lunes, 5 de octubre de 2009

II Sínodo de Africa

Como sabréis, ayer domingo empezó el II Sínodo de Obispos de África. Unámonos a este acontecimiento eclesial con la oración que el Papa Benedicto XVI ha compuesto:

Santa María, Madre de Dios, Protectora de África,
tú has dado al mundo la luz verdadera, Jesucristo.
Por tu obediencia al Padre y por la gracia del Espíritu Santo,
nos has dado la fuente de nuestra reconciliación y de nuestra justicia,
Jesucristo, nuestra paz y nuestro gozo.

Madre de ternura y de sabiduría,
muéstranos a Jesús, tu Hijo e Hijo de Dios,
ayúdanos en nuestro camino de conversión
para que Jesús haga brillar su Gloria sobre nosotros
en todos los aspectos de nuestra vida personal, familiar y social.

Madre, llena de misericordia y de justicia,
por tu docilidad al Espíritu Consolador
alcánzanos la gracia de ser testigos del Señor Resucitado,
para que seamos cada vez más
la sal de la tierra y la luz del mundo.

Madre del Perpetuo Socorro,
confiamos a tu maternal intercesión
la preparación y los frutos del Segundo Sínodo para África.
¡Reina de la Paz, ruega por nosotros!
¡Nuestra Señora de África, ruega por nosotros!

También os transcribo las palabras que el Papa dirigió ayer al rezar el Ángelus en la Plaza de San Pedro:

¡Queridos hermanos y hermanas!

Esta mañana, en la Basílica de San Pedro, ha tenido lugar la celebración eucarística de apertura de la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, durante la cual se rezó también en diversas lenguas africanas. Mi venerado predecesor Juan Pablo II convocó el primer “Sínodo africano” en 1994, en la perspectiva del año 2000 y del tercer milenio cristiano. Él, que con su celo misionero, se hizo muchas veces peregrino en tierra africana, recogió los contenidos emergidos de aquella cita en la Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa, relanzando la evangelización del Continente. A distancia de quince años, esta nueva Asamblea se pone en continuidad con la primera, para verificar el camino realizado, profundizar algunos aspectos y examinar los retos más recientes. El tema elegido es “La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz” – acompañado por una palabra de Cristo dirigida a los discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra.... vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13.14).

El Sínodo constituye siempre una intensa experiencia eclesial, una experiencia de responsabilidad pastoral colegial respecto a un aspecto específico de la vida de la Iglesia, o mas bien, como en este caso, de una parte del Pueblo cristiano determinada en base al área geográfica. El Papa y sus más estrechos colaboradores se reúnen junto con los Miembros designados de la Asamblea, con los Expertos y los Auditores, para profundizar la temática elegida. Es importante subrayar que no se trata de un congreso de estudio, ni una asamblea programática. Se escuchan relaciones e intervenciones en el aula, se confrontan en los grupos, pero todos sabemos bien que los protagonistas no somos nosotros: es el Señor, su Espíritu Santo, que guía a la Iglesia. Lo más importante, para todos, es escuchar: escucharse unos a otros y, todos juntos, escuchar lo que el Señor quiere decirnos. Por esto, el Sínodo se desarrolla en un clima de fe y de oración, de obediencia religiosa a la Palabra de Dios. Al Sucesor de Pedro le toca convocar y guiar las Asambleas sinodales, recoger cuanto surja de los trabajos y ofrecer después las indicaciones pastorales oportunas.

Queridos amigos África es un continente que tiene una extraordinaria riqueza humana. Actualmente, su población llega casi a mil millones de habitantes y su tasa de natalidad total es la más alta a nivel mundial. África es una tierra fecunda de vida humana, pero esta vida está marcada por desgracia por muchas pobrezas y sufre además graves injusticias. La Iglesia está empeñada en superarlas con la fuerza del Evangelio y la solidaridad concreta de tantas instituciones e iniciativas de caridad. Oremos a la Virgen María para que bendiga la II Asamblea sinodal para África y obtenga paz y desarrollo para ese grande y amado continente.

domingo, 4 de octubre de 2009

“¿Eres Tú el que estamos esperando?” (Mt 11, 2-6)

En los primeros 10 capítulos del evangelio de Mateo se nos ha hecho una gran presentación de Jesús como el Mesías esperado. Recordemos que este evangelio fue escrito especialmente para un público judío. La gran tesis de su autor es “demostrar” que aquel a quien toda la Escritura había anunciado durante siglos es Jesús.

Aunque nosotros no somos de origen judío, reconocer a Jesús como el Mesías es reconocerlo como el esperado, el deseado, el enviado por Dios para mostrarnos el camino que nos conduce a Él.

En los capítulos anteriores se nos ha dado a conocer el Mensaje de Jesús (cc. 5-7) y los signos que lo avalan (cc. 8-9). Jesús ha aparecido ante nuestros ojos como “Maestro de Sabiduría” (cc. 5-7) y como “El Sanador” (cc. 8-9). Y es a continuar esta misión a lo que se nos envía a nosotros (c. 10).

Sin embargo, este “gran hombre”, este “Dios-con-nosotros” que nos ha dado a conocer palabras de sabiduría y que viene a sanarnos de todas nuestras enfermedades y dolencias, fue rechazo entonces y lo sigue siendo ahora… ¿Por qué? Es ésta la pregunta a la que Mateo intentará respondernos en los capítulos siguientes (11-13).

Lo que está claro es que ante Jesús nadie queda indiferente… Su presencia suscita atracción o rechazo… Pero lo realmente doloroso es que fue rechazado precisamente por el pueblo que estaba mejor preparado para acogerlo… ¿No nos pasará algo similar a nosotros?

Este rechazo que sufre Jesús viene tipificado en tres tipos de personas: Juan el Bautista, unos niños que juegan en la plaza y los fariseos.

Juan está en la cárcel y hasta sus oídos llega lo que hace Jesús. Y lo que escucha lo desconcierta… Él había anunciado el juicio implacable de Dios y lo que ve son gestos de misericordia… Había presentado a un Dios justiciero que estaba por venir con todo su poder para aplastar a los malvados (cf. Mt 3, 1-12) y lo que ve es a un hombre sencillo, humilde, que no alza la voz y que se dedica a sanar, no a condenar… ¿Os imagináis su confusión, incluso, su decepción?

Pero no creáis que esto es algo anacrónico. No. Muchos hombres y mujeres siguen –seguimos- esperando muchas veces a un Dios que venga a poner orden… Nos resulta difícil adherirnos al Dios de Jesús que aparece envuelto en debilidad y sencillez… Seguimos esperando a un dios todopoderoso que resuelva todos los problemas, que elimine a nuestros “enemigos”, y lo que nos encontramos es la llamada a perdonar, a ser misericordiosos… ¿Acaso esto no nos desconcierta también a nosotros?

Por eso, para salir de dudas, Juan manda una comitiva donde Jesús para plantearle esta pregunta: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (11, 3).

Y Jesús, como siempre, nos remite no a la habladurías sino a los hechos: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (11, 4-5). Sí, ésta es su carta de presentación, éstas son sus credenciales, estos son los signos que verifican que es Él aquel de quien habló Isaías (26, 19; 35,5ss.; 61,1ss.).

Y termina diciendo: “Y dichoso aquel que no se escandalice de mí” (11,6). Es decir, aquel que no se sienta decepcionado por mi modo de actuar que, en definitiva, es el modo de actuar de Dios.

Siempre ha escandalizado el Dios de Jesús. Por eso nos empeñamos en tergiversar su figura añadiéndole notas de poder. Y, no… Jesús nos muestra el rostro de un Dios Padre que no se impone, que no pretende subyugarnos sino que lo que desea es que seamos felices y liberarnos de todo lo que nos impide vivir como auténticos seres humanos, llamados a vivir como hijos suyos y hermanos de todos…

Mateo, al presentarnos el desconcierto del Bautista, en realidad se dirige a nosotros e intenta aclarar nuestras dudas, invitándonos a reconocer en Jesús al enviado de Dios que nos indica el camino a seguir, un camino de compasión, cercanía y misericordia, que para muchos puede parecer debilidad pero que, en realidad, es lo que verdaderamente nos asemeja a Dios.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Jesús "El Misionero" (Mt 11,1)

Este primer versículo del capítulo 11 del evangelio de Mateo sirve de conclusión al discurso misionero de Jesús dirigido a los Doce, así como de transición hacia la sección siguiente, que empezaremos a comentar la próxima semana.

Jesús ha dirigido unas palabras a los Doce como preparación para enviarlos en misión si bien, como hemos dicho, son instrucciones dirigidas a cada uno de nosotros, pues todos estamos llamados a ser misioneros, portadores de una buena noticia…

Pero una cosa llama la atención. Al concluir estas palabras, en vez de ver a los discípulos que parten para predicar, siguiendo las indicaciones de Jesús, el evangelista nos dice: "Partió de allí para enseñar..." (Mt 11,1). De este modo se nos indica que el Misionero por excelencia es Jesús y que cuando nosotros estamos en misión, es Él quien misiona a través de cada uno…

El Señor llega a nosotros a través de múltiples mediaciones… Personas que nos dan una palabra de aliento, que nos consuelan; incluso personas que nos reprenden con el deseo de ayudarnos a volver al “buen camino”, a la senda del seguimiento a Jesús…

Nuestra vida está llena de “misioneros” que han sido para nosotros portadores de buenas noticias, pero es importante que caigamos en la cuenta de que era Jesús mismo el que se acercaba a nosotros, a través de ellos, con el deseo de alcanzarnos y convertirnos, también a nosotros, en continuadores de su misión, en instrumentos para que otros puedan encontrarse con Él…

Hoy os invito a dar gracias por esos “misioneros”, a recordar sus nombres… Y os animo a que nuestra vida sea buena noticia para quienes Dios pone en vuestro camino, pues es a ellos a quienes somos enviados…

jueves, 24 de septiembre de 2009

Fiesta de la Virgen de la Merced

Hoy 24 de septiembre, la Iglesia celebra la Fiesta de la Virgen de la Merced.

Se cuenta que el 1 de agosto de 1218, Pedro Nolasco, tuvo una visita de la Santísima Virgen, dándose a conocer como La Merced, que lo exhortaba a fundar una Orden religiosa con el fin principal de redimir a los cristianos cautivos. En ese momento, la península Ibérica estaba dominada por los musulmanes, y los piratas sarracenos asolaban las costas del Mediterráneo, haciendo miles de cautivos a quienes llevaban al norte de África.

Fundada en 1218, se tienen testimonios de este nombre desde mediados del siglo XIII. En las primeras Constituciones de la Orden, en 1272, la Orden recibe ya el título de "Orden de la Virgen de la Merced de la Redención de los cristianos cautivos de Santa Eulalia de Barcelona".

Se calcula que fueron alrededor de trescientos mil los redimidos por los frailes mercedarios del cautiverio de los musulmanes. Unos tres mil son los religiosos que se consideran mártires por morir en cumplimiento de su voto.

En el año 1265 aparecieron las primeras monjas de la Merced, iniciadas por la santa María de Cervellón.

La devoción a la Virgen de la Merced se difundió muy pronto por Cataluña y por toda España, por Francia y por Italia, a partir del siglo XIII con la labor de redención de estos religiosos y sus cofrades. Con la Evangelización de América, en la que la Orden de la Merced participó desde sus mismos inicios, la devoción se extendió y arraigó profundamente en todo el territorio americano.

La iconografía usada para representar a esta Virgen de la Merced, es aquella cuya vestimenta es su manto (a partir del siglo XVI, con el hábito de la orden de la Merced), mientras ora o cobija bajo él a un grupo de presos cautivos, pero también a santos, o personas de todas las clases sociales.

Con esta advocación, enraizada en la piedad popular, queremos expresar uno de los atributos o cualidades de la Virgen María.

Merced deriva del latín “merx”, que significa mercadería, merces, paga, recompensa, así como acto de benevolencia, beneficios graciosos. Por tanto, con esta advocación invocamos a María como protectora y, sobre todo, como Madre de Misericordia, portadora de todo bien…

Que la Virgen María, bajo la advocación de la Merced, nos conceda del Señor todas las gracias que necesitamos y que ella mejor que nadie conoce.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Palabras de Jesús a los misioneros VI: No os desaniméis… (Mt 10, 16-25)

Este discurso de Jesús a los misioneros que estamos comentando, trae palabras cargadas de ánimo y fortaleza…

Como ya hemos dicho, Jesús no nos engaña… Quien vive de acuerdo a los valores del Evangelio, será perseguido… ¿Por qué? Porque pone en peligro el statu quo, porque deja en evidencia algunos comportamientos incorrectos o pone en peligro muchos intereses ocultos. Y, repito, quien vive de acuerdo a los valores del Evangelio… Es decir, incluso personas que no se confiesan cristianas, tendrán dificultades cuando intenten construir un mundo más justo, luchar contra la corrupción, rescatar a jóvenes de los prostíbulos o a niños la calle… Creo que no es necesario demostrar esta afirmación pues es evidente a lo largo de la historia, incluido los tiempos actuales… De hecho, los grandes defensores de los Derechos Humanos suelen estar perseguidos y no pocos terminan asesinados… Pero, sin ir más lejos, hace poco llegó a mis manos el libro “Sonrisas de Bombay”, que narra el testimonio de un chico catalán que lo ha dejado todo para dedicarse a rescatar de la calle, de la pobreza y de las mafias, a niños de la India… y, actualmente, tiene que ir con escolta porque a la policía le consta que está en la lista de las mafias locales…

Esto, siendo una realidad, no nos debe llevar al desánimo… La gran tentación ante las dificultades es tirar la toalla, pensar que no hay nada que hacer, o sencillamente mandar a todo el mundo a la porra… Pero, no, Jesús non invita a perseverar, a mantenernos firmes y fieles hasta el final (v. 22). El mal no puede ganar la batalla… y la gana cuando nosotros dejamos de hacer el bien, el poco o mucho bien que podemos…

Más aún, Jesús nos invita a “sacudirnos el polvo de los pies”; es decir, si en un lugar no somos bien acogidos, tampoco es cuestión de ir por la vida de “mártires”, sino que tenemos que continuar nuestro camino… (v. 23).

Una vez más, no lo olvidemos, a lo que se nos invita es a ser como Jesús, que se mantuvo fiel a su misión, fiel en su compromiso con los débiles y oprimidos de nuestro mundo, fiel en anunciar que Dios es Padre, aunque en ello le fuera la vida… Por eso, la mayor recompensa es ésta: Ser discípulos que llegan a ser como su Maestro (v. 25).