domingo, 18 de junio de 2017

Corpus Christi: La fiesta de Dios que se hace pan (Jn 6, 51-58)

Hoy celebramos el “Corpus Christi”… Es la fiesta del cuerpo entregado, de la vida donada... de Dios que se hace pan sencillo para así poder ser comido por todos y alimentarnos, hasta hacerse uno con nosotros y nosotros uno con Él…
El pan está al alcance de todos, es el alimento de la gente sencilla…
Y, sí, Dios se hace alimento… Quiere ser comido..., asimilado...
El pan no se ha hecho para ser adorado ni metido cuidadosamente en una caja...
El pan está hecho para ser tomado entre las manos, bendecido, agradecido, compartido y comido...
Hoy saldrán procesiones a la calle… Muchos saldremos a “acompañar” al Señor… Es nuestro modo de agradecer su entrega, su don; de acoger su regalo…
Pero, no olvidemos que, el mejor modo de hacerlo es “comerlo”, “tragarnos” su Palabra, su mensaje, su modo de entender la vida… y vivirla entregándola hasta quedar exhaustos…
Ser pan para los demás… ser agua fresca… ser el vino que da alegría... En definitiva, ser como Jesús…
Que al comulgar hoy, lo hagamos con la consciencia de que es el Señor quien entra en nuestra casa, en nuestro cuerpo, en nuestro interior, para alimentarnos, hacerse uno con nosotros, para ser en nosotros… y, así, hacernos semejantes a Él, hasta convertirnos en su Cuerpo… en otros Cristos que aman, adoran y sirven como Él...

domingo, 11 de junio de 2017

La Santísima Trinidad: Un amor que se da. (Jn 3, 16-18)

Las palabras que Jesús elige para hablarnos de la Trinidad son palabras que hablan de familia, de afecto: Padre e Hijo, personas que abrazan, que se abrazan. Espíritu es una palabra que alude a la respiración: cada vida vuelve a respirar cuando se sabe acogida, tenida en cuenta, abrazada. Desde el principio, existe la relación, el vínculo.
Y si nosotros estamos hechos a su imagen y semejanza, lo que se dice sobre Dios, se dice sobre el ser humano. De allí que el dogma de la Trinidad no sea una fría doctrina, sino sabiduría que nos ayuda a vivir. 
Lo nuclear de Dios y del hombre es la relación. Por eso la soledad me pesa tanto y me da miedo, porque es contraria a mi naturaleza. Por eso cuando amo y encuentro una amistad verdadera me siento tan bien, porque entonces soy nuevamente imagen de la Trinidad.
En la Trinidad podemos contemplar como en un espejo lo más profundo de nuestro corazón y el sentido último del universo. El principio y el final, el origen y vértice de lo humano y lo divino, es el vínculo de comunión. 
“Dios ha amado tanto al mundo que nos ha dado a su Hijo”… En estas palabras Juan encierra el porqué último de la encarnación, de la cruz, de la salvación: nos asegura que Dios, desde toda la eternidad, no hace más que considerar a cada hombre y cada mujer más importante que Él mismo.
 “Dios ha amado tanto...” Y nosotros, creados a su imagen y semejanza, “tenemos necesidad de mucho amor para vivir bien” (J. Maritain), “que nos ha dado a su Hijo…”. En el Evangelio el verbo amar va unido siempre a un verbo concreto, práctico, fuerte, el verbo dar (“no hay amor más grande que dar la propia vida…”). Amar no es algo sentimental, no equivale a emocionarse o enternecerse, sino a dar, un verbo de manos y de gestos…
 “Dios no ha enviado a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo”. Salvarlo del único gran pecado: la falta de amor. Jesús es el sanador del desamor (V. Fasser). Lo que explica toda la vida de Jesús, lo que justifica la cruz y la Pascua no es el pecado del hombre, sino el amor por el hombre; no se trata de quitar algo a nuestra vida, sino de añadirle, porque “quien crea, tendrá más vida”.
“Tanto amó Dios al mundo...” No solo al ser humano, sino al mundo entero, tierra, plantas, animales… Y si Él lo ha amado, también yo quiero amarlo, cuidarlo, cultivarlo, con toda su riqueza y belleza, y trabajar para que la vida florezca en todas sus formas, y hable de Dios como un pequeño fragmento de su Palabra. El mundo es el gran jardín de Dios y nosotros somos sus pequeños “jardineros planetarios”.
Ante la Trinidad, yo me siento pequeño pero abrazado, como un niño: abrazado por un viento en el que navega la creación entera y que tiene por nombre amor.
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)

domingo, 16 de abril de 2017

Domingo de Resurrección (Ciclo A): ¡Ha resucitado! (Jn 20, 1-9)

Como el sol, Cristo tomó un nuevo impulso en el corazón de una noche: aquella de Navidad llena de estrellas, de ángeles, de cantos, de rebaños la retoma en otra noche, la de Pascua: noche de naufragio, de un terrible silencio, de hostil oscuridad sobre un grupo de hombres y mujeres consternados y desorientados. Las cosas más grandiosas acontecen de noche.
María Magdalena sale de casa cuando aún hay oscuridad en el cielo y en su corazón. No lleva óleos perfumados o nardo; no tiene nada entre sus manos, solo su vida resucitada: Jesús había expulsado de ella siete demonios. Va al sepulcro porque no se resigna a la ausencia de Jesús: “Amar es decir: ¡tú no morirás!” (Gabriel Marcel). Y vio que la piedra había sido quitada. El sepulcro está abierto, vacío y resplandeciente en la frescura del alba, abierto como la cáscara de una semilla. Y en el jardín es primavera.
Los evangelios de Pascua comienzan contando lo que les sucedió a las mujeres aquella madrugada llena de sorpresas y carreras. La tumba que habían visto cerrar, está abierta y vacía. Él no está. Falta el cuerpo del ajusticiado. Pero esta ausencia no basta para creer: “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Un cuerpo ausente. De aquí parte la carrera de Magdalena aquella mañana, la carrera de Pedro y Juan, el miedo de las mujeres, el desconcierto de todos. La primera señal es el sepulcro vacío, y esto quiere decir que en la historia humana falta un cuerpo para cerrar el balance de los que han sido asesinados. Una tumba está vacía, falta un cuerpo en la contabilidad de la muerte, sus cuentas dan pérdida.
Falta un cuerpo en el balance de la violencia; su balance es negativo. La Resurrección de Cristo eleva nuestra tierra, este planeta de tumbas, hacia un mundo nuevo, donde el verdugo no vence a las víctima eternamente, donde los imperios fundados sobre a la violencia, caen; y sobre las llagas de la vida se posa el beso de la esperanza. Pascua es el tema más difícil y más hermoso de toda la Biblia.
Balbuceamos, como los evangelistas, que para intentar contarla se hicieron pequeños, no inventaron palabras, sino que tomaron prestado los verbos del alba: despertarse, levantarse: El Señor se despertó y se puso en pie. Es hermoso pensar que la Pascua, lo inaudito, es contado con los verbos más simples del amanecer, de cada una de nuestros amaneceres, cuando también nosotros nos despertamos y levantamos, en nuestras pequeñas resurrecciones cotidianas.
Aquel día único es contado con los verbos de cada día. Pascua es aquí, ahora. Cada día, aquel día. Porque la fuerza de la Resurrección no descansa hasta que no haya alcanzado el último resquicio de la creación, y no haya removido la piedra de la última tumba (Von Balthasar).
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)

domingo, 9 de abril de 2017

Domingo de Ramos (Ciclo A). Lectura de la Pasión (Mateo 26,14- 27,66)

Con la lectura de la Pasión se abren los días culmen, aquellos de los que deriva y a los que conduce toda nuestra fe. Aquellos que todavía nos enamoran. ¿Queréis saber algo sobre mí? -dice el Señor-. Os doy una idea: un hombre crucificado. La cruz es la imagen más pura y elevada que Dios ha dado de sí mismo.Y todavía permanece abierta una pregunta. "Apenas nada", de David M. Turoldo: No, creer en Pascua no es fe auténtica: ¡en Pascua eres demasiado hermoso! La fe verdadera es en Viernes Santo, cuando Tú no estabas allá arriba, cuando ni siquiera el eco responde a tu grito, y apenas nada da forma a tu ausencia.Antes, Jesús nos haba citado en otro lugar, un lugar que está por debajo, donde se ciñe una toalla y se inclina para lavar los pies de los suyos. ¿Quién es Dios? El que me lava los pies. De rodillas, ante mí. Sus manos sobre mis pies. Como Pedro, yo también quisiera decir: déjalo, no lo hagas, es demasiado.
Y Él: soy como el esclavo que te espera y, a tu regreso, te lava los pies. Pablo tiene razón: el cristianismo es escándalo y locura. Dios es así: es beso para quien lo traiciona, no rompe a nadie, se parte a sí mismo. No derrama la sangre de nadie, derrama su propia sangre. No pide sacrificios, se sacrifica a sí mismo.
Y queda rota toda imagen, toda idea que nos haga tener miedo a Dios. Y esto nos permite volver a amarlo como enamorados, no como sometidos. La suprema belleza de la historia es la que aconteció en las afueras de Jerusalén, sobre aquella colina donde Dios se deja clavar, pobre y desnudo, sobre un madero para morir de amor.
La piedra angular de la fe cristiana es la cosa más hermosa del mundo: bello es quien ama; bellísimo, quien ama hasta el final. Y el primero en acogerlo no fue un discípulo sino un extranjero, un centurión pagano: "realmente este era Hijo de Dios". No ante un sepulcro que se abre, no ante un destello de luces, sino en la desnudez de aquel Viernes, viendo a aquel hombre en la cruz, en el patíbulo, en el trono de la infamia, como un gusano, un soldado experto en la muerte, dice: "realmente este era Hijo de Dios. Ha visto a alguien morir de amor y ha entendido que es cosa de Dios.
"Estaban allí muchas mujeres mirando desde lejos". En aquella mirada, llena de amor y de lágrimas, en aquel agarrarse con los ojos a la cruz, nació la Iglesia. Y renace cada día en que tiene hacia Cristo, todavía crucificado en sus hermanos, la misma mirada de amor y de dolor, que circula en las venas del mundo como una potente energía de Pascua.
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)

sábado, 25 de marzo de 2017

IV Domingo de Cuaresma (Ciclo A). El ciego de nacimiento. (Jn 9, 1-41)

Jesús vio a un hombre ciego desde su nacimiento... Jesús ve. Ve el desecho de la ciudad, ¡el último de la fila! Un mendigo ciego. El invisible. Y si otros siguen su camino, Jesús no, se detiene. Sin ser llamado, sin que se lo pidan. Jesús no pasa de largo, para Él cada encuentro es una meta. Esto es así también con nosotros, viene a nuestro encuentro así como somos, así como estamos. "En el evangelio la primera mirada de Jesús no es nunca sobre el pecado, sino sobre el sufrimiento de la persona" (Juan Bautista Metz)
Los discípulos que llevan ya años caminando con Él, los fariseos que han tenido piedras en sus manos para lapidarlo, todos lo primero que buscan son culpables (quién ha pecado, ¿él o sus padres?), buscan pecados para justificar la ceguera. Jesús no juzga, se acerca. Y sin que el ciego le pida nada, hace un poco de barro con su saliva, lo extiende como un pétalo sobre aquellos párpados que cubren la nada.
Jesús es Dios que se contamina con el hombre, y es el hombre que se contagia de cielo. Cada hombre, cada mujer, cada niño que viene al mundo, que viene a la luz, es una mezcla de tierra y cielo, una vasija de arcilla que alberga una chispa de luz.
"Ve y lávate en la piscina de Siloé". Aquel mendigo ciego se apoya en su bastón y en la palabra de un desconocido. Confía antes de que el milagro suceda, cuando solo hay oscuridad a su alrededor. Fue a la piscina y descubre que ve.
No se apoya más en su bastón; no se volverá a sentar en el suelo para implorar piedad, sino que puesto en pie, derecho, camina con el sol sobre su rostro, por fin libre. Por fin hombre. "Hijo de la luz e hijo del día" (1Tes 5,5), devuelto a la luz, vuelto a nacer a una existencia maravillosa.
Por segunda vez, Jesús cura en sábado. Y en lugar de un canto de alegría, entra en el evangelio una infinita tristeza. A los fariseos no les interesa la persona, sino seguir un manual; no les interesa la vida que ha vuelto a resplandecer en esos ojos sino la "sana" doctrina.
Y ponen en marcha un proceso por herejía. El hombre pasa de agraciado a imputado. Pero Jesús continúa con su anuncio del rostro amoroso del Padre: a Dios lo que le interesa es un hombre libre, suelto, feliz; una relación que genere alegría y esperanza! Que traiga libertad y que haga florecer lo humano. Jesús subvierte la antigua religión dividida y herida, une el Dios de la vida y el Dios de la doctrina, y lo hace poniendo al hombre en el centro.
La gloria de Dios es un hombre con la luz en los ojos y en el corazón. Los hombres de la vieja religión dicen: la gloria de Dios es el precepto observado y el pecado expiado. Y, en cambio, no, la gloria de Dios es un mendigo que se levanta, un hombre con los ojos que se llenan de luz. Y todo queda iluminado.
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)

sábado, 18 de marzo de 2017

III Domingo de Cuaresma (Ciclo A). "Dame de beber" (Jn 4, 5-42)

¿Quieres enlazar los dos cabos de un amor? Jesús, maestro del corazón, nos muestra el método de Dios en una de las narraciones más ricas y sugestivas del Evangelio. 
Jesús está cansado y se sienta junto al pozo de Sicar; encuentra a una mujer sin nombre y de vida frágil. Es la humanidad, la esposa que se ha ido detrás de otros amores, y que Dios, el esposo, quiere reconquistar. Porque su amor no se cansa, y no le importan los errores que hayamos cometido sino la sed que tenemos en el corazón, nuestros deseos.
Esta relación esponsal, la trama nupcial entre Dios y la humanidad, es la clave de lectura de la Biblia, del primero al último de sus 73 libros: desde el momento que te llama a la vida, Dios te invita a celebrar una boda con Él. 
"Dame de beber". El esposo tiene sed, pero no de agua; tiene sed de ser amado. Jesús empieza su cortejo -la fe es la respuesta a este ser cortejados por Dios- no echando en cara sino ofreciendo: "si conocieras el don..." 
El don es la clave de esta historia de amor, la palabra que atraviesa toda la historia de la salvación. Dios no pide, da; no pretende nada, ofrece: "Te daré un agua que se convertirá en una fuente". Todo un manantial a cambio de un sorbo de agua. Un símbolo hermoso. La fuente es mucho más que lo que necesitas para calmar tu sed; no tiene medida, no se agota, no tiene cálculo. Exuberante y excesiva. Imagen de Dios: el don de Dios es Dios mismo que se da, que se entrega. Con una finalidad bien precisa: que lo amemos como enamorados, no como siervos; como enamorados, no como subordinados.
"Ve a llamar a tu marido", a aquel que amas. Jesús cuando habla con las mujeres va directo al centro, al fondo del corazón; les habla con su lenguaje, el de los sentimientos, el deseo, la búsqueda de razones para vivir. Jesús no tuvo enemigos entre las mujeres. Su mirada limpia busca lo positivo de aquella mujer, lo encuentra y lo pone en evidencia dos veces: "has dicho bien"; y al final de la frase: "en esto has dicho la verdad".
Encuentra verdad y bien, algo bueno y verdadero incluso en aquella vida accidentada. Ve la sinceridad de un corazón vivo y sobre este fragmento de oro se apoya el resto del diálogo. No hay reproches, ni juicios, ni consejos; Jesús, en cambio, hace de aquella mujer un templo. Me preguntas en qué monte se debe adorar a Dios, pero eres tú, en espíritu y verdad, el monte; tú el templo al que Dios viene.
Y la mujer, dejando su cántaro, corre a la ciudad: "hay un hombre que me ha dicho todo sobre mí..." Su debilidad se convierte en su fuerza, las heridas de ayer en ranuras de futuro. Sobre ellas construye su testimonio sobre Dios.
Una narración válida para cada uno de nosotros. No tengas miedo de tu debilidad, construye sobre ella. Puede convertirse en la piedra angular de tu casa, del templo santo que es tu corazón.
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)

viernes, 10 de marzo de 2017

II Domingo de Cuaresma (Ciclo A): La Transfiguración de Jesús (Mt 17, 1-9)

La Cuaresma nos sorprende. La consideramos un tiempo penitencial, de sacrificios, de renuncias y, en cambio, hoy pone ante nosotros un Evangelio lleno de sol y de luz, que nos inyecta energía y da alas a nuestra esperanza. 
"Jesús tomó consigo a tres de sus discípulos y subió a lo alto de un monte". Las montañas son como una flecha que apunta hacia el misterio y la profundidad del cosmos; nos dicen que la vida es un ascender hacia más luz, más cielo.
"Y allí se transfiguró delante de ellos, su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos como la luz."
La exclamación sorprendida de Pedro: "¡Qué hermoso es estar aquí!" es propia de quien ha podido atisbar por un instante el Reino. No solo Jesús, no solo su rostro y sus vestidos, sobre el monte todo está iluminado. San Pablo escribe a Timoteo una frase bellísima: "Cristo ha venido y ha hecho resplandecer la vida". No solo el rostro y los vestidos, no solo los discípulos y nuestros sueños, sino la vida, aquí, ahora, la de todo
Jesús ha vuelto a encender la llama de las cosas. Ha introducido en las venas del mundo millones de estrellas. Ha dado esplendor y belleza a la existencia. Ha dado sueños y hermosas canciones a nuestro peregrinar. Bastaría repetir sin cansarnos: ha hecho resplandecer la vida, para reencontrar la verdad y el gozo de creer en este Dios, fuente inagotable de canto y de luz. Fuerza suave y potente que viene sobre nuestra vida para abrirnos ventanas de cielo.
Nosotros, que somos una chispa de luz en un cacharro de barro, ¿qué podemos hacer para dar paso a la luz? La respuesta nos la da la voz que viene del cielo: "Este es mi hijo amado, escuchadlo". El primer paso para ser contagiados de la belleza de Dios es la escucha, dar tiempo y corazón a su evangelio. El entusiasmo de Pedro nos ayuda a entender que la fe, para que sea fuerte, debe brotar del asombro, de un enamoramiento, de un ¡que hermoso!, dicho con todo el corazón.
¿Por qué creo? Porque Dios es lo más hermoso que he encontrado, porque creer me ayuda a descubrir lo bello que es vivir. Que es hermoso amar, tener amigos, explorar, crear, sembrar, porque la vida tiene sentido y se dirige hacia un desenlace bueno que empieza ya aquí y mira hacia la eternidad. 
Aquella visión sobre la montaña deberá permanecer viva y presente en el corazón de los apóstoles. Jesús con el rostro como el sol es una imagen a conservar y cuidar en el viaje hacia Jerusalén, viaje durísimo e inquietante, como signo de esperanza y de confianza.
Deben conservarla y guardarla para el día más oscuro, cuando su rostro será golpeado, desfigurado, ultrajado. En el momento de la prueba, un hilo mantendrá ligados los dos rostros de Jesús. El rostro que en la montaña desprende luz, en la última noche, en el monte de los olivos, chorreará sangre. Pero, incluso entonces, recordemos que, al final, vendrá la luz. "En la cruz ya se atisba la resurrección" (A. Casati).
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)