sábado, 17 de octubre de 2009
jueves, 15 de octubre de 2009
La fuente de Dios brota en mí (Colaboración)
Dios de bondad, comienzo esta semana
con incertidumbre y sorpresa
por todo lo que me aguarda.
Dame la fuerza necesaria para realizar
lo que Tú me pides.
Y dame serenidad interior
para que el trabajo
no me arranque de mi centro.
Permanece junto a mí en todo cuanto haga.
Déjame extraer de la fuente de tu Espíritu
lo que me conviene.
Y déjame sentir
que esa fuente de tu Espíritu es inagotable,
que puedo trabajar sin agotar mis fuerzas,
porque tu fuente brota en mí.
AMEN.
domingo, 11 de octubre de 2009
¡No ha habido nadie más grande que Juan Bautista! (Mt 11, 7-15)
Considerando que Jesús no es muy dado a los elogios, impresionan aún más estas palabras sobre Juan el Bautista.
En los versículos anteriores, Jesús ha respondido a las dudas de Juan que no termina de entender el mesianismo de Jesús pues no coincide con lo que él había anunciado. Sin embargo, Jesús no sólo no le reprocha nada, sino que, públicamente, confirma a Juan como el profeta más grande de todos los tiempos: “Os aseguro que no ha nacido de mujer nadie mayor que Juan el Bautista” (v. 11). ¿Y qué es lo que destaca de Juan? Su valentía, su entereza, su entrega al anuncio del Reino… No, Juan no ha sido como una caña vapuleada por el viento, sino que se ha mantenido firme, jugándose con ello la vida… Y de manera solapada, se atreve a compararlo incluso con Herodes, envuelto en grandes riquezas, habitando fastuosos palacios, pero considerado como alguien a merced del imperio romano…
Esto, al mismo tiempo, es una crítica hacia nuestra manera de valorar a las personas. Habitualmente lo que se valora es lo externo: los títulos, los bienes, la posición social… En cambio, lo que valora Dios es bien distinto, es nuestra entrega, nuestra fidelidad, nuestra coherencia de vida…
Pero Jesús no se queda en el elogio, sino que quiere dejar claro ante sus interlocutores quién era realmente Juan… Sí, era un profeta, esto ya lo sabía el pueblo llano, pero, no cualquier profeta, Juan era Elías… ¿Qué quiere decir esto?
Para muchos, este texto fundamentaría la creencia en la reencarnación… Hacer esta lectura es desconocer totalmente el lenguaje bíblico. Decir que Juan era Elías, equivalía a decir que aquel que viniera inmediatamente después de él, era el Mesías (Ml 3, 1.23; Mt 17, 10-13); es decir, era un modo de decir: Él es Elías y yo soy el Mesías. Por eso añade que, aun siendo el más grande, “el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él” (v. 11b). Es decir, con Juan se acaba una época, la de la espera, pues con Jesús los tiempos nuevos han llegado… Es otro modo de decir, nuevamente, que no tenemos que seguir esperando, que en Jesús tenemos ya a “aquel que tenía que venir”…
Esto se dice pronto, pero si caemos en la cuenta de lo que significa, es impresionante… La humanidad sigue como a la espera de alguien que le señale el camino; los mismos cristianos parece que seguimos buscando a alguien que responda a nuestras inquietudes más profundas, y Jesús nos dice: “Soy yo”… Pero para ello tenemos que acercarnos a él, conocerlo de verdad, dejarlo entrar en nuestra vida, vivir como Él nos indica…
Pero este camino es fácil. Después de estas palabras de elogio, el evangelio pone en labios de Jesús una expresión enigmática: “el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (v. 12)… ¿Qué quiere decir esto? Algo muy sencillo… El evangelio, desde el inicio, ha encontrado oposición en los que ostentan el poder, del tipo que sea… Basta ver a Juan que está encarcelado, a punto de ser ejecutado…
Y termina con una sentencia: “Quien tenga oídos, que oiga” (v. 15)... como diciendo: “más claro no os lo puedo decir”...
Como veréis, es un texto breve, pero con mucho meollo dentro…
Ojalá escuchemos también nosotros, de boca de Jesús, palabras de elogio… Elogios por nuestra fidelidad a su voluntad, por nuestra entrega, por nuestra dedicación a los hermanos… Y, sí, ojalá nosotros experimentos realmente que en Jesús podemos encontrar todo lo que buscamos, que Él es aquel que tenía que venir a este mundo… y que en Él podemos satisfacer toda nuestra sed…
jueves, 8 de octubre de 2009
lunes, 5 de octubre de 2009
II Sínodo de Africa
tú has dado al mundo la luz verdadera, Jesucristo.
Por tu obediencia al Padre y por la gracia del Espíritu Santo,
nos has dado la fuente de nuestra reconciliación y de nuestra justicia,
Jesucristo, nuestra paz y nuestro gozo.
Madre de ternura y de sabiduría,
muéstranos a Jesús, tu Hijo e Hijo de Dios,
ayúdanos en nuestro camino de conversión
para que Jesús haga brillar su Gloria sobre nosotros
en todos los aspectos de nuestra vida personal, familiar y social.
Madre, llena de misericordia y de justicia,
por tu docilidad al Espíritu Consolador
alcánzanos la gracia de ser testigos del Señor Resucitado,
para que seamos cada vez más
la sal de la tierra y la luz del mundo.
Madre del Perpetuo Socorro,
confiamos a tu maternal intercesión
la preparación y los frutos del Segundo Sínodo para África.
¡Reina de la Paz, ruega por nosotros!
¡Nuestra Señora de África, ruega por nosotros!
También os transcribo las palabras que el Papa dirigió ayer al rezar el Ángelus en la Plaza de San Pedro:
¡Queridos hermanos y hermanas!
Esta mañana, en la Basílica de San Pedro, ha tenido lugar la celebración eucarística de apertura de la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, durante la cual se rezó también en diversas lenguas africanas. Mi venerado predecesor Juan Pablo II convocó el primer “Sínodo africano” en 1994, en la perspectiva del año 2000 y del tercer milenio cristiano. Él, que con su celo misionero, se hizo muchas veces peregrino en tierra africana, recogió los contenidos emergidos de aquella cita en la Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa, relanzando la evangelización del Continente. A distancia de quince años, esta nueva Asamblea se pone en continuidad con la primera, para verificar el camino realizado, profundizar algunos aspectos y examinar los retos más recientes. El tema elegido es “La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz” – acompañado por una palabra de Cristo dirigida a los discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra.... vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13.14).
El Sínodo constituye siempre una intensa experiencia eclesial, una experiencia de responsabilidad pastoral colegial respecto a un aspecto específico de la vida de la Iglesia, o mas bien, como en este caso, de una parte del Pueblo cristiano determinada en base al área geográfica. El Papa y sus más estrechos colaboradores se reúnen junto con los Miembros designados de la Asamblea, con los Expertos y los Auditores, para profundizar la temática elegida. Es importante subrayar que no se trata de un congreso de estudio, ni una asamblea programática. Se escuchan relaciones e intervenciones en el aula, se confrontan en los grupos, pero todos sabemos bien que los protagonistas no somos nosotros: es el Señor, su Espíritu Santo, que guía a la Iglesia. Lo más importante, para todos, es escuchar: escucharse unos a otros y, todos juntos, escuchar lo que el Señor quiere decirnos. Por esto, el Sínodo se desarrolla en un clima de fe y de oración, de obediencia religiosa a la Palabra de Dios. Al Sucesor de Pedro le toca convocar y guiar las Asambleas sinodales, recoger cuanto surja de los trabajos y ofrecer después las indicaciones pastorales oportunas.
Queridos amigos África es un continente que tiene una extraordinaria riqueza humana. Actualmente, su población llega casi a mil millones de habitantes y su tasa de natalidad total es la más alta a nivel mundial. África es una tierra fecunda de vida humana, pero esta vida está marcada por desgracia por muchas pobrezas y sufre además graves injusticias. La Iglesia está empeñada en superarlas con la fuerza del Evangelio y la solidaridad concreta de tantas instituciones e iniciativas de caridad. Oremos a la Virgen María para que bendiga la II Asamblea sinodal para África y obtenga paz y desarrollo para ese grande y amado continente.
domingo, 4 de octubre de 2009
“¿Eres Tú el que estamos esperando?” (Mt 11, 2-6)
En los primeros 10 capítulos del evangelio de Mateo se nos ha hecho una gran presentación de Jesús como el Mesías esperado. Recordemos que este evangelio fue escrito especialmente para un público judío. La gran tesis de su autor es “demostrar” que aquel a quien toda la Escritura había anunciado durante siglos es Jesús.
Aunque nosotros no somos de origen judío, reconocer a Jesús como el Mesías es reconocerlo como el esperado, el deseado, el enviado por Dios para mostrarnos el camino que nos conduce a Él.
En los capítulos anteriores se nos ha dado a conocer el Mensaje de Jesús (cc. 5-7) y los signos que lo avalan (cc. 8-9). Jesús ha aparecido ante nuestros ojos como “Maestro de Sabiduría” (cc. 5-7) y como “El Sanador” (cc. 8-9). Y es a continuar esta misión a lo que se nos envía a nosotros (c. 10).
Sin embargo, este “gran hombre”, este “Dios-con-nosotros” que nos ha dado a conocer palabras de sabiduría y que viene a sanarnos de todas nuestras enfermedades y dolencias, fue rechazo entonces y lo sigue siendo ahora… ¿Por qué? Es ésta la pregunta a la que Mateo intentará respondernos en los capítulos siguientes (11-13).
Lo que está claro es que ante Jesús nadie queda indiferente… Su presencia suscita atracción o rechazo… Pero lo realmente doloroso es que fue rechazado precisamente por el pueblo que estaba mejor preparado para acogerlo… ¿No nos pasará algo similar a nosotros?
Este rechazo que sufre Jesús viene tipificado en tres tipos de personas: Juan el Bautista, unos niños que juegan en la plaza y los fariseos.
Juan está en la cárcel y hasta sus oídos llega lo que hace Jesús. Y lo que escucha lo desconcierta… Él había anunciado el juicio implacable de Dios y lo que ve son gestos de misericordia… Había presentado a un Dios justiciero que estaba por venir con todo su poder para aplastar a los malvados (cf. Mt 3, 1-12) y lo que ve es a un hombre sencillo, humilde, que no alza la voz y que se dedica a sanar, no a condenar… ¿Os imagináis su confusión, incluso, su decepción?
Pero no creáis que esto es algo anacrónico. No. Muchos hombres y mujeres siguen –seguimos- esperando muchas veces a un Dios que venga a poner orden… Nos resulta difícil adherirnos al Dios de Jesús que aparece envuelto en debilidad y sencillez… Seguimos esperando a un dios todopoderoso que resuelva todos los problemas, que elimine a nuestros “enemigos”, y lo que nos encontramos es la llamada a perdonar, a ser misericordiosos… ¿Acaso esto no nos desconcierta también a nosotros?
Por eso, para salir de dudas, Juan manda una comitiva donde Jesús para plantearle esta pregunta: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (11, 3).
Y Jesús, como siempre, nos remite no a la habladurías sino a los hechos: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (11, 4-5). Sí, ésta es su carta de presentación, éstas son sus credenciales, estos son los signos que verifican que es Él aquel de quien habló Isaías (26, 19; 35,5ss.; 61,1ss.).
Y termina diciendo: “Y dichoso aquel que no se escandalice de mí” (11,6). Es decir, aquel que no se sienta decepcionado por mi modo de actuar que, en definitiva, es el modo de actuar de Dios.
Siempre ha escandalizado el Dios de Jesús. Por eso nos empeñamos en tergiversar su figura añadiéndole notas de poder. Y, no… Jesús nos muestra el rostro de un Dios Padre que no se impone, que no pretende subyugarnos sino que lo que desea es que seamos felices y liberarnos de todo lo que nos impide vivir como auténticos seres humanos, llamados a vivir como hijos suyos y hermanos de todos…
Mateo, al presentarnos el desconcierto del Bautista, en realidad se dirige a nosotros e intenta aclarar nuestras dudas, invitándonos a reconocer en Jesús al enviado de Dios que nos indica el camino a seguir, un camino de compasión, cercanía y misericordia, que para muchos puede parecer debilidad pero que, en realidad, es lo que verdaderamente nos asemeja a Dios.