jueves, 3 de noviembre de 2022

XXXII Domingo (Ciclo C): ¡Creemos en la vida después de la muerte! (Lc 20, 27-38)

 
1. LEE: Lc 20, 27-38

“Dios es un Dios de vivos, no de muertos”. Este es el gran mensaje, la buena noticia del evangelio de hoy. Frente a los que dudan de la resurrección, e incluso la ridiculizan, Jesús afirma que estamos llamados a la vida en plenitud, una vida semejante a la de los ángeles, es decir, junto a Dios. Pero vamos más despacio. 

El evangelio de hoy nos pone delante un caso típico de un uso inapropiado de la Sagrada Escritura. Nos presenta a un grupo de saduceos, que le exponen a Jesús un caso para que les dé su parecer. Pero, ¿quiénes eran estos personajes? Los saduceos eran personas de la alta sociedad, miembros de familias sacerdotales, cultos, ricos y aristócratas. De entre ellos habían salido desde el inicio de la ocupación romana los sumos sacerdotes que, en ese momento, eran los representantes judíos ante el poder imperial. Solo aceptaban como “revelación” los escritos de Moisés (v. 28), es decir, el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia, y no daban importancia a los profetas, otros escritos y rechazaban –incluso ridiculizaban– las tradiciones orales (todo lo contrario de los fariseos). Más concretamente, los saduceos no creen en la resurrección y, para ridiculizarla, se valen de la ley del levirato (la costumbre de los antiguos pueblos semitas según la cual el hermano de un hombre casado y fallecido sin hijos tiene que casarse con la viuda). El sistema del levirato introducido por la Ley pretendía primariamente asegurar una solución de recambio que pudiera ofrecer al varón una descendencia sin salir del círculo familiar y la llevan al absurdo. Esto nos plantea el uso interesado de Dios y las lecturas fuera de contexto que nos hacen decir a la Palabra de Dios lo que nosotros queremos para “llevar el agua a nuestro molino”. Y, en otras ocasiones, por ignorancia, hacemos decir a Dios lo que no dice.

El hecho es que Jesús no entra en la casuística sino que va a ir al fondo de la cuestión, como siempre. El tema no es de quién va a ser mujer (lo que supone considerar a la mujer como un objeto de posesión), lo realmente importante es que la resurrección de los muertos es verdad... Todos estamos llamados a la vida en plenitud. No todo se acaba en este mundo. Y en esa “otra vida”, nadie será posesión de nadie, las relaciones serán como deben ser horizontales, igualitarias, pues todos somos hijos de Dios. Y no solo eso, Jesús añade una nota importante, en aquella “otra vida”, la “vida futura”, seremos como ángeles. ¿Y quiénes son los ángeles? La Escritura nos los presenta como mensajeros de Dios, como aquellos seres que están continuamente en su presencia, que lo ven cara a cara, que participan de su gloria. ¡A eso estamos llamados! ¡Esa es nuestra meta!

El gran anuncio de Pascua es ¡Jesús ha resucitado! Y esa experiencia, esa convicción, ayudó a los primeros cristianos a comprender que Jesús fue el primogénito entre los muertos, Él nos abrió el camino y todos estamos llamados a resucitar con Él. Más aún, todos estamos llamados a vivir ya aquí como resucitados, como personas que vivimos de cara a Dios, haciendo vida el modo de vida, los valores de Jesús.

Mantengamos la mirada puesta en esa meta, no todo empieza y termina aquí. Esto nos ayudará a superar las dificultades y a comprometernos en la construcción de un mundo según el corazón de Dios que ya empieza aquí, pero que tendrá su plena realización cuando todos estemos ya en la casa de nuestro Padre Dios.

2. MEDITA
  • ¿Soy de los que usan la Sagrada Escritura para que diga lo que yo quiero?
  • ¿Vivo con la confianza de que el Dios que nos ha revelado Jesús es un Dios que busca la vida y nos la ofrece en plenitud?
  • ¿Vivo tan apegados al mundo que nos ol­vidamos de que lo mejor está por llegar?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 28 de octubre de 2022

XXXI Domingo (Ciclo C): Jesús y Zaqueo. Dos miradas que se encuentran. (Lc 19, 1-10)


1. LEE: LUCAS 19, 1-10

El evangelio de hoy nos presenta uno de los encuentros de Jesús. Se trata de su encuentro con un personaje público muy importante llamado Zaqueo.

Zaqueo era un hombre rico, al parecer, muy rico. Era jefe de publicanos. Recordemos que los publicanos eran considerados traidores y corruptos dado que estaban al servicio de Roma, el imperio invasor, y eran quienes cobraban impuestos, muchas veces desorbitados, a sus mismos compatriotas.

La escena se sitúa en Jericó. Jericó solía ser la última ciudad por donde pasaban los peregrinos que iban camino a Jerusalén, con lo cual se nos indica que Jesús está ya muy cerca de su destino, un destino que él mismo es consciente que lo conducirá a un fuerte enfrentamiento con las autoridades judías y, muy probablemente, a la muerte. Así mismo, en el Antiguo Testamento, Jericó aparece como la ciudad en la se dio por terminado el largo periodo de los 40 años del pueblo de Israel por el desierto, justo antes de entrar en la tierra prometida. Por tanto, es una manera de decirnos que, con Jesús, el nuevo pueblo de Dios está a las puertas de terminar su largo peregrinar.

Es un texto muy rico en detalles. Puede ser abordado desde múltiples perspectivas. Yo propongo fijarnos en lo que podemos denominar “dinámica del encuentro”. Dicho de otra manera, qué pasos se dan en ese maravilloso encuentro en Jesús y Zaqueo, como un modo de iluminar nuestros propios encuentros.

Si nos fijamos, en este texto quien tiene la iniciativa es Zaqueo. A él, a pesar de tenerlo aparentemente todo, le falta algo. Tiene un deseo, ver a Jesús. Y un deseo que no son meras intenciones sino un algo que lo moviliza, que lo lleva a poner todos los medios que están a su alcance. Sin duda, la autenticidad de nuestros deseos se verifica en la capacidad de movilizarnos. Zaqueo supera una serie de dificultades. Supera su amor propio, el miedo al ridículo…, no le importa subirse a un árbol a la vista de todos. Supera la dificultad de la gente que le impide ver a Jesús. Supera su baja estatura. Nada lo detiene. Es el primer paso, tener un gran deseo y poner todos los medios que estén a nuestro alcance para hacerlo realidad.

Una vez que Zaqueo ha hecho todo lo que está en su mano, Jesús se lo pone realmente fácil y tiene unos detalles hermosos. Levanta los ojos, lo mira y lo llama por su nombre. Qué importante es sentirnos mirados y llamados por nuestro nombre. Con eso le da a entender que lo conoce, que sabe quién es, lo personaliza. Y no solo eso; le pide que baje. Zaqueo no necesita estar por encima, no necesita esconderse, Jesús quiere que se ponga a su altura, que se acerque. Y, más aún, se invita a su casa. No solo lo mira; le demuestra un gesto de amistad y confianza. Y gestos así, nos desarman. Ese es Jesús.

Y Zaqueo no empieza con excusas. No mira su agenda a ver si tiene tiempo, no piensa en qué dirá la gente, no le da largas. Inmediatamente baja y recibe a Jesús con alegría. Zaqueo no deja pasar la oportunidad…. Tener a Jesús en su casa, en su vida, no es una carga, es fuente de gozo.

La gente, sin embargo, permanece ajena a este encuentro. Lo único que sabe hacer es criticar. No es capaz de ver el deseo de cambio de Zaqueo, ni el deseo de Jesús de recuperar lo que está perdido. La gente somos todos aquellos que nos sentimos con una cierta “superioridad moral”, que somos prontos a juzgar, que no hemos aprendido a mirar como somos mirados por Dios.

Pero Zaqueo no se deja amedrentar. Le da igual las críticas. Él sabe lo que quiere. Se sabe mirado, y eso es lo que cuenta. Más aún, su reacción va a ser un cambio radical de vida y de valores. En el centro ya no estará su dinero sino la solidaridad, la generosidad, la justicia. Dará la mitad de sus bienes a los pobres, devolverá cuatro veces más a quienes haya defraudado…, ¡obras son amores!

Este cuarto paso nos da la clave. Un verdadero encuentro con Jesús nos cambia. Y lo que nos cambia es el corazón, la mirada. Cambia nuestros valores, nuestras prioridades. Hace que en el centro ya no estemos nosotros y nuestros intereses sino los demás… ¡Esa es la gran conversión! Volver a Dios es siempre volver al hermano.

2. MEDITA
  • ¿Busco yo también a Jesús? ¿Qué hago para encontrarlo?
  • ¿Cómo me veo, como Zaqueo o como muchedumbre?
  • ¿Me he sentido mirada por Jesús como Jesús miró a Zaqueo?
  • Zaqueo hace cosas concretas, y yo… ¿En qué se concreta mi fe, qué hago o qué no hago?
  • Mi relación con Dios, ¿se refleja en mi relación con mis hermanos?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

sábado, 22 de octubre de 2022

XXX Domingo (Ciclo C): ¿Cómo debemos orar? (Lc 18, 9-14)


1. LEE: LUCAS 18, 9-14

Muchas personas se preguntan cómo orar, como relacionarnos, cómo hablar con Dios. Hoy, el evangelio nos entrega una nueva parábola de Jesús que nos puede iluminar sobre esto.

La parábola nos presenta dos modos de orar a través de dos personajes. El primero, es un hombre religioso, muy religioso; alguien, diríamos, irreprochable. El segundo, un personaje público, muy conocido, un cobrador de impuestos, considerado por todos un explotador y un corrupto. A primera vista, diríamos que el primero es quien estaría “en regla” con Dios y, por tanto, su oración debería ser escuchada. Sin embargo, Jesús dice que la oración que realmente le resultó más agradable a Dios, la oración que le tocó el corazón fue la de aquel hombre pecador. Esto, como comprenderán, resultó a sus oyentes -y seguramente también a muchos de nosotros- sumamente escandaloso e injusto.

Por eso, tenemos que preguntarnos por qué Jesús dice esto.

Si leemos la parábola con atención, si nos fijamos en los gestos, en la postura corporal, en el contenido de la oración, veremos que, el primero, refleja una actitud autosuficiente. Está de pie, erguido, a la vista de todos. Su oración consiste en decirle al Señor todo lo que ha hecho, lo buena persona que es; pero, lo peor de todo, es que eso lo hace sentirse mejor, superior a los demás, hasta el punto de menospreciarnos y juzgarlos. Eso es lo terrible y lo que Dios rechaza. Jesús deja siempre muy claro que no podemos separar nuestra relación con Dios de nuestra relación con los demás. No puedo creer que estoy a buenas con Dios, mientras desprecio, ignoro, maltrato a los demás, eso es un engaño y Jesús lo llama hipocresía. Por eso, Jesús rechaza la actitud del fariseo. Él no necesita nada de Dios (solo que le recompense sus buenas obras). Para él, sus “buenas obras”, su esfuerzo lo hacen merecedor de la atención de Dios.

El segundo, si nos fijamos, tiene una actitud muy distinta. Se queda atrás, no se atreve ni a levantar la mirada, está avergonzado, sabe que lo que está haciendo está mal, seguramente le remuerde la conciencia, y es con esa actitud con la que, a pesar de su pecado, se acerca a Dios con humildad. Sabe que no merece nada, que solo es acreedor de un reproche, pero confía en el Señor. Eso es lo que le conmueve a Dios el corazón. Dios no lo acoge porque sea mejor que el fariseo, sino porque este hombre se sabe necesitado de Dios, de su misericordia.

Por tanto, lo importante no es solo si oramos o no, sino con qué actitud nos situamos ante Dios.

Una vez más, Jesús nos presente el verdadero rostro de Dios. Un Dios que acoge al pecador, que nos acoge en nuestra pequeñez, en nuestra fragilidad si nos acercamos a él con humildad. Y que, en cambio, rechaza a quienes, considerándose muy religiosos, desprecian a los demás y se acercan a Él solo para cobrar una factura.

2. MEDITA
  • ¿Cómo es mi oración? ¿Se acerca más a la del fariseo o a la del publicano?
  • ¿Siento que Dios está “en deuda” conmigo?
  • ¿Soy de los que me considero “mejor” que los demás?
  • ¿Soy consciente de que todo lo debo a la gracia de Dios y no a mi propio esfuerzo?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 14 de octubre de 2022

XXIX Domingo (Ciclo C): Parábola de la viuda y el juez injusto (Lc 18,1-8)

 

1. LEE: LUCAS 18, 1-8

El evangelio de hoy nos presenta una parábola desconcertante. Se trata de una viuda que pide justicia a un juez injusto, que no tiene intenciones de atenderla pero que, gracias a la insistencia de aquella mujer, decide atender a su petición.

Jesús es un gran “cuenta cuentos”. Se sirve de casos de la vida real para darnos una enseñanza práctica. Lo desconcertante es que compara a Dios (su Padre), con ese juez injusto…, ¿cómo es posible?

La intención de Jesús es llamar nuestra atención, despertarnos, y habitualmente lo consigue. No es que Jesús compare a su Padre con un juez injusto sino que nos viene a decir que, si incluso un juez injusto, ante la insistencia de una pobre viuda (¡no de un poderoso, sino de alguien humilde!, pues recordemos que las viudas era personas habitualmente desprotegidas), ¡cuánto más escuchará y atenderá nuestras peticiones nuestro Padre del cielo que es todo bondad!

La intención de esta parábola está claramente expuesta ya al principio. Jesús lo que quiere es enseñarnos la importancia, no solo de la oración, sino de perseverar e insistir en ella. Nuestra tentación es desistir al no obtener lo que queremos o desconfiar ante la duda de ser realmente escuchados. Por eso, la primera enseñanza es precisamente esta, perseveremos en la oración, confiemos en que nuestro Padre del cielo siempre nos escucha, aunque no siempre cumpla nuestros deseos, como un padre que no siempre puede realizar los deseos de sus hijos, pero que está siempre ahí, a su lado.

Unido a este tema central de la oración, aparecen otros dos: la justicia de Dios y la fe.

La enseñanza que extrae Jesús de la parábola es invitarnos a confiar en que Dios tarde o temprano hará justicia a quienes claman ante Él día y noche. Sin duda, las injusticias de nuestro mundo son un escándalo para muchos creyentes y no creyentes, y no pocos piensas que Dios se ha desentendido de nuestro mundo, del sufrimiento de los débiles. Y, no, no es así, el escucha nuestros lamentos y no es ajeno a lo que nos ocurre. Pero hay que confiar. De ahí el segundo gran tema: la fe.

Jesús se lamenta de la poca fe que encuentra a su alrededor, hasta llegar a exclamar: «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» La oración y la fe van de la mano. La fe se expresa en la oración, la oración es expresión de nuestra fe, de nuestra confianza en un Dios que nos escucha y tiene una palabra para nosotros.

Seamos como aquella pobre viuda, que no teme presentar su situación, su necesidad. Y confiemos en que nuestra oración siempre es escuchada y atendida por Dios, nuestro Padre, que nos ama con la ternura propia de una madre.

2. MEDITA
  • ¿Cómo es mi oración? ¿Es una oración insistente y perseverante?
  • ¿La hago con la confianza de que Dios me escucha?
  • ¿Mi fe me lleva a luchar por la justicia de los más débiles?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
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miércoles, 5 de octubre de 2022

XXVIII Domingo (Ciclo C): Seamos agradecidos (Lc 17, 11-19)


1. LEE: LUCAS 17, 11-19

El evangelio de hoy podría tener al menos dos títulos, “Jesús sana a 10 leprosos”, que sería meramente descriptivo, o “Sobre el agradecimiento…”, que podría resultar un poco más sugestivo y que pondría nuestra mirada en una de las enseñanzas de este episodio.

Jesús continúa sin dilaciones su camino hacia Jerusalén. En el recorrido de Galilea a Judea, los judios solían evitar atravesar Samaria, por la enemistad manifiesta entre judios y samaritanos. Jesús, sin embargo, no evita ese paso. Más aún, da la impresión de que Él elige pasar por allí. Jesús no evita los lugares conflictivos, Él ha venido para todos y todos necesitan de Él.

En ese camino, salen a su encuentro 10 leprosos. Recordemos que los leprosos tenían prohibido el contacto con la gente, se los consideraba impuros, seguramente por el miedo al contagio… Todos los evitaban y ellos se escondían de los demás. Sin embargo, se acercan a Jesús. Diez puede considerarse símbolo de plenitud. ¡Eran muchos los leprosos que buscaban a Jesús, que no temían acercársele, pues sabían que no serían rechazados. Saben que es un hombre compasivo, de ahí su petición, “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Hermosa oración… Ellos saben que no tienen derecho a nada, pero saben que Jesús es compasivo y eso despierta en ellos la confianza.

Llama la atención que Jesús no los sana, sino que los manda a ir donde un sacerdote, que era quien podía certificar su curación. Pero lo más admirable aún es que ellos le obedecen sin haber sido sanados. Y, en el camino, quedan limpios. Creyeron en la palabra de Jesús, hicieron lo que Él les dijo y quedaron sanos… ¡Esta es la fe!

El relato podría haber terminado aquí. Sin embargo, Lucas señala que uno de aquellos diez, apenas se vio sano, volvió para dar gracias a Jesús. Y es entonces cuando Jesús echa de menos a los otros 9. Ver esta escena pone en evidencia que somos más dados a pedir que a agradecer. ¡Cuántas veces hemos sido sanados! ¡Todos los días somos bendecidos! Pero qué pocas veces agradecemos al Señor todas sus gracias, sus dones, sus detalles… Es por eso que este episodio bien puede llamarse “Sobre el agradecimiento”. Necesitamos aprender a ser agradecidos. Estamos en una sociedad en la que solo se habla de derechos, donde damos todo por descontado, por merecido. Sin embargo, tenemos tantos motivos para dar gracias… Y vivir agradecidos nos haría mucho más felices…

2. MEDITA
  • ¿Quiénes serían hoy los “leprosos” en nuestra sociedad?
  • ¿Mi oración es más una oración de petición o de agradecimiento?
  • ¿Soy una persona agradecida?
  • ¿Pueden todos acercarse a mí con la confianza de ser acogidos?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 30 de septiembre de 2022

XXVII Domingo (Ciclo C): "Nuestra misión es servir"


1. LEE: LUCAS 17, 5-10

Seguimos acompañando a Jesús en su camino hacia Jerusalén. Y, a lo largo de ese camino, Él nos sigue formando como discípulos, como cristianos, indicándonos cómo vivir para ser verdaderamente hijos y hermanos, para vivir de acuerdo a nuestro ser más profundo.

Hoy el evangelio nos da dos nuevas enseñanzas. En primer lugar, se nos habla de la fe. Jesús acaba de hablar del perdón, de la importancia de vivir reconciliados, de perdonar las veces que sea necesario, de perdonar siempre. Ante esto, los discípulos le piden: “Señor, auméntanos la fe”. La fe no como una serie de verdades que hay que creer sino la fe como confianza en Jesús, confianza en sus palabras, en su propuesta, en su propuesta de vida.

La respuesta de Jesús indirectamente replantea la petición. No se trata de tener más fe. No se trata de cantidad sino de calidad. De hecho bastaría una fe del tamaño de una semilla de mostaza, es decir, muy pequeña, para que Dios pueda realizar a través de nosotros cosas extraordinarias… La fe tiene un poder inmenso, pero la fe como confianza en Dios, en su poder, en su amor que es capaz de realizar maravillas. De allí que sería bueno preguntarnos cómo es nuestra fe, cómo es mi fe, sobre todo, si es confianza, abandono en manos del Padre.

Acto seguido, Lucas nos regala una nueva parábola, la que conocemos como “parábola del siervo inútil”. Como siempre, Jesús se sirve de un lenguaje e imágenes desconcertantes para hacernos pensar y, sobre todo, reaccionar.

La narración es sencilla. Se trata de un siervo, un empleado, que llega a la casa de su señor después de una jornada de trabajo. Entonces, Jesús lanza tres preguntas que, si nos fijamos, lo que viene a decirnos es que aquel empleado sencillamente ha hecho su trabajo y que, por tanto, no debe andar buscando reconocimiento ni recompensas. Nos recuerda, por tanto, que nosotros estamos llamados a servir a los demás y que, al hacerlo, hacemos sencillamente lo que tenemos que hacer. Se nos recuerda, una vez más, cuál es nuestro lugar en el mundo. Solo Dios es Dios, nosotros somos administradores, somos siervos, somos hijos, somos hermanos. Solo Dios debe estar en el centro, no yo. Y lo propio del hijo es estar al servicio de su padre y, recordemos que a Dios se lo sirve, sirviendo a los demás.

2. MEDITA
  • ¿Cómo veo mi fe? ¿Cómo la ve el Señor?
  • ¿Tengo presente que yo solo soy un servidor del Señor y de mis hermanos o a veces me considero con derecho a una “recompensa” por mis servicios prestados?
  • ¿Cómo ando de gratuidad y de servicio?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
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jueves, 22 de septiembre de 2022

XXVI Domingo (Ciclo C): "Érase una vez un rico y un pobre llamado Lázaro" (Lc 16, 19-31)


1. LEE: Lucas 16, 19-31

«Érase una vez un rico que vestía de marca, usaba prendas de lujo y organizaba grandes eventos a los que invitaba a personajes importantes. No le faltaba ni se privaba de nada. Y, en su misma puerta, había también un pobre al que le hubiera bastado las sobras de aquel rico…» Esta sería una actualización del inicio de una parábola que cuenta Jesús a los fariseos, hombres religiosos de buena posición social. Y, este drama, lamentablemente no es solo una parábola, un cuento…, es un reflejo de nuestra sociedad del bienestar donde unos disfrutan de toda una serie de privilegios y, a otros, les falta hasta lo necesario. Y esto retrata no solo a la sociedad, como si se tratase de un ente abstracto, sino de cada uno de nosotros. Porque, para Jesús, rico es todo aquel que vive encerrado en sí mismo, que solo mira por sus propios intereses y bienestar. Ni siquiera es necesariamente una mala persona; hasta puede tratarse de alguien honrado…; el problema es que se ha vuelto egoísta, materialista, con ansias de poder, de figurar y que, eso, lo ha vuelto indiferente a quienes tiene a su lado, salvo que los necesite o pueda sacar de ellos algún provecho.

Esta parábola nos habla del pecado de la indiferencia, de la insolidaridad, del pecado de omisión pues, viendo una necesidad y pudiendo hacer algo, no lo hacemos.

Si nos fijamos, aquel rico de la parábola no tiene nombre. El nombre, en la cultura judía, habla de la identidad, del ser de la persona… Y aquel hombre, cuyo horizonte era únicamente lo material, su propio bienestar y disfrute, ha ido perdiendo el contacto con su ser, con su esencia, hasta el punto de no tener nombre… es solo un rico, a quienes todos ven no en su esencia de persona, sino en lo que tiene. Sin embargo, el pobre sí tiene nombre, se llama Lázaro, que significa “Ayuda del Señor”. Aquel pobre lo ha perdido todo, menos su ser, su dignidad. Y aquel, a quien nadie ve ni atiende, es mirado por Dios, solo que, no olvidemos, la providencia de Dios somos nosotros, y el Señor llama continuamente a la puerta de nuestra conciencia y de nuestro corazón para que seamos solidarios.

Hay un detalle que suele pasar desapercibido. Aquel rico tenía cinco hermanos; es decir, su padre tenía 6 hijos. Seis es un número imperfecto. Solo si integran en la familia a Lázaro, solo si lo reconocen y lo tratan como hermano, serán siete, y así alcanzarán la plenitud de la fraternidad. Solo si integramos a los Lázaros de nuestro mundo, podremos hablar de una sociedad verdaderamente justa, humana, fraterna, según el proyecto inicial de Dios.

Esta parábola es una apelación al hoy. El único deseo de Dios es que aprendamos a vivir como hermanos. Todas las palabras y acciones de Jesús iban dirigidas a eso, a enseñarnos a vivir como hermanos, a denunciar las múltiples formas de injusticia, de insolidaridad. Jesús cree en nosotros, cree en la capacidad de la humanidad de romper con el círculo egocéntrico en el que estamos metidos.

Que no nos pase como a aquel rico que pedía que alguien fuera a decirles a sus hermanos cómo tenían que comportarse en esta vida. Nosotros lo sabemos, el evangelio es muy claro… Y, como decía san Juan de la Cruz, al final de la vida seremos examinados en el amor… En nosotros está hacerlo vida con los Lázaros que están a nuestra puerta… No hace falta ir a buscarlos… Basta abrir los ojos…

2. MEDITA
  • ¿“Veo” a los “Lázaros” que están a mi alrededor o he caído en la indiferencia? Piensa detenidamente en ello.
  • ¿Soy consciente de que mis bienes me han sido dados para compartirlos? ¿Cómo lo demuestro?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?