viernes, 16 de septiembre de 2022

XXV Domingo (Ciclo C): Seamos creativos para hacer el bien (Lucas 16, 1-13)

 

1. LEE: Lucas 16, 1-13

Este domingo, la liturgia nos propone un evangelio desconcertante, el conocido como “Parábola del administrador deshonesto”.

Después de dedicar las tres parábolas sobre la misericordia a quienes lo criticaban por acoger a publicanos y pecadores que, como comentamos la semana pasada, lo que pretenden es darnos a conocer quién es y cómo actúa Dios, ahora se va a dirigir directamente a sus discípulos, es decir, a todos nosotros.

Una vez más, Jesús se va a valer de un hecho de la vida real para sacar una enseñanza. El caso es sencillo. Se trata de un administrador que ha estado malversando los bienes de su señor. Este, al enterarse, le anuncio su despido. Al verse en esta situación, aquel administrador rápidamente ingenia una estrategia. Se va a ir reuniendo con deudores del dueño y les va a rebajar la deuda. De este modo, cuando esté en la calle, tendrá a quienes acudir para cobrarles el favor.

Una lectura rápida de la parábola nos da la impresión de que Jesús alaba a este administrador tramposo. Sin embargo, si la leemos despacio, veremos que, sin negar que su actuación es deshonesta, es su señor quien se admira de su ingenio.

Este hecho le lleva a Jesús a una reflexión: los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz… Quienes obran el mal, quienes actúan en su propio beneficio, los ladrones, los corruptos, los… son más ingeniosos y creativos que quienes estamos llamados a trabajar por una sociedad más justa y equitativa, por un mundo según el corazón de Dios…

Por eso, Jesús no alaba la trampa, sino la astucia, el ingenio para resolver una situación adversa.

Así mismo, aprovecha la oportunidad para recordarnos que nosotros somos administradores de los dones y bienes del Señor, pues tenemos la tendencia a olvidarnos de ellos y a apropiárnoslos. Y que, como administradores que somos, tendremos que dar cuenta de esta administración, del uso que hemos hecho de ellos…

La enseñanza de esta parábola, por tanto, es doble. La primera, recordarnos que somos solo administradores de los dones y bienes que tenemos, y que el Señor nos los ha dado no para acaparar o para nuestro propio beneficio sino para compartir y ponerlos al servicio de los demás y que daremos cuenta de esta administración. Y, en segundo lugar, es una llamada a que seamos sagaces y creativos para colaborar en la construcción de un mundo más justo y humano.

2. MEDITA
  • ¿Me considero un buen administrador de los dones y bienes que el Señor me ha confiado? ¿Los comparto y los pongo al servicio de los demás?
  • ¿Soy una persona “astuta” y creativa para hacer el bien?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 9 de septiembre de 2022

XXIV Domingo (Ciclo C): Historia de un padre bueno (Lc 15, 1-32)


1. LEE: Lucas 15, 1-32

¿Quién de nosotros alguna vez no nos hemos sentido “perdidos”? Hemos sentido que hemos perdido el rumbo, no sabemos cómo seguir avanzando… Ya no hallamos gusto en lo que hacemos… Nos sentimos como enajenados…, fuera de nosotros, lejos de todo y de todos… Y, quién de nosotros no ha perdido alguna vez algo valioso y ha movido cielo y tierra hasta encontrarlo… El evangelio de hoy va de esto, de objetos y personas perdidas…

Lucas nos presenta tres parábolas… hermosas para unos, escandalosas e incomprensibles para otros… depende de cuál sea –o creamos que es– nuestra posición… Si nos consideramos perdidos, serán una buena noticia; si nos consideramos “perfectos” y mejores que la mayoría, puede que nos parezcan injustas y absurdas… Por eso Jesús era buena noticia para quienes se sabían pecadores y fue rechazado precisamente por quienes se creían buenos y despreciaban, rechazaban y juzgaban a los demás… y hasta a Jesús.

Con estas tres parábolas, Jesús nos muestra el rostro de Dios, quién es y cómo actúa. Dios es como aquel pastor a quien se le ha perdido una oveja… Porque aquella que le falta es su oveja… Y aunque tenga otras 99, se da cuenta de que le falta una… Y sabe que si no va a buscarla y no la encuentra pronto, será presa de los lobos, pues aquella oveja no será capaz de volver sola… O como aquella mujer que ha perdido una moneda, algo muy valioso, y revolverá toda la casa hasta encontrarla, pues la moneda no aparecerá si no se la busca… Hay quien dice, pero si ya tiene 99, qué importa que haya perdido una… Si le quedan 9 monedas, para qué tomarse tanto trabajo por una… ¡Dios es así…! Cada uno de nosotros somos valiosos para Él, pues somos suyos…

Pero, el mejor retrato de Dios sin duda es la parábola que habla de un padre y sus dos hijos… El padre representa a Dios y sus dos hijos a la humanidad…

El pastor busca su oveja; la mujer, su moneda… Aquí el padre no irá a buscar al hijo que se marchó de casa, veremos que, a quien tiene que salir a buscar es, paradójicamente, a aquel que se supone nunca se marchó.

En el caso de su hijo menor, el padre respeta su libertad hasta el extremo de dejarlo marchar de casa, aún sabiendo todos los riesgos que va a correr, pero estará siempre esperándolo con los brazos abiertos y el amor intacto… Y basta que su hijo haya hecho el gesto de regresar a casa, para que aquel padre salga corriendo a acogerlo sin imponerle ningún tipo de castigo o condiciones… Sabe lo que su hijo ha sufrido y lo importante es que ha vuelto a casa… El amor es así…

Mas su corazón también es lastimado por aquel hijo que se quedó en casa, pero que tiene el corazón resentido y amargado y que se ha vuelto duro e implacable. Vive en casa de su padre, pero se siente esclavo, tratado injustamente. Para él, su padre es un tirano, un explotador… no se ha sabido sentir hijo… y tampoco hermano… Basta ver la dureza con la que habla a su padre y el modo en que se refiere a su hermano a quien nunca reconoce como tal (¡ese hijo tuyo!). Y, en este caso, es el padre quien sale a buscarlo para intentar que entre a casa pues, al igual que su hijo menor, está fuera y no quiere entrar…

Y, sí, ambos representan la humanidad… Y cada uno de nosotros tenemos algo de ellos… Somos el hijo que muchas veces se va de casa, abusa de su libertad, toma malas decisiones, solo piensa en sí mismo… y somos aquel hijo mayor, cumplidor, trabajador, que cumple todo lo que manda la Iglesia, pero que no nos sentimos hijos sino soportando una carga pesada y envidiando a quienes pueden hacer lo que les da la gana… Aquel hijo mayor no ha descubierto el gozo de vivir en casa de su padre…

Y Dios es como el mejor de los padres, como la mejor de las madres… Siempre estamos en su corazón, siempre estará saliendo a nuestro encuentro para ayudarnos a volver a casa, siempre tendrá las puertas abiertas…, pero no nos obligará a entrar…

Por eso Jesús se dirige de manera especial a aquellos que se habían extraviado, los considerados pecadores públicos, es decir, de sobra conocidos y excluidos. Y estos, se sentían acogidos y lo escuchaban con interés… En cambio, a aquellos hombres religiosos y estudiosos, esto les parecía escandaloso e injusto… Al igual que aquel hijo mayor, viven en casa de su padre pero su corazón está lejos de Él y desprecian a los demás, pues no los reconocen como hermanos… y Jesús sigue intentando que también ellos entren a casa, entren en la lógica y modo de ser de Dios que es padre… pero solo encontró resistencia…

Las tres parábolas son un canto de alegría… Dios se alegra cada vez que nos encuentra, que volvemos a casa… no le importa el pasado sino el hoy… y nos invita a actuar como Él, a buscar a aquel hermano que se ha perdido, a volver a casa si somos nosotros quienes nos hemos alejado con la confianza de que siempre seremos recibidos, y a alegrarnos con el Padre cuando, por fin, todos estamos en casa…

2. MEDITA
  • ¿Tengo la experiencia de haber sido encontrada por Dios cuando me había perdido?
  • ¿Comparto yo ese modo de ser de Dios de salir a buscar al hermano perdido?
  • ¿Me alegro cuando alguien que se ha “alejado” vuelve a casa?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

sábado, 3 de septiembre de 2022

XXIII Domingo (Ciclo C): Si quieres ser mi discípulo... (Lc 14, 25-33)


1. LEE: Lucas 14, 25-33

El evangelio de hoy es una llamada a tomarnos en serio nuestro seguimiento. Jesús nos advierte del riesgo de ser cristianos mediocres y nos expone tres exigencias muy concretas: tenerlo a Él como prioridad absoluta, amarlo sobre todas las cosas, incluida nuestra propia familia, personas cercanas, incluso nosotros mismos; en caso de conflicto, la prioridad la tiene Él. Así mismo, nos recuerda que no debemos vivir apropiándonos egoístamente de los bienes, debemos ser desprendidos, pues estos deben tener una finalidad social. En el fondo es una llamada a ser verdaderamente libres, sin vivir apegados a nada ni a nadie sino solo a Él.

Veamos el contexto. Jesús está camino a Jerusalén y lo sigue mucha gente. Entonces Él les dirigirá unas palabras que son una clara advertencia. Por tanto, es una enseñanza dirigida a todos lo que le siguen, no a un grupo “especial”.

La frase que se repite hasta en tres ocasiones es: «no puede ser mi discípulo». Por tanto, lo que Jesús hace es decir con claridad los impedimentos para llegar a ser verdaderos discípulos suyos. Esta es la clave de lectura.

Las tres exigencias que propone Jesús son:
  • Posponer a toda su familia.
  • Cargar con su cruz.
  • Renunciar a todos sus bienes.
Las tres se resumen en una sola: disponibilidad y entrega total. Sin ella no puede haber seguimiento.

La primera tiene muchas traducciones. Literalmente dice: «quien no odia…» Esto es un semitismo que debe entenderse como: quien ama más a su familia o a sí mismo más que a mí… Dicho de otro modo, se trata de tener claras las prioridades y la prioridad absoluta es Jesús. Y recordemos que, no pocas veces, nuestra propia familia, las personas más cercanas y nuestro propio ego pueden ser un impedimento de cara a vivir los valores evangélicos y seguir a Jesús.

La segunda, refuerza esto. Si en momentos de conflicto o a la hora de tomar decisiones esto no está claro, lo más probable es que nos quedemos a mitad de camino y terminemos claudicando. Porque el seguimiento en no pocas ocasiones traerá cruz.

Las dos parábolas usadas por Jesús ilustran estas dos condiciones y nos invitan a una seria y honrada reflexión.

En cuanto a la tercera exigencia, «renunciar a todos sus bienes» no es nada fácil entenderla para nosotros hoy y tendemos a relativizarla. Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran a disposición de la comunidad todo lo que tenían. No se tiraban por la borda los bienes; solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos, sino que todos tuvieran las mismas posibilidades de acceder a lo que se consideraba de todos.

Hoy, esta exigencia apunta a recordarnos que los bienes, dicho en lenguaje de hoy, deben tener un fin social. Yo no soy dueño y señor absoluto y debo aprender a compartir y recordar que soy administrador del Señor.

Seguir a Jesús es cosa seria. Ser cristiano es más que una tradición, una costumbre, una rutina: exige una radical opción personal de vida en la que se pone en juego lo más interior y lo más auténtico que somos. Hay que des­perezarse, hay que discernir, hay que decidir, hay que optar. El evangelio, llamativa­mente, nos exhorta a saber jerarquizar los valores y, para un discípulo, el supremo valor es Jesús, su persona y su proyecto.

2. MEDITA
  • ¿Hasta qué punto en mi vida lo primero es mi seguimiento a Jesús, vivir de acuerdo a sus valores, construir su Reino?
  • ¿Qué obstáculos concretos (o qué otras prioridades) me pueden impedir un seguimiento más auténtico, comprometido y fiel?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

 

jueves, 25 de agosto de 2022

XXII Domingo (Ciclo C): Seamos humildes y generosos (Lc 14, 1.7-14)

1. LEE: Lucas 14, 1.7-14

El evangelio de hoy nos va a brindar una enseñanza muy útil para nuestra vida cotidiana.

Jesús sigue su camino hacia Jerusalén. Ahora, sin embargo, lo vamos a ver asistiendo a una comida. El jefe de los fariseos lo ha invitado a su casa a una gran fiesta a la que asisten muchos invitados.

El tema de la comida es muy importante en los evangelios. A Jesús le gustaba compartir la mesa con todo tipo de personas, publicanos, pecadores, prostitutas y gente importante. Él no hace acepción de personas. Al parecer era algo tan habitual en Él, que lo llegaron a acusar de ser un comilón y un borracho.

Participar en comidas tiene un significado muy especial. En las comidas se da un ambiente familiar, cercano. Con este gesto, Jesús quería poner de manifiesto que Dios es alguien cercano, alguien que está deseando sentarnos a su mesa, como un padre o una madre ansía siempre reunir a su familia. De hecho, las comidas de Jesús son un antecedente de la eucaristía. En la eucaristía, nos reunimos en torno al Señor sus hijos e hijas y, allí, el nos alimenta con su cuerpo y con su sangre, comparte con nosotros su misma vida.

Ya en la comida, Jesús observa el comportamiento de la gente. Él es un contemplativo. Observa y de todo saca una enseñanza. Y, ¿qué observa? Que hay personas que enseguida buscan los primeros puestos y que, seguramente, a alguno de ellos les habrán llamado la atención pues se sentaron donde no les correspondía…, ¡qué vergüenza!

Aprovechando esto, cuenta una parábola en la cual se nos anima a no buscar “lo mejor” para nosotros sino para los demás; a tener una visión “modesta” de nosotros mismos. Incluso lo motiva con argumentos también muy humanos: “no exponernos al ridículo”.

En nuestras sociedades competitivas, lo importante es lograr protagonismo –primeros puestos–, despertar admiración y en­vidia; lo que prima es, como suele decir­se, “salir en la foto”. En cambio, Jesús nos recuerda que quien asigna los puestos es el anfitrión, que quien tiene un lugar reservado para nosotros es Dios, que no necesitamos estar buscando un lugar relevante pues Dios ya nos tiene sentados a su mesa. Se nos invita, por tanto, a la humildad.

A continuación, se dirige al anfitrión. Como suele ser habitual, aquel jefe de fariseos había invitado a sus amigos, parientes, personas importantes… Y Jesús le dice que, para la próxima, invite a cojos, lisiados, pobres, etc. ¿Por qué? Porque Jesús quiere que aprendamos a actuar sin esperar nada a cambio, a actuar con gratuidad y generosidad. Es decir, nos anima a hacer el bien a quienes no podrán recompensarnos, a romper con la dinámica de hacer las cosas siempre y cuando podamos obtener algún beneficio.

Dicho esto, el evangelio nos regala una bienaventuranza: Si actuamos así, seremos felices, pues la recompensa la tendremos de nuestro Padre del cielo.

Actuemos con sencillez, sin andar buscando protagonismos y seamos generosos, gratuitos… como es Dios con nosotros…

2. MEDITA
  • ¿Soy de los que buscan los primeros puestos?
  • En lo que hago, ¿busco algún tipo de reconocimiento o recompensa? ¿Cómo me siento cuando no los recibo?
  • ¿Soy “elitista” en mis relaciones? ¿A qué tipo de personas suelo excluir o sencillamente ignorar?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 19 de agosto de 2022

XXI Domingo (Ciclo C): "La puerta estrecha" (Lc 13, 22-30)


1. LEE: Lucas 13, 22-30

Muchos grupos y sectas, y no pocas personas, viven obsesionados por saber cuántas personas podrán finalmente salvarse, y si, entre ellos, estaremos nosotros. Precisamente el evangelio de hoy nos habla de la famosa “puerta estrecha” que da acceso al Reino de Dios, es decir, a Dios mismo, y de quiénes entrarán en él.

Seguimos en camino hacia Jerusalén. Lucas insiste en recordarnos este dato en muchos momentos (cfr. 9,51.53.57; 10,1.38; 11,1; 13,22.33; 14,25; 17,11; 18,31.37; 19,1.11.28). En ese camino, un oyente “anónimo” (podría ser cualquiera) le hace una pregunta a Jesús: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?» Jesús no entra en el “cuántos” sino que aprovecha para dar una enseñanza clara: «Luchen para entrar por la puerta estrecha». Esta es la exhortación que nos hace el evangelio de hoy. A él no le interesa el número sino que nos recuerda que entrar en la lógica del Reino no es fácil; por nuestra parte requiere “lucha”, compromiso. No porque sea cuestión de puños sino porque debemos luchar contra nuestras dinámicas egocéntricas, con nuestra tendencia a la mediocridad, a conformarnos con lo ya conseguido. Entrar por la puerta estrecha es hacer vida el mensaje de Jesús sin caer en la trampa de creer que basta con llamarnos cristianos. Recordemos, no el que dice «Señor, Señor entrará en el Reino» sino el que hace la voluntad del Padre; es decir, el que vive conforme al evangelio.

Tenemos que asumir con decisión el camino de nuestro seguimiento, sin caer en la trampa de pensar que, con lo que somos y hacemos, ya es suficiente y hemos llegado a la meta; el irnos asemejando a Jesús es un camino de toda la vida. De fondo hay un dato importante: Ni ser israelita entonces ni ser cristiano ahora asegura automáticamente la entrada en el Reino de Dios. Incluso la “seguridad” de pertenecer a la Iglesia o ejercer en ella servicios diversos puede ser un obstáculo real para entrar en él.

El texto nos advierte de que podemos encontrarnos con la sorpresa de encontrar la puerta cerrada y escuchar: «No sé de dónde son ustedes» (vv. 25.27). Por tanto, no basta haber “comido y bebido” con Jesús (¿haber participado en la Eucaristía?), ni haber escuchado su enseñanza (saber muy bien la doctrina de la Iglesia, conocer el evangelio…). El problema es no hacerlo vida. Y, más aún, se los acusa de estar supuestamente cerca del Maestro y, sin embargo, “hacer el mal”. Lo fundamental son las obras, la vida.

La imagen del llanto y rechinar de dientes expresa el fracaso y la desilusión de unos seguidores que creían tenerlo todo “seguro” y “derecho” al Reino y descubren que no son ellos quienes entran sino aquellos a quienes consideraban “fuera” (¿paganos?, ¿increyentes?).

El paradójico dicho del v. 30 alude, en primer lugar, a una circunstancia histórica: el pueblo judío contemporáneo de Jesús, primer depositario de la salvación, lo rechazó, a pesar de haberlo tenido tan cerca. En cambio, pueblos procedentes de todas las partes de la tierra, que no habían conocido la tradición religiosa que desembocaba en la persona única de Jesús, entrarán primero.

Esto mismo es aplicable a nosotros. Existe el riesgo de que muchos cristianos “practicantes” nos creamos mejores, por encima (“primeros”) de “otros”. Sin embargo, está claro que nos llevaremos sorpresas… Lo que cuenta no es la “etiqueta” que llevamos sino la vida.

Dicho esto, conviene recordar que Juan dirá claramente que Jesús es la puerta, la puerta que nos permite el acceso a Dios. Hay que “entrar” por Él, por sus enseñanzas, por su lógica…

2. MEDITA
  • ¿“Lucho” contra todo aquello que no me ayuda a vivir acorde al evangelio?
  • ¿Vivo de acuerdo a lo que creo? ¿Pongo en “práctica” las enseñanzas de Jesús o me limito a “saberlas”?
  • ¿Voy siendo cada vez más fiel a la persona y al proyecto de Jesús, nuestro Maestro?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
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jueves, 11 de agosto de 2022

XX Domingo (Ciclo C): "He venido a traer fuego a la tierra" (Lc 12, 49-53)


1. LEE: LUCAS 12, 49-53

Este domingo 20 del tiempo ordinario seguimos en el contexto del camino a Jerusalén que, recordemos, es camino de formación de los discípulos y nos propone enseñanzas muy importantes para seguir creciendo como seguidores de Jesús. 
En el evangelio de hoy, Jesús habla de su misión en estos términos: «Yo he venido a prender fuego en la tierra». ¿Qué nos quiere decir?

El símbolo del fuego aparece en la Biblia con diversos sentidos, por ejemplo: devastación y castigo, purificación e iluminación. Y, sí, el fuego destruye e ilumina, purifica y calienta… La frase nos recuerda también la predicción de Juan el Bautista, quien anunció que detrás de él venía uno que bautizaría «con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16). Así, en el evangelio de Lucas esta frase alude también al Espíritu que Jesús ha venido a traer. Jesús ha venido a transformar los corazones, a hacerlos arder, como a los caminantes que se dirigían a Emaús. El pro­fundo anhelo de Jesús es ver cómo su Espí­ritu –que el mismo evangelista Lucas describirá como “lenguas de fuego” (Hch 2, 1-13)– purifica y renueva los corazones, aunque toda purificación conlleva un acrisolamiento a veces doloroso.

Esta misión tiene un precio. La imagen del bautismo parece referirse al destino sufriente de Jesús, como “el precio” a pagar por su fidelidad al encargo encomendado. Bautizarse es sumergirse, sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Jesús es consciente de su destino, y ello le genera angustia (recordemos Getsemaní), pero la angustia no le impide desear llegar hasta el final.

El deseo de Jesús es que ese bautismo se realice pronto; pues esa inmersión en el sufrimiento era necesaria (Lc 24,7.26.44-46) para que la vida nueva que emerge del bautismo, el fuego, se pro­pagase por doquier. Ese es también el simbolismo del bautismo cristiano como explícitamente lo afirma San Pablo: es un morir; pero para renacer a una vida nueva (Rm 6,4; Col 2,12).

¿Cuáles son las repercusiones de esa misión? De manera desconcertante Jesús proclama: «¿Piensan que he venido a traer al mundo la paz? No, sino división» (Mt 10,34 hablará de “espa­da”). ¿Hay una contradicción con lo que tan a menudo ha dicho? Jesús llamó bienaventu­rados a los que luchan por la paz (Mt 5,6). Y el saludo del Resucitado empieza siempre por la oferta y el deseo de paz (Lc 24,39; Jn 20,19). Pero el mismo Jesús ha advertido que la paz que él nos desea y nos da no es como la da “el mundo” (Jn 14,27). En el discurso de despedida en la Última Cena, afirma que esa paz puede coincidir con la tribulación en un mundo que se rebela ante su mensaje: «Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán tribulaciones; pero confíen en mí. Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Para entender bien esto, hay que tener presente que no todo a lo que llamamos paz es auténtica paz. En línea con los profetas –principalmente de Jeremías–, la paz que Jesús ha venido a traer no es la paz de los cementerios, donde nunca pasa nada... Es una paz, que muchas veces implica conflicto, pues supone oponerse a muchas situaciones que van contra los valores del evangelio, contra todas aquellas situaciones que deshumanizan a las personas.

Por tanto, la sorprendente afirmación de que Jesús viene a traer división debe comprenderse, en primera instancia, en sentido histórico: el Mesías Jesús fue motivo de división entre los judíos y en su seno familiar; Jesús fue, en verdad, una “señal de contradicción”, como ya en el mismo evangelio de la infancia Simeón lo había profetizado (cf. Lc 2,34).

Además, en un mundo tan convulso y tan injusto como el nuestro, nuestra fidelidad a la persona y proyecto de Jesús también generará esa misma división y contradicción. La exigencia de la justicia y de la vida digna para todos los seres humanos habitualmente choca con los intereses egoístas de personas y países que, aunque suene fuerte, viven a costa de la muerte de otros. Hay poderosas “estructuras de pecado” que no aceptan de buen grado las exigencias del Evangelio que tienen que ver con la justicia social.

Por tanto, el discípulo que quiere llevar al mundo el fuego de Jesús ha de contar con que se enfrentará a resistencias y oposición. El proyecto y la persona de Jesús quiebra el orden de algunos valores sociales aceptados comúnmente. La existencia del mal es lo que explica que un mensaje de amor pueda provocar divisiones y perturbar la vida social “instalada”. Pero es un fuego que, aunque quema, trae luz, calor y ardor a la oscura frialdad de este mundo. Ser, como discípulos, una brasa de ese fuego en nuestro tiempo es una tarea que vale la pena; pero requiere fortaleza.

En resumen: Hoy el evangelio nos dice con claridad que la misión de Jesús es traer fuego a la tierra. Un fuego que queme todo aquello que deshumaniza al ser humano, que queme todo aquello que no nos permite vivir según los valores del Reino. Y esa misión le acarreará sufrimiento y muerte (imagen del bautismo), una muerte que generará nueva vida. Vivir los valores de Jesús también nos traerá conflicto, pues entraremos en contradicción con los valores reinantes, pero esa será la señal de que somos auténticos seguidores de Jesús y deberemos aprender a mantener firmes, al igual que Jesús.

2. MEDITA
  • ¿He experimentado alguna vez que mi seguimiento a Jesús, vivir de acuerdo a los valores del evangelio genera división, incomprensión y conflicto?
  • ¿Cómo los he afrontado? ¿Prefiero ceder, en nombre de la paz para no “complicarme la vida”?
  • ¿En qué siento que tendría que ser más valiente? ¿Con qué tendría que “romper”?
3. ORA
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jueves, 4 de agosto de 2022

XIX Domingo (Ciclo C): "Estén preparados..." (Lc 12, 32-48)


1. LEE: Lc 12, 32-48

Este domingo 19 del tiempo ordinario seguimos en el contexto del camino a Jerusalén que, recordemos, es camino de formación de los discípulos y nos propone enseñanzas muy importantes para seguir creciendo como seguidores de Jesús.

El evangelio de hoy da un salto respecto al domingo anterior (omite el texto, fundamental, del abandono en la Providencia divina: Lc 12,22-32), aunque sí recoge el último versículo de dicha unidad (v. 32).

Desde la experiencia de la Providencia de Dios Padre, los discípulos viven confiados en la providencia, lo que les permite vivir desprendidos de los bienes materiales, entrando en la dinámica del compartir (dar limosna).Por eso, nuestra actitud real ante los bienes nos revele si es auténtica nuestra confianza en Dios y dónde está realmente nuestro corazón.

Si leemos con atención, notaremos una insistente llamada a estar preparados, estar vigilantes. La preparación se concreta en una relación con Dios basada en la confianza y desprendimiento; con los demás, a través de la solidaridad; y con uno mismo, a través de la vivencia de los valores evangélicos que se nos proponen, poniendo nuestro corazón en ellos.

Se nos invita a ser discípulos fieles y responsables y, ellos, dará como resultado una vida “feliz” y tranquila. De hecho, Jesús se empeña en llamar “bienaventurados” a quienes viven “preparados” ante su venida.

Las numerosas imágenes del texto (personas que esperan despiertas a su señor, las lámparas encendidas, la administración de personas y bienes, el servicio, la sobriedad…) tienen gran fuerza y evoca episodios fundamentales de la historia de Israel.

“La cintura ceñida” y las “lámparas encendidas” hacen alusión a la “noche de la liberación”. Los israelitas en aquella noche –la de la primera cena pascual– confiaron en la promesa de Dios, comieron de pie, con la cintura ceñida, preparados para la marcha. Aquella noche no durmieron. Estuvieron en vela esperando el paso del Señor. Por eso, Jesús nos dice: «Estén preparados, porque cuando menos lo piensen, ven­drá el Hijo del Hombre».

La exhortación a la vigilancia se fundamenta en una honda convicción: el Señor vendrá. Desconocemos el día y la hora; y el Señor «puede tardar» (Lc 12, 45). Pero, mientras lle­ga ese momento esperado del encuentro, no hay que echarse a dormir, o caer en la desidia o refugiarse en la irresponsable excusa del “aún hay tiempo”; sino que hay que prepararse para hacerse encontrar por el Señor ocupados en realizar la misión asignada. El tiempo de la espera es, pues, tiempo de vigilancia: el tiempo de la fidelidad y de la res­ponsabilidad. Y si somos servidores fieles, tendremos la dicha de ser “servidores servidos” por el propio Señor, cuando llegue.

¿Qué es lo que hace posible esa actitud de vigilancia? La confianza en el Señor. Por eso, para estar despiertos en la noche, necesitamos fortalecer nuestra fe, cuidarla, mimarla. Una fe, que es primor­dialmente un fiarse de alguien que nos quiere y al que queremos. Sabemos que ese alguien, que es Jesús, aunque está “ausente”, está presente de otra manera a como lo estuvo en su vida en la tierra. «Estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo», nos prometió. Necesitamos buscarlo continuamente, alimentar su presencia, para que no se nos duerma la fe y para que nos aliente y nos acompañe en nuestra espera vigilante y servicial.

El evangelio eleva su exigencia a partir de la pregunta de Pedro, es decir, cuando el texto se dirige a los responsables de la comunidad. No deben olvidar que no son dueños, sino administradores, y deben ser fieles, sensatos y cuidadosos con todos los miembros de la misma. Desde la responsabilidad de cada uno, es una invitación a pensar en nuestra fidelidad al Señor, en nuestra sensatez en el ejercicio y en nuestro esmero pastoral.

Todo el vocabulario, con sus matices, gira en torno al señor y a los siervos. Es una llamada a pensar en quién es, de verdad, el “Señor” de nuestra vida y en el modo en que nosotros somos “siervos” suyos y transparencia suya para los demás.

2. MEDITA
  • ¿Cuál es mi tesoro? ¿Qué/quién está en el centro de mi corazón?
  • ¿Cómo desempeño la misión que se me ha encomendado? ¿Podría considerarme el Señor un servidor fiel y sensato?
  • ¿Qué me reprocharía hoy el Señor?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
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