domingo, 6 de enero de 2019

Sigamos su estrella. (Mt 2, 1-12)


6 de enero… Hoy es el día de la Epifanía del Señor, el día en que celebramos su manifestación a los gentiles… Y cuando decimos “gentiles”, no queremos decir necesariamente “no creyentes” sino personas que aún no conocen a Jesús…; y no pocas veces somos los que nos confesamos creyentes quienes no lo conocemos…
Los Magos representan a esas personas que buscan… que buscan algo más… que no están satisfechas con lo que ya saben o conocen… que saben que aún les queda mucho por descubrir… que buscan algo que de verdad dé sentido a sus vidas… No buscan riquezas, ya las poseen… No buscan más conocimientos, ya los tienen… Buscan esa sabiduría profunda que solo se halla cuando tenemos un encuentro personal con Dios, sabiduría infinita, vida plena, amor desbordante…
Y porque buscan, porque su corazón está inquieto, descubren aquella estrella… Cuando buscamos, siempre aparecen estrellas en nuestro camino, pequeñas chispas, luces, inspiraciones… algo que nos permite atisbar una pista en el camino que puede dar respuesta a nuestras preguntas existenciales… Y, entonces, deciden seguirla… Es ahí cuando verdaderamente comienza la historia, cuando nos decidimos a seguir aquellas pequeñas luces e inspiraciones y nos ponemos en camino, cuando nos atrevemos a seguirla, aunque no sepamos dónde nos va a conducir…
La tradición nos dice que aquellos magos eran tres… La búsqueda no se realiza en solitario, el camino es más fácil cuando es compartido con otros buscadores, con otras personas que comparten nuestras mismas inquietudes… Juntos es más fácil superar las dificultades, los desalientos que, sin duda, se dan en nuestro caminar…
Llega un momento en que aquella estrella se detiene en Jerusalén… la ciudad santa… Eso les permite conocer a aquellos que eran capaces de descifrar el mensaje de la estrella, pues conocían las profecías… Meditar sobre esto me produce tristeza y me inquieta… Aquellos sacerdotes sabían mucho sobre Dios, pero no lo conocían realmente… Su fe no alentaba su vida, no calentaba su corazón, no los ponía en camino ni en búsqueda… Su fe les daba seguridad, la seguridad de lo ya sabido… Sin embargo, aún así, eran capaces de conducir a otros… ¡Qué gran misterio! Dios puede servirse de nosotros para iluminar a los demás a pesar de nuestras propias oscuridades… Y aquellos judíos, les señalan el camino… Debemos ser agradecidos con todos aquellos que, pese a sus limitaciones, nos han conducido hacia Jesús…
Pero no quedan seducidos por aquella sabiduría de las escrituras, y aquellos magos continúan su camino… La estrella vuelve a lucir en el firmamento y se detiene en Belén, sobre una pobre gruta en la que han hallado cobijo un matrimonio y su hijo recién nacido… Y aquellos sabios, no se dejan engañar por las apariencias… Porque, ¿acaso en medio de tanta carencia pueden encontrar aquello que están buscando? ¿Pueda una cueva de animales albergar la sabiduría? Trascienden las apariencias porque se dejan guiar por la estrella, por su corazón, por aquella luz que brilla con fuerza en su interior y les permite ir más allá… Y aquellos magos, aquellos sabios, aquellos reyes, se postran ante Jesús…, reconocen en aquel niño la sabiduría infinita, el amor desbordante, a Dios hecho visible ante ellos… Y ante Él, solo cabe postrarse y adorarlo, reconocerlo como nuestro centro, nuestro Señor, nuestro Salvador…
Y le ofrecen oro –sus bienes, lo que tienen–, incienso –su oración, su entrega–, y mirra –su fragilidad, su pequeñez–… Lo que son y lo que tienen…
Qué hermoso relato…  Cuán lleno de sabiduría… Y qué sencillo y clarividente…
Atrevámonos a seguir las estrellas que Dios pone en nuestro camino, nuestros sueños, nuestras intuiciones, nuestras búsquedas… Pongámonos en camino junto a otros peregrinos, junto a otros buscadores de infinito, de Dios… Preguntemos a los “sabios y entendidos”, pero no nos quedemos enganchados a ellos ni decepcionados por sus debilidades e incoherencias… Continuemos siguiendo su estrella… Sin duda, Dios nos conducirá ante Él… Y no nos dejemos engañar por las apariencias… En lo sencillo, en lo frágil, en lo que con tanta facilidad descartamos se pueden esconder los tesoros más preciosos… Y ofrezcámosle nuestra vida: nuestros dones, nuestros bienes (oro); nuestra oración, nuestras búsquedas (incienso) y nuestra fragilidad (mirra)… Él lo recibirá todo agradecido y, a cambio, se nos dará a sí mismo… ¿Acaso no ves cómo te sonríe?
¡Feliz día de Reyes…!

lunes, 28 de mayo de 2018

¿"Ser o tener" o "Ser para tener"? (Mc 10, 17-27)

“Ser o tener”. Es una de las disyuntivas más conocidas. Pero, ¿por qué se presenta como algo antagónico?
En primer lugar, es importante señalar que tener no es algo negativo. Lo que está en juego es sobre qué construimos nuestra identidad más profunda, nuestro valor como personas, ¿a partir de lo que somos o a partir de lo que tenemos? Y, sin duda, muchas veces se nos hace creer que valemos de acuerdo a lo que tenemos y, de hecho, solemos ser considerados “importantes” de acuerdo a lo que aparentamos. Es en este sentido donde se nos previene de este engaño. No, la persona, yo, soy más de lo que tengo; no se “mide” mi valor por mi cuenta corriente, mis títulos, mis… Y cuando se descubre esto, se produce una profunda liberación interior y es entonces cuando empezamos a trabajar no solo por tener, sino, sobre todo, por ser… Por ser yo mismo, por vivir de acuerdo a mis valores, a mis creencias, sin necesidad de aparentar ni de ponerme tacones o maquillaje. Por eso, más que contraponer “ser o tener”, se trata de priorizar el ser al tener. Solo desde el ser, el tener alcanza su verdadero sentido.
Hoy el evangelio nos propone otra disyuntiva: tener o dar. Jesús es abordado por un joven que tenía muchas riquezas… pero que siente que le falta algo más… Todo su ser se ha elaborado desde ahí, desde lo que posee, desde lo que hace, desde lo que ha conseguido… Pero eso no llena su vacío interior, pues nuestras búsquedas de sentido no se sacian con lo que hacemos o acumulamos. Y para responder a esa búsqueda, Jesús le propone algo que lo descoloca totalmente: “anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres”.
San Francisco de Asís se tomó muy en serio esa invitación y, efectivamente, lo dejó todo. ¿Y nosotros? No todos estamos llamados a vivir con esa radicalidad. ¿Entonces? Lo que Jesús nos quiere ayudar a descubrir es que hay más felicidad en dar que en recibir, que estamos hechos para compartir, no para acumular. Es decir, no estamos ante todo o nada, tener o no tener. Estamos ante el sentido del tener, de modo que no caigamos en la perniciosa dinámica del acumular sino en la gozosa experiencia de compartir, de dar, de entregarnos…

domingo, 8 de abril de 2018

II Domingo de Pascua (Ciclo B): Aparición a Tomás (Jn 20, 19-31)


La tarde de aquel día, el primero de la semana, cuando estaban cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, por temor a los judíos, vino Jesús, se puso en medio y les dijo: "¡La paz sea con vosotros!" Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo nuevamente: "¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió, así os envío yo".
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A aquellos a quienes les perdonéis los pecados, serán perdonados; a aquellos a quienes no les perdonéis, no serán perdonados». Tomás, uno de los Doce, llamado “el Mellizo”, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!" Pero él les dijo: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no pongo mi dedo en la herida del costado, no lo creo". [...] .
Ocho días después, vino Jesús, estando las puertas cerradas. Me consuela pensar que, aunque encuentra la puerta cerrada, no se va, sino que mantiene su dulce e implacable asedio. Ocho días después todavía está allí: el que fue abandonado regresa a los que lo abandonaron; el que fue traicionado, regresa a quienes lo entregaron a sus enemigos. Jesús vino y se quedó en medio de ellos. Sus apariciones no tienen el signo del reproche.
El Resucitado no se preocupa de sí mismo, sino del llanto de la Magdalena, de las mujeres que van, incluso corren para perfumar su cuerpo destrozado, del miedo de los apóstoles, de las dificultades de Tomás, de las redes vacías de sus amigos cuando regresan al lago donde todo comenzó. ¡Todavía tiene ese delantal en su cintura! Él no viene a pedir, viene a ayudar. Por eso es inconfundible.
-Paz a vosotros”. No es la expresión de un deseo, sino una declaración: hay paz para vosotros, hay paz dentro de vosotros, una paz que irá creciendo. Dijo: Shalom, una palabra bíblica que expresa mucho más que el simple fin de las guerras o la violencia; trae la fuerza de los rectos corazón en medio de las persecuciones, la serenidad de los justos en medio y contra las injusticias, una vida apasionada en medio de vidas apagadas, plenitud y florecimiento.
“Sopló y dijo: recibe el Espíritu Santo”. Sobre aquel puñado de criaturas, cerrado y temeroso, descendió el viento de los orígenes, el viento que soplaba sobre el abismo, el  sutil viento del Horeb que percibió el profeta Elías, aquel que va sacude las puertas cerradas del Cenáculo: “¡he aquí, yo os envío!” Los envía así como son, frágiles y lentos, pero investidos con su fuerza, la fuerza de su espíritu; sopla sobre ellos, los fuertes vientos de la vida, que henchirá sus velas y las llenará de Dios.
“Tomás, mete tu dedo aquí, en el agujero de mis manos, extiende tu mano, ¡toca!” Jesús resucitado no trae nada más que las heridas del crucificado, nos trae el oro de las heridas que nos han sanado. En las heridas hay el oro del amor. Las heridas son sagradas. Dios está en ellas como una gota de oro. Jesús no se escandaliza de las dudas de Tomás, no le reprocha su dificultad para creer, sino que, una vez más, se acerca y tiende aquellas manos donde el amor escribió su historia de oro. Y este gesto es suficiente para Tomás.
Quien extiende su mano, quien no te juzga sino que te anima y te ofrece una mano donde descansar y recobrar el valor, es Jesús. ¡No te puedes equivocar! “¡Bienaventurados los que crean sin haber visto!” Es una felicidad que siento mía, que es fácil y es para todos, para los que luchan, para los que caminan a tientas, para los que no ven, para los que comienzan de nuevo. Para nosotros, que cada ocho días, seguimos reuniéndonos en su nombre, después de miles de años; Bienaventurados los que "lo amamos sin haberlo visto" (1 Pedro 1, 8).
Ermes Ronchi
www.retesicomoro.it

lunes, 19 de febrero de 2018

El camino más corto hacia Dios es el camino que nos lleva hacia el hermano.

La #Cuaresma es un tiempo dedicado en gran medida a nuestra conversión, a retomar el camino que muchas veces, sin darnos cuenta, hemos perdido. Por un lado, se trata de retornar a casa, bonita expresión para decir que retornamos a Dios, que es nuestra fuente, nuestro origen, quien sostiene nuestra existencia, pero no se trata de un retorno meramente “religioso”. Se trata de volver también a nuestros hermanos… Vivimos tan de prisa, con tantas cosas entre manos y en nuestra cabeza, que a veces se nos olvida “vivir”… Y vivir es ir por la vida con los ojos abiertos, disfrutando de las pequeñas cosas que se nos ofrecen, de las personas que nos rodean y que nos necesitan… Y, curiosamente, vivir así, nos ayuda también a redescubrir a Dios presente en nuestra vida. Porque, no lo olvidemos, la espiritualidad y el servicio van de la mano, el amor a Dios y a los demás, no pueden separarse.
Hoy Jesús en el evangelio es sumamente claro: Cada vez que distes de comer, de beber, que vestisteis o visitasteis a alguien que lo necesitaba, a mí me lo hicisteis (Mt 25).
Sí, el camino más corto hacia Dios es el camino que nos lleva al hermano. Vivamos el día sirviendo. No hace falta hacer grandes cosas. Basta estar atentos a lo que los demás pueden necesitar y dar esas pequeñas respuestas que incluso pasan desapercibidas… Y, al hacerlo, cae en la cuenta de que, con esos gestos, estás sirviendo al mismo tiempo a Dios pues, en lo profundo, todos somos UNO. 

viernes, 16 de febrero de 2018

¿Tiene sentido hoy el ayuno?

Es curioso… Mientras en algunos sectores de la Iglesia ha perdido sentido el ejercicio (que no la mera práctica) del ayuno, en otros ámbitos –y no precisamente religiosos–, no solo tiene gran vigencia sino que se ha puesto de “moda”.
Todas las tradiciones religiosas incluyen la importancia del ayuno como una práctica ascética que nos ayuda en nuestro camino espiritual. Lamentablemente, todo lo que suena a “ascesis” despierta un cierto rechazo o se considera sencillamente anacrónico. Sin embargo, la ascesis alude a la necesidad de ejercitarnos, y quién puede dudar que todos necesitamos hacer ejercicio si queremos llegar a dominar una habilidad y, además, se requiere constancia, disciplina.
Muchos estudios han puesto de relieve los beneficios del ayuno. Hay quienes lo practican de manera habitual al menos una vez por semana –y esto sin una motivación religiosa sino meramente por salud–; privarnos de algunos alimentos purifica el organismo. Sin embargo, cuando las tradiciones espirituales han introducido el ayuno, lo que pretenden es algo mucho más profundo. Sin duda hay un tema de salud, de necesidad de purificar nuestro cuerpo, de cuidarlo (no de mortificarlo). Pero también tiene otros sentidos. Tiene un sentido solidario: muchos se privan de algo para compartirlo con otro (el dinero que no me gasto en tomar un café o fumarme un cigarrillo, lo dono a una buena causa o lo doy como limosna a alguien que lo necesite). Puede ser también un intento de empatizar –aunque no lo consigamos del todo– con la situación a la que están sometidas tantas personas en nuestro mundo y que pasan hambre (para nosotros es muy difícil tener verdaderamente esa experiencia), no por sentimentalismo, sino como una toma de consciencia que nos mueva a hacer algo. Y, en tercer lugar (que no en último), nos puede ayudar a recuperar el verdadero sentido de las cosas. Volver a tomar consciencia de que no solo de pan vive el hombre, sino que necesitamos alimentarnos de la Palabra de Dios, de la eucaristía, alimentar el espíritu; que las cosas son un regalo, no un mero objeto de consumo; que soy yo quien debo tener el control sobre ellas, no ellas sobre mí (aprender a dominar nuestros apetitos, nuestros deseos compulsivos, nuestras dependencias y adicciones a objetos, personas, emociones)…
Hoy es viernes de #Cuaresma; por tanto, día de ayuno. Por eso viene bien preguntarnos:
  • ¿De qué debería ayunar hoy?, ¿de qué debería privarme?...
  • ¿Qué sentido le quiero dar? ¿Un sentido solidario? ¿Un sentido religioso? ¿Ambos…?
Y, recuerda. Ayunamos no para mortificarnos, sino para recuperar la libertad, para dejar espacio a Dios, a los demás…

jueves, 15 de febrero de 2018

Nuestra ingenua pretensión de control

De una u otra manera, todos pretendemos tener las cosas bajo control: nuestras finanzas, nuestros hijos, nuestra pareja, nuestro futuro, nuestros sentimientos. Hacemos planes, establecemos metas, previsiones y, sí, está bien… pero…, la experiencia nos da que hay muchas cosas que escapan a nuestro afán de tenerlo todo controlado… una enfermedad, un accidente, una muerte, un despido, una repentina caída de la bolsa… Y esto, generalmente, nos genera mucho estrés.
Sin embargo, estas experiencias vitales de pérdida de control, pueden ser una oportunidad para caer en la cuenta de que la vida fluye y que, como el agua de un río, hay que dejarla fluir… Y que igual que es imposible atrapar el agua del océano en nuestras manos, es imposible querer controlarlo todo pues, al pretender hacerlo, no pocas veces lo terminamos ahogando…
La vida está llena de paradojas, cosas que escapan a nuestro control. Hay que prever y, al mismo tiempo, ser flexibles. El secreto está en alimentar en nosotros un profundo sentimiento de confianza vital: sí, estamos en buenas manos, hay Alguien, un Padre amoroso, que cuida de nosotros… Cuando experimentamos esto, ya no tenemos tanto miedo a dejar que las cosas, que la vida, que las situaciones fluyan.
Hoy Jesús en el evangelio nos dice que el que quiera salvar su vida la perderá (Lc 9,22-25); por eso, no debemos estar obsesionados por salvar todas las situaciones y mantenernos siempre en un entorno seguro, controlado. Y nos propone como alternativa ir en pos de Él. Sí, seguir a Jesús, hacer nuestros los valores que nos propone el evangelio. Entonces nos daremos cuenta de que en cada coyuntura, en cada encrucijada de la vida, Él nos mostrará el camino.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Hoy puede empezar a cambiar mi vida

Hoy es Miércoles de Ceniza y, con él, empieza la Cuaresma, el tiempo de preparación para la Pascua, el tiempo de la resurrección, del Espíritu, de la vida…
La Cuaresma es un periodo largo (46 días; 40 si quitamos los domingos), que nos brinda la oportunidad de “convertirnos”; es decir, de pararnos a pensar dónde estamos, hacia dónde vamos, de modo que podamos corregir el rumbo y orientar nuestra vida en la dirección correcta y, para ello, el evangelio actúa muy bien como brújula pues nos ayuda a recuperar nuestra conexión con Dios y con nuestros hermanos.
La Cuaresma, además, dada su duración, es también una buena oportunidad para adquirir nuevos hábitos, más sanos y mejor alineados con nuestros valores. Curiosamente, para crear nuevos hábitos se necesitan entre 21 y 66 días, con lo cual, estos 40-46 días, vienen a ser la media del tiempo necesario, así que, ¿por qué no aprovecharlos?
Para ello os propongo lo siguiente:
  1. Piensa QUÉ te conviene hacer o dejar de hacer en orden a esta “conversión” tan necesaria que llevas tiempo posponiendo: dedicar más tiempo a la oración, a mi familia, a leer el evangelio, a algún voluntariado… O, dejar de enfadarme por pequeñeces, no empeñarme en tener siempre la razón…
  2. Pregúntate “PARA QUÉ” lo quieres hacer; es decir, qué es lo que realmente quieres conseguir con ello. Puede ser mejorar mi conexión con Dios, con mi centro; mejor mis relaciones personales…
  3. Agéndalo, dale un tiempo concreto: marca CUÁNDO lo vas a hacer.
  4. Empieza HOY. No caigas en el autoengaño del “mañana empiezo”.
  5. Ponle PASIÓN, ganas. Imagínate como si ya lo hubieras conseguido. Experimenta el bienestar, la satisfacción que te produce.
  6. Y sé CONSTANTE. Los hábitos se adquieren con la práctica diaria y, no seamos ingenuos, cuesta, sobre todo al principio. Por eso son tan importantes los pasos anteriores.
¡Buena Cuaresma!