tragedias que vemos a nuestro alrededor, sino de vernos a nosotros mismos. Nos lamentamos del mal que hacen otros, pero no vemos el mal que ocasionamos nosotros. Por eso, Jesús nos invita a caer en la cuenta de aquello que necesitamos cambiar pues, si no, al final todos pereceremos, pues seguiremos ocasionando mal a nosotros mismos y a los demás.

El Dios que nos muestra Jesús aparece claramente retratado en la parábola que cuenta a continuación. Se trata de una higuera que no da fruto. El viñador quiere cortarla; el dueño de la higuera, en cambio, le pide paciencia, darle un año más de plazo. Y no solo eso, él mismo se compromete a cuidarla para que así pueda dar el fruto esperado. Ese es Dios. Alguien que continuamente nos da nuevas oportunidades; que nos cuida para que demos frutos de buenas obras, frutos de amor. La Cuaresma es precisamente esa nueva oportunidad, una oportunidad para revisar cómo estamos viviendo, cuáles son nuestros frutos; una nueva oportunidad para convertirnos, para ser lo que estamos llamados a ser.

2. MEDITA:
  • ¿Cuándo observo la presencia del mal en la realidad, tiendo a culpar a Dios?
  • Si yo fuera esa higuera, ¿qué frutos encontrarían Dios y los demás en mí? ¿Cuáles espera?
  • En mi relación con los demás, ¿me parezco más al viñador o al dueño de la higuera?
3. ORA: 
  • Haz silencio en tu interior…
  • Dialoga con el Señor... Pídele… Dale gracias… 
4. COMPROMÉTETE: 
  • ¿A qué te invita su Palabra? 
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 11 de marzo de 2022

II Domingo de Cuaresma (Ciclo C): La Transfiguración de Jesús (Lc 9, 28-36)

 

1. LEE: Lc 9, 28b-36.

Este episodio se sitúa casi al final del Ministerio de Jesús en Galilea (segunda parte del evangelio de Lucas), poco antes de iniciar su subida a Jerusalén. Previamente, Lucas ha narrado la profesión de fe de Pedro (“Tú eres el Mesías”), el primer anuncio de la pasión y las condiciones para seguir a Jesús (9,22-27). Eso nos da la clave de lectura del episodio de la Transfiguración. Podríamos decir que es el momento en que Jesús debe tomar una decisión importante: subir a Jerusalén, con todo lo que ello implica. Por eso, igual que en el desierto, y así como más adelante hará en Getsemaní, va a orar. Y, allí, recibirá una confirmación por parte de su Padre.

Una vez más, lleva consigo a Pedro, Juan y Santiago. Junto a Jesús aparecerán Moisés y Elías. Ellos representan la Ley y los Profetas, los dos pilares de la fe israelita; ambos son “hombres de oración”, a quienes Dios se les manifestó en una montaña (Moisés, Sinaí; Elías, Horeb y Carmelo) y de quienes no se conoce su sepultura. También Jesús está en el monte y también ahora en el monte, se manifiesta Dios. Jesús, por tanto, se inserta en la Historia de la Salvación, representada por la Ley y los profetas, es decir, con la voluntad de Dios y su plan salvífico. Pero, al final, queda Jesús solo. De este modo se nos indica que el Antiguo Testamento, da paso a Jesús.

Como contraste, mientras Moisés y Elías hablaban de la "partida" de Jesús, Pedro quiere hacer tres tiendas; Jesús habla de subir a Jerusalén, de dar la vida, y sus discípulos quieren quedarse donde están, solo en los momentos "gloriosos".  

Jesús con su Transfiguración se nos muestra tal cuál es y el Padre nos dice que Jesús, el que habla de entregar la vida, de muerte y resurrección; este, que va a renunciar a toda forma de imposición o violencia; este, es el Hijo, el Elegido, aquel a quien hay que escuchar y, por tanto, obedecer. 

Al igual que Jesús, en la oración encontramos fortaleza; allí nos sentimos acompañados y sostenidos por el Padre; allí aprendemos a escucharlo y a seguirlo.

2. MEDITA
  • ¿Suelo llevar a mi oración las dificultades del camino y saco fuerza de ella?
  • ¿He experimentado la oración como un momento de encuentro profundo con Dios, donde Él me ha iluminado y me ha hecho sentir su hija amada?
  • ¿Dedico tiempos para escuchar a Jesús, para interiorizar su Palabra y, así, hacer lo que Él me indica?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor… Pídele… Dale gracias… Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra? 
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

I Domingo de Cuaresma (Ciclo C): Las tentaciones de Jesús (Lc 4, 1-13)

    

1. LEE: Lc 4, 1-13.

Después del bautismo, Jesús es conducido por el Espíritu al desierto, donde es tentado por el diablo, precisamente en lo que toca a su identidad más profunda, su ser Hijo de Dios, y sobre el modo de llevar adelante su misión.

“Las tentaciones de Jesús” es un relato programático, para que el lector del evangelio sepa desde el primer momento cómo entiende Jesús su ser hijo de Dios, cómo orienta su actividad (qué tipo de Mesías es) y los peligros que corre en ella.

“Tentación” es todo aquello que nos seduce y, presentándose bajo apariencia de bien, nos aleja del camino de Dios, siembra nuestra desconfianza en Él, nos encierra en nosotros mismos y nos cierra a los demás. En sí, no es pecado, salvo que yo caiga en ella.

Las tres tentaciones le proponen tres modos de ser Mesías (de ser Iglesia, de desarrollar nuestra misión): un Mesías que solucione las necesidades materiales de la gente (una ONG); un Mesías poderoso, firme, que venga a poner orden y a someter a los enemigos (Mesías rey; alianzas con el poder político, económico); un Mesías triunfante, aclamado por todos (Mesías “estrella”, aclamado, con reconocimiento social). Frente a esto, un Mesías humilde, servidor, obediente al Padre. De allí que a muchos les costara reconocerlo como Mesías.

Las “tentaciones de Jesús” son un resumen de las tres pulsiones que todos experimentamos (también Jesús): tener-poder-aparentar. Creemos que si nos rodeamos de cosas, tenemos poder y una buena imagen, seremos felices, aunque para lograrlo renunciemos a ser nosotros mismos y/o pasemos por encima de los demás. La Cuaresma nos invita a examinar cómo se dan en nosotros para poner “remedio”. ¿Cómo? A través del ayuno (privarnos para “ordenarnos”), la limosna (dar y darnos a los demás) y la oración (cultivar nuestra relación con Dios, meditar su Palabra).

2. MEDITA
  • ¿Cómo se manifiestan en mí la necesidad de tener, de poder, de reconocimiento?
  • ¿Qué me falta para vivir más en serio el estilo de Jesús en mi vida cotidiana?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor... Pídele… Dale gracias… Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?