jueves, 24 de marzo de 2016

La Última Cena (2016)

Desde los inicios, los primeros cristianos repitieron los gestos y palabras de la Última Cena de Jesús, dándoles un profundo sentido. Lo esencial se descubre precisamente en los dos nombres que le dieron: eucaristía (acción de gracias a Dios) y fracción del pan (hospitalidad, compartir con los demás comensales). Con ello se pone de manifiesto la esencia del cristianismo: vivir la vida con un corazón agradecido, haciendo de todo ocasión de agradecimiento a Dios, fuente de todo bien... Y hacer del compartir un estilo de vida... Sí, vivir en acción de gracias (dimensión vertical) y compartiendo con los demás (dimensión horizontal) los beneficios que generosa y gratuitamente recibimos de Dios. Por eso no podemos separar culto y caridad, liturgia y compromiso... Ambos están presentes ya en la misma celebración eucarística y, ambos, son las dos dimensiones de la vida y el modo auténtico de dar culto a Dios... Darle gracias a Dios compartiendo con nuestros hermanos lo que somos, lo que tenemos... Y compartir, sencillamente, porque no es nuestro sino que todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido. Por eso san Juan, en lugar de la institución de la eucaristía, nos presenta el lavatorio de los pies.
En las palabras de la Última Cena, Jesús alude a la Nueva Alianza. El trasfondo bíblico lo encontramos en Ex 24, Jer 31,33 e Is 53,12. En el Sinaí, Yahveh había dicho: vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. Esto se concreta en la obediencia del pueblo a los mandatos del Señor. Toda la historia de Israel, sin embargo, es la historia de una desobediencia recurrente... En el destierro, cuando nada invita a la esperanza, Dios promete una nueva alianza con una ley escrita en el corazón... Quien sellará esta Alianza es Jesús, el siervo obediente, el que obedece hasta aceptar la muerte y una muerte de cruz, asumiendo así el papel del siervo de Isaías que, gracias precisamente a esa obediencia, trae la salvación a todo el pueblo... Lo que impresiona es que, lo que salva, no son los actos heroicos, sino la obediencia fiel, inquebrantable a Dios, en las circunstancias más duras de la vida... Una obediencia que consiste en vivir con entrega y amor lo que la vida trae... ¡Cuántas veces nos fabricamos entregas y sacrificios que nadie nos pide, tampoco Dios, y, en cambio, no asumimos y aceptamos lo que se nos ofrece y se nos pone delante...! Nos engañamos fabricándonos cruces, en vez de cargar con la que la vida nos pone sobre los hombros... Esta obediencia, así de radical y absoluta, solo la pudo realizar Dios mismo, Jesús, el Hijo de Dios encarnado... Él obedeció por nosotros y, gracias a su obediencia, el Padre ha sellado una Alianza eterna que ya nada ni nadie podrá romper...
Un aspecto esencial de las palabras de Jesús es la acción de gracias. Y, ¿por qué da gracias? ¿Existe acaso algún motivo para dar gracias cuando el horizonte inmediato es la traición, los ultrajes, la muerte? Esta acción de gracias refleja, una vez más, la confianza inquebrantable de Jesús en su Padre que lo libraría no de la muerte, sino del poder de la muerte que consiste, fundamentalmente, en romper nuestra comunión con Dios y con los demás. Jesús da gracias, una vez más, antes de que el Padre actúe, con la certeza de que lo hará... No sabe cómo, pero lo hará... Nosotros solemos dar gracias a posteriori, cuando hemos comprobado que la situación se ha resuelto. Jesús, en cambio, da las gracias antes de que suceda... Como cuando dio gracias antes de la multiplicación de los panes o antes de la resurrección de Lázaro... Dio gracias porque sabía que el Padre lo volvería a la vida, porque sabía que el mal no saldría vencedor... La eucaristía, por tanto, es una invitación a dar gracias a Dios no sólo por lo ya recibido, sino gracias por lo que aún estamos por recibir, gracias por la fidelidad de Dios en las situaciones difíciles, gracias porque sabemos que no estamos abandonados a nuestra suerte sino que el Padre nos librará siempre de las redes del mal y de la muerte, no evitándonos el sufrimiento ni padecer las consecuencias del pecado, sino fortaleciéndonos para mantenernos fieles cuando todos nos invita a claudicar... La vida se juega en esa confianza en Dios a toda prueba, más aún, cuando todo nos invita a la desconfianza...

martes, 22 de marzo de 2016

Contemplar al Crucificado

El inicio del cristianismo está en el impacto profundo que dejó en los discípulos de Jesús su pasión y su muerte. Lo que más les llamó la atención no fueron sus milagros ni su sabiduría; lo que los conmovió fue contemplar el modo como Él vive el final trágico de su vida… Y esto, en sí mismo, ya es significativo.
De la muerte de Jesús impresiona su crudeza, su rapidez (de la cena de despedida a su muerte en la cruz no pasan ni 24 horas)… Todo ocurre de prisa, como si siguiera fielmente un guión misterioso…
Lo que impresiona de su muerte no es la muerte en sí… ¡Cuántos a lo largo de la historia han muerto víctima de la injusticia, de modo cruento y violento…! Lo que impresiona es que, en ese crucificado, se nos está revelando el rostro de Dios… Y eso, realmente, mueve nuestros cimientos, echa por tierra todas nuestras imágenes de Dios, nos desconcierta… Ante el crucificado solo podemos caer de rodillas ante un Dios que es capaz de dejarse matar, de sufrir pacientemente la violencia más cruel, antes que responder con violencia; un Dios que se toma en serio nuestra libertad y que se expuso a ella, con todas sus consecuencias… O, darle la espalda, decepcionados pues, un Dios así, no nos sirve, no puede solucionar nuestros problemas, no puede resolver de manera mágica e instantánea tantas situaciones que nos escandalizan y que nos hacen sufrir… No, el crucificado no nos puede dejar indiferentes…
En su pasión, Jesús experimenta en su propia carne el misterio del pecado. No como algo abstracto, sino en el modo como actúa a través de los seres humanos, de nosotros… Jesús experimenta y padece la condición humana sin atajos, sin privilegios… Sufre la traición, la mentira, la injusticia… Es ultrajado, humillado, abandonado, torturado… Es víctima de la envidia, de la cobardía, del miedo… Padece en sí todo aquello que a nosotros tantas veces nos escandaliza… Nos quejamos de la injusticia, de la mentira, sin darnos cuenta de las veces en que nosotros mismos somos instrumento de injusticias, mentiras, envidias, cobardías…
Jesús no jugó a ser hombre. Vivir en este mundo es vivir en el imperio del pecado… Sí, en este mundo quien lleva las riendas es el pecado… Puede que muchos se escandalicen al leerme, pero es así… Ante la injusticia, la mentira, la violencia, la crueldad… estamos totalmente desamparados… No nos engañemos… Este mundo es así… Por debilidad, por cobardía, por miedo… es igual… Y Jesús, al encarnarse, asume el riesgo de venir a este mundo… Y ese riesgo lo pagó con su vida…
Pero si esto fuera todo, la venida de Jesús habría sido en vano. Lo único que habría conseguido es demostrarnos que, efectivamente, el mal y el pecado son los que vencen y parece ensañarse con el inocente, con el justo, con el que quiere vivir haciendo el bien… Pues, el que vive así, está desprotegido ante el mal, pues no lucha con sus mismas armas…
¿Qué es, entonces, lo que se nos revela en la cruz? ¿Qué contemplaron los discípulos que transformó absolutamente sus vidas?
Lo primero que salta a la vista es la inocencia de Dios respecto al mal de este mundo… Él no lo provoca, ni lo consiente, ni lo desea… Él lo padece… ¡Qué injusto es culpabilizar a Dios de los males que nos afligen…! Los únicos culpables somos nosotros mismos, los seres humanos, cuando nos dejamos conducir por el pecado y nos convertimos en sus instrumentos de injusticia, dolor y muerte en sus múltiples formas… En la cruz vemos a un Dios que se deja matar… Él sufre en su carne la terrible experiencia de que los hombres, sus criaturas, sus hijos, matamos… Y, ante esto, Él parece no reaccionar pues, para nosotros, hacerlo habría sido dar una demostración de poder y aniquilar a sus enemigos… Y Dios no es así… Dios es amor y no puede hacer otra cosa que amar, incluso a quienes lo llevan a la muerte, a quienes lo traicionan, a quienes lo abandonan… ¡Qué distantes estamos de este modo de ser de Dios!, nosotros, hechos a su imagen y semejanza…
En la cruz, por tanto, Dios no solo nos dice que es el amor absoluto, la inocencia absoluta, la no violencia absoluta… En la cruz Jesús nos dice cómo vivir en este mundo en el que impera la ley del pecado…
Nosotros nos escandalizamos ante el mal… Y cuando lo hacemos, aunque no nos demos cuenta, somos unos hipócritas… Nos quejamos cuando somos víctima de alguna injusticia (nos olvidamos, en cambio de las que nosotros cometemos)… Unos responden con la venganza, con la violencia, incluso desproporcionada, llamando a esto una respuesta justa, una legítima defensa… Otros, se aguantan, callan, pero internamente se rebelan, no lo aceptan y, en su interior, actúan con la misma violencia que los primeros. Y hay quienes, sencillamente, la padecen, convencidos de que no pueden hacer nada, asumiendo una actitud victimista, culpabilizando a los demás de todos sus males… ¡Qué lejos estamos de Dios…!
En la cruz, Jesús nos dice el único modo en que podemos vencer al mal. Sí, vencerlo, no solo padecerlo o caer en el engaño de luchar contra él con sus mismas armas… Al mal, al pecado en sus múltiples manifestaciones, solo se lo vence renunciando absolutamente a utilizar sus mismas armas… Como dice la Escritura “no resistáis al mal”, “devolved al mal con bien”. Responder al mal con mal es solo acrecentar la espiral de violencia, perpetuar el mal de generación en generación…
Esto puede parecer ingenuo, incluso inhumano… Esto no tiene nada que ver con renunciar a la lucha contra la injusticia. Jesús luchó contra los efectos del pecado. Pasó por la vida haciendo el bien, pero nunca entró en el juego del poder, de la venganza, de las medias verdades; renunció absolutamente al camino que le presentaba el maligno, tan bien dibujado en las tentaciones… Al mal solo se lo vence con amor. No un amor blandengue, un amor iluso; si no un amor que viene de Dios, que nos hace ver en el otro alguien que “no sabe lo que hace”, alguien que necesita ser liberado de las garras del maligno… Este mundo tendrá salvación solo cuando renunciemos a entrar en el juego del mal, cuando renunciemos a vengarnos, a “defendernos”, cuando apostemos por seguir confiando, esperando, amando… Solo el amor redime, solo un amor que es capaz de seguirnos amando cuando aparece la peor versión de nosotros mismos puede salvarnos y lograr sacar lo mejor de cada uno de nosotros…
Humanamente esto parece imposible… Jesús, el hijo de Dios encarnado, vino a decirnos que sí es posible, pero no apoyados en nuestras propias fuerzas, pues cuando somos atacados flaqueamos y respondemos no siempre de la mejor manera, sino apoyados firmemente en Dios. No en un Dios que nos librará del sufrimiento, del dolor, de la injusticia, si no un Dios que nos ayudará a no caer en las redes del Maligno, y a ser canales de amor, de bendición, de salvación… precisamente cuando todos nos invita a rebelarnos, a desconfiar…
La cruz nos habla de maldad, de muerte…, de hasta dónde somos capaces de llegar los hombres… Pero, sobre todo, la cruz nos habla de hasta dónde es capaz de llegar Dios, de hasta dónde es capaz de amarnos… y nos señala el camino, su camino…
En este mundo solo hay dos caminos; no nos engañemos… O el camino de Jesús, el que pasó haciendo el bien, liberando de toda enfermedad y dolencia; el que sufrió y padeció la injusticia, el que fue víctima del pecado de los hombres; el que murió con los brazos abiertos, amando, perdonando, renunciando a toda venganza o autodefensa. O el camino del pecado, que nos envuelve y nos seduce con sus vanas razones… La injusticia nunca se vencerá eliminando a nuestros verdugos ni la violencia con violencia… O detenemos la espiral del mal o alimentamos esta espiral hasta hacer de este mundo un lugar irrespirable…

Contemplemos al crucificado… Veamos en Él las consecuencias de nuestro pecado… Veamos hasta donde somos capaces de llegar si nos dejamos seducir por la tentación de “defender nuestros derechos”, de eliminar a quien nos estorba, de responder al mal con mal… Contemplemos al crucificado y penetremos en el corazón de Dios, en su manera de enfrentar el mal, en su amor incondicional… Contemplemos sus brazos abiertos, totalmente desprotegido e indefenso… Su corazón traspasado… Su invitación a dejarnos amar y a seguir sus pasos, siendo su corazón, su compasión, su misericordia en este mundo en el que impera el pecado y al que solo lo venceremos con las armas de Dios…

sábado, 14 de abril de 2012

Tiempo Pascual

El domingo de resurrección, hace ya casi 8 días, hemos dado inicio al Tiempo Pascual.
Ya hemos dicho en ocasiones anteriores que el acontecimiento central del cristianismo es precisamente la Resurrección. Tanto es así, que san Pablo llega a decir que si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe no tendría ningún sentido…
El primer gran anuncio fue éste: “Jesús, el crucificado, al que vosotros matasteis, ha resucitado”… El Padre lo ha rescatado del poder de la muerte y vive en medio de nosotros para siempre… Todo nace aquí, todo empieza aquí…
La Pascua es la más antigua y la más grande de las fiestas cristianas; su celebración en la Vigilia Pascual constituye el corazón del año litúrgico. Todo lo demás, se articula desde allí: la Cuaresma (para prepararnos a este acontecimiento), todo el Tiempo Pascual (para celebrarlo durante 50 días). La misma fiesta de la Navidad es posterior… De hecho, es de todos sabido que lo primero que se escribió fue la Pasión-Muerte-Resurrección de Jesús… Luego, se vio la necesidad de narrar lo correspondiente a su Vida Pública, que es lo que de algún modo “explica” lo sucedido al final de su vida… Y, por último, se compusieron los relatos de la Infancia…
El Tiempo Pascual inicia, por tanto, el domingo de Resurrección y culmina, 50 días después, con la fiesta de Pentecostés. Esta fiesta viene precedida por la celebración de la Ascensión del Señor, que Lucas sitúa 40 días después de la Pascua.
Como toda gran fiesta que se precie, la Pascua del Señor tiene su “octava”. Es decir, los ocho primeros días del Tiempo Pascual se celebran con gran solemnidad, como si fuera el mismo domingo de Pascua alargado 8 días seguidos…
Los domingos de este tiempo son particularmente importantes. Son considerados y llamados “domingos de Pascua” y tienen precedencia sobre cualquier fiesta del Señor y cualquier solemnidad. Tanto es así, que las solemnidades que coinciden con estos domingos se trasladan al lunes siguiente.
Que todo este tiempo que iniciamos, nos ayude a profundizar en lo que es el núcleo de nuestra fe: ¡Cristo vive!... Y, si está conmigo, ¿qué puedo temer? ¡Atrevámonos a vivir como Él vivió…! Sólo una vida así merece llamarse vida y camina hacia la Vida…

sábado, 7 de abril de 2012

La Vigilia Pascual

La celebración de la Vigilia Pascual no es sólo la celebración más importantes de todo el año litúrgico, sino que es, además, una de las Liturgias más hermosas… Todo se orienta hacia ella y en ella encuentra su plenitud… En la Vigilia la Iglesia conmemora la victoria de Jesús sobre la muerte… En la Vigilia celebramos la gran intervención de Dios en la historia, cuyo poder se manifiesta en dar la vida en plenitud a su Hijo Jesús… Su poder no lo liberó de la muerte, esto habría sido no tomarse en serio el ser hombre de verdad… El poder de Dios nos libera no de los avatares de la existencia sino de la nada, del sinsentido, para conducirnos a la plenitud de la vida, plenitud que sólo se encuentra junto a Él… Participar en la Vigilia es unirnos a la alegría de Jesús que vuelve a la casa del Padre; es sentirlo vivo, presente en medio de nosotros; es aprender a vivir ya aquí y ahora, como resucitados, pues participamos de la misma vida de Dios que no está bajo el poder de la muerte.
A lo largo de 40 días nos hemos ido preparando para este momento… Y es tal su densidad, que necesitaremos celebrar esta fiesta durante 50 días seguidos (hasta Pentecostés), que es lo que llamamos Tiempo Pascual.
La Vigilia Pascual está articulada en cuatro momentos:
La celebración empieza con el Rito de la Luz. El templo está a oscuras. En el exterior, se bendice el fuego. De ese fuego se enciende el Cirio Pascual, una enorme vela que simboliza a Cristo, luz para el mundo, que ilumina las tinieblas que nos envuelven. Acto seguido, los fieles encienden sus velas de la llama del Cirio, participando de su misma luz que nos convierte, también a nosotros, en luz del mundo. Llegados al presbiterio, se coloca en un lugar bien visible, se encienden todas las luces del templo y se canta el Pregón Pascual, antiguo himno que es una explosión de alegría que proclama la gloria de la Resurrección de Cristo.
Luego continúa con la Liturgia de la Palabra, en la que se leen siete relatos del Antiguo Testamento que recogen lo esencial de la Historia de la Salvación, intercalados con salmos y oraciones. Tras estos se entona el Gloria que no se había cantado desde que empezó la Cuaresma y se repican las campanas. Después se lee un fragmento de una carta apostólica del Nuevo Testamento. Tras esta lectura se entona de manera solemne el Aleluya, y se procede a leer el Evangelio correspondiente.
Tras la homilía tiene lugar la Liturgia Bautismal. En muchos casos es en este momento cuando se administra el Bautismo a los nuevos cristianos de ese año. Se bendice el agua de la pila bautismal, se cantan las Letanías de los Santos y se renuevan las promesas bautismales, tomando de nuevo la luz del cirio pascual, y se los asperja con agua bendita.
Finalmente, se continúa la Misa con la Liturgia Eucarística de la manera acostumbrada. La eucaristía, como siempre termina con el envió a la misión, que en este día es solemnizado por el doble aleluya que se añade.
Ojalá os animéis a participar de esta celebración y que experimentemos todos la presencia de Cristo Resucitado.

domingo, 1 de abril de 2012

Domingo de Ramos

Con el Domingo de Ramos damos inicio a la Semana Santa. Sin embargo, es importante recordar que seguimos en tiempo de Cuaresma…
Este día, la liturgia celebra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. No se trata de una entrada “triunfalista”, la del vencedor que impone su poder o subyuga con su fuerza, sino de la llegada a la “meta”…
Jesús, desde su encarnación, ha emprendido un camino que culminará en Jerusalén, con la entrega de su vida. Lo que va a ocurrir estos días no es fruto de la casualidad ni Jesús será mera víctima de los poderes que dominan este mundo… No, lo que Jesús va a vivir tiene en gran parte su explicación en una opción del Padre que Jesús ha hecho suya, demostrar su amor a la humanidad, un amor que no se echa para atrás en el momento de la dificultad, la incomprensión, la injusticia o la traición…
La liturgia de hoy nos presenta, a la vez, las dos caras de los acontecimientos que estamos celebrando: su lado “glorioso” (que es una anticipación de la Resurrección) y su lado “doloroso” (no hay Resurrección sin muerte). Por este motivo, la liturgia está claramente dividida en dos partes: la entrada de Jesús en Jerusalén y la lectura de la Pasión.
La procesión y la aclamación que precede a la celebración eucarística no sólo recuerda a los habitantes de Jerusalén que recibieron a Jesús como el Hijo de David, el Mesías esperado. Con este gesto queremos anunciar la victoria del Señor sobre el pecado y la muerte. Es decir, es una auténtica profesión de fe. Por eso, las palmas y los ramos, más que objetos benditos que muchos conservan con devoción, son para aclamar al Señor. De hecho la bendición de los ramos es secundaria en relación a la procesión.
El modo en que Jesús hace su entrada en Jerusalén, refleja claramente el estilo de actuación que lo ha acompañado durante toda su vida y que nos invita a hacer nuestro. Jesús entra montado en un burro. Los evangelistas ven en este gesto a Jesús como el Rey de paz anunciado por el profeta Zacarías (9, 9-19). Un rey manso y humilde, que no viene a atropellar a nadie sino a sanar y a anunciar el amor incondicional de Dios a cada uno de nosotros; un Dios que no exige nada sino que va a dar su propia vida. Realmente esta imagen nos descoloca, pues seguimos pensando en un Dios Todopoderoso que solucione nuestros problemas y los del mundo a golpe de varita mágica o de actuaciones espectaculares… Y, no, la única “arma” de Dios es su amor… Por eso, el gesto de realizar una procesión “detrás de Jesús”, expresa nuestro compromiso de seguir a Jesús haciendo nuestro su estilo en nuestra vida de cada día.
A la procesión sigue inmediatamente la eucaristía. Del aspecto glorioso de los Ramos pasamos al doloroso de la Pasión (por eso algunos también llaman a este día el Domingo de Pasión). Como evangelio se lee la pasión entera, según una de las versiones de los Sinópticos (la de Juan se lee siempre en el Viernes Santo). De este modo, se nos anticipa lo que vamos a vivir en los días sucesivos.
No olvidemos que Jesús fue condenado a muerte injustamente, fue torturado, denigrado, abandonado, traicionado. Asistimos a hechos espeluznantes y vergonzosos para toda la humanidad… Y, a la vez, asistimos a la entrega amorosa de un Dios que nos ama sin medida… que prefiere “dejarse matar” a imponer su fuerza y su poder… Y “dejarse matar” no por masoquismo o victimismo, sino porque Dios es amor y ni siquiera en los momentos más extremos puede dejar de amar.
Os invito a participar en esta celebración con fe, entusiasmo y profundo respeto y agradecimiento. Y que ello nos prepare a vivir en profundidad, incluso en medio de nuestras merecidas vacaciones, el acontecimiento más decisivo de toda la humanidad.

jueves, 8 de marzo de 2012

IV Domingo de Cuaresma (Ciclo B): “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo” (Jn 3, 14-21)

Entramos ya en la cuarta semana de Cuaresma; por tanto, estamos ya a mitad de camino hacia la Pascua.
El evangelio que se nos propone para el día de hoy, aunque se breve, es muy rico en significado.
Empieza con una imagen que para nosotros puede resultar extraña pero que era muy evidente para los judíos: “Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”. Con ello alude al episodio narrado en el libro de los Números, c. 24. La situación es la siguiente: Como consecuencia de sus permanentes murmuraciones contra Dios y Moisés, el pueblo es atacado por serpientes, cuyas mordeduras son mortales. Para salvarlo de la muerte segura, Dios manda a Moisés colocar una serpiente en un estandarte, de modo que quienes miraran hacia allí, fueran sanados. El mensaje es claro: La humanidad, nosotros, sufrimos también permanentemente la mordedura de serpientes, es decir, los ataques del mal (recordemos el texto de Gen 1), y estos ataques suelen ser mortales, pues nos separan de Dios, que es la fuente de la vida, y del amor a los hermanos, condenándonos al egoísmo, la soledad, el aislamiento y toda una serie de actitudes defensivas y destructivas… Pero se nos propone una “medicina”: Jesús. Jesús nos viene propuesto por Juan con el gran médico, la medicina al más profundo de nuestros males, ese profundo malestar interior. Pero para que actúe como tal, debe ser acogido y debemos adherirnos a Él, a su mensaje, a su persona, a todo lo que Él nos ofrece y nos propone…
¡Cuántas veces buscamos médicos para nuestras almas, pero que no nos terminan de curar pues no atacan la raíz del mal que nos va “matando”, quitando vida, poco a poco!
Pero, el texto no termina ahí, sino que a continuación se nos dice: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.” ¡Qué imagen más maravillosa de Dios! Dios es alguien que nos mira con amor, con cariño, que contempla este mundo roto que a veces parece que camina hacia la autodestrucción y nos da como regalo a Jesús, su Hijo para que, por Él, volvamos a conectar con la fuente de la vida…
Sí, amigos, Dios no quiere nuestra muerte, nuestro mal, nuestra autodestrucción; Dios quiere regalarnos la vida en plenitud, pero esa vida es un don, un regalo que debe ser acogido… Una vez más, para recibir Su Vida, debemos acoger la propuesta de Jesús y adherirnos a su persona y a su mensaje…
Pero el texto profundiza en esta idea, y dice: “Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él.” ¡Qué distinto a esas imágenes de Dios que a veces circulan por allí! La de un Dios Juez, la de un Dios de “aquí te pillo, aquí te mato”, un Dios “Gran Hermano”, pendiente de nuestros fallos para condenarnos… Y, no, Dios sólo busca salvar… Dios quiere mi vida, no mi muerte… Dios quiere ayudarme a salir de tantas situaciones y posturas mías que me conducen a la soledad, al aislamiento, al egoísmo, a la muerte ya en vida… Por eso me ofrece a Jesús como Camino, como Verdad que me conduce a la Vida… Pero, una vez más, esto no sucede de manera mágica, sino que requiere de mi adhesión, de mi acogida a ese don y a esa vida que se me ofrece…
Llevamos ya tres semanas preparándonos para la Pascua, para vivir con intensidad esa vida de Jesús entregada en la Cruz y que se ha convertido para nosotros en fuente y manantial de vida… Acojamos esa vida que se nos ofrece y hagamos nuestro el mensaje de Jesús, un mensaje que nos invita a comprometernos en la construcción de un mundo donde todos nos sintamos hijos de Dios (¡no huérfanos!) y vivamos como hermanos.

sábado, 3 de marzo de 2012

II Domingo de Cuaresma (Ciclo B): “Éste es mi Hijo amado: Escuchadle” (Mc 9, 2-11)

Este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta como lectura del evangelio de la eucaristía, el texto conocido como la Transfiguración de Jesús, en la versión de Marcos (9, 2-11).
Siempre, para entender un texto, tenemos que conocer su contexto.
La Trasfiguración está en la segunda parte del evangelio de Marcos, inmediatamente después del primer anuncio de la pasión, cuando Pedro se ha opuesto al camino de sufrimiento de Jesús (Mc 8,31-33), y de que Jesús ha hablado abiertamente, diciendo: “Quien quiera venir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34-38), y poco antes del segundo anuncio de la pasión (Mc 9, 30-32). Esto, como es de esperar, no es casual. Nos viene a decir que el que anuncia que su vida tendrá un final violento y que será juzgado como malhechor, blasfemo, etc., es el mismo que tiene una relación especial con Dios.. ¡Vamos, que el ser Hijo de Dios no lo va a eximir de una vida de sufrimiento, persecución, malos entendidos, etc.! Sólo esto ya es una lección para nosotros, que creemos que, por creer en Dios, Él nos tiene que librar de toda suerte de males…
Pero, bueno, vamos despacio.
Después de que Jesús ha dejado a sus discípulos desconcertados con su primer anuncio de la pasión, toma aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, y subió con ellos a un monte alto… Al parecer, tomó consigo a estos tres no porque fueran unos privilegiados, sino porque eran los más “duros de mollera”, a los que más les costaba entender el mensaje de Jesús, y Jesús tuvo que emplearse a fondo con ellos… Pero no les da discursos, no, los sube con Él a lo alto de la montaña, es decir, a un encuentro con Dios…
Recordemos que la montaña recuerda al Sinaí, donde Moisés hablaba con Dios como un amigo habla con otro amigo… Y allí, ¡Jesús aparece radiante! (es el significado de las vestiduras blancas resplandecientes), es decir, se muestra ante ellos en su más íntima esencia, en su identidad de Hijo de Dios, habitualmente velada por su humanidad… Sí, la transfiguración es la experiencia de descubrir a Jesús no como un mero hombre, ni siquiera como un gran hombre, un profeta o un hombre de Dios, sino como lo que es realmente, el Hijo de Dios. Y, seguramente, más de uno de nosotros hemos tenido ya esa experiencia… Porque, si no, aún no conocemos realmente quién es Jesús.
A continuación, aparecen Moisés y Elías conversando con Jesús. Ambos representan todo el Antiguo Testamento. La interpretación más usual es que esta escena pone de manifiesto que todo el Antiguo Testamento se orienta hacia Jesús, en quien tiene su pleno cumplimiento. Por eso el Padre dirá más adelante, refiriéndose a Jesús: “¡Éste es mi Hijo amado, escuchadle”! Ya no se trata de escuchar lo que hasta entonces habían dicho las Escrituras, sino de escuchar a Jesús, Palabra de Dios hecha hombre, humanidad…
La invitación, por tanto, de este segundo domingo de Cuaresma, es a ponernos a la escucha de Jesús, descubriendo en Él el Camino que nos conduce al Padre, la Verdad que nos revela quién es Dios realmente y la Vida en plenitud… Que no seamos como Pedro que lo primero que se le ocurre es plantar tres tiendas (¡no ha entendido nada!) sino como María, la que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica.