Mostrando entradas con la etiqueta Tiempo Pascual. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tiempo Pascual. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de abril de 2023

II Domingo de Pascua: Aparición de Jesús resucitado a Tomás (Jn 29, 19-31)

 
1. LEE: Jn 20, 19-31

El mismo día de la resurrección, Jesús se aparece a sus discípulos; se hace “visible”, “experimentable”. Su presencia disipa sus miedos y los llena de alegría. Tomás, uno de los Once, no estaba y no cree el testimonio de los discípulos. Sin embargo, Jesús “ocho días después”, también se le aparecerá y elogiará a todos los que creemos sin haber visto, sino basándonos en el testimonio de otros creyentes. Jesús nos dona su Espíritu y nos envía a continuar la misma misión que el Padre le encomendó: ser instrumentos de paz (justicia, igualdad, dignidad…) y de reconciliación; es decir, ser constructores de esa “fraternidad universal” a la que nos invita el Papa Francisco.

2. MEDITA
  • ¿Dónde y cómo he experimentado en mi vida a Cristo Resucitado? ¿Lo experimento hoy?
  • ¿Soy portador/a de paz, instrumento de reconciliación?
  • ¿Adónde y a quiénes me envía hoy el Señor?
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior… 
  • Dialoga con el Señor... 
  • Pídele… Dale gracias…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra? 
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

Domingo de Resurrección (Ciclo A): "Vio y creyó" ( Jn 20, 1-9)

 

1. LEE: Jn 20,1-9

El Domingo de Resurrección, la Iglesia nos invita a contemplar el episodio del “sepulcro vacío”. Un “hecho” que puede ser (y de hecho es) interpretado de muchas maneras. Para unos (María Magdalena), es señal de que se han robado el cuerpo; a otros (Pedro), no les dice nada; solo el discípulo amado interpreta correctamente lo que está sucediendo. Ve lo mismo que todos, pero «creyó» (el amor nos hace capaces de percibir la presencia del amado). En ese sepulcro vacío, ve el signo, la “prueba” de que Jesús ha resucitado. Nadie fue testigo del momento de la resurrección, pero el Resucitado pone ante nosotros signos, señales, que nos permiten descubrirlo presente entre nosotros.

2. MEDITA
  • ¿Me siento «discípula amada»? ¿Tengo la experiencia de ser amado por el Señor?
  • ¿Sé descubrir en mi vida cotidiana, en los acontecimientos históricos, la presencia del Señor Resucitado? Recuerda alguna experiencia.
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior… Dialoga con el Señor... 
  • Pídele… Dale gracias…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra? 
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

miércoles, 1 de junio de 2022

Pentecostés (Ciclo C): ¡La fiesta del Espíritu! (Jn 20, 19-23)

 

1. LEE: Juan 20, 19-23

Este octavo y último domingo de Pascua, la Iglesia celebra la solemnidad de Pentecostés, la gran fiesta del Espíritu Santo.

Esta fiesta se celebra nueve días después de la Ascensión del Señor; de aquí que hagamos “novenas” como preparación a fiestas importantes. Al celebrarse actualmente la Ascensión el domingo, se corre el riesgo de que nos olvidemos de este detalle. Con Pentecostés concluimos el Tiempo Pascual, 50 días después de haber celebrado la Resurrección de Jesús.

Para este domingo, la Iglesia nos propone nuevamente un texto del evangelio según san Juan, concretamente, el c. 20, 19-23. El evangelio de Juan es el evangelio privilegiado durante la Pascua.

Estamos ante el que se conoce como pri­mer final de dicho evangelio. Juan sitúa en el mismo día de la resurrección la escena del sepulcro vacío (Jn 20,1-10), la aparición de Jesús a María Magdalena (20,11-18) y esta primera aparición a los discípulos reunidos. Esto es importante porque, para Juan, la muerte, resurrección y efusión del Espíritu suceden casi simultáneamente. Jesús, ya al morir, entrega su Espíritu (Jn 19,30); y, el mismo día de la resurrección, lo infunde formalmente sobre sus discípulos reunidos. Esta experiencia es la que Lucas convierte en una serie de catequesis que se prolongan durante 50 días (40 de apariciones, 9 de espera del Espíritu, y el día, propiamente dicho, de Pentecostés). Juan, en cambio, quiere resaltar que en el mismo instante de la entrega de Jesús, la Iglesia recibe su Espíritu.

Centrémonos ahora en el relato.

El primer dato relevante es que Jesús se aparece a sus discípulos, entre los que también había mujeres, no solo a los Once apóstoles. Por tanto, lo que hizo y dijo nos atañe a todos nosotros, discípulos de Jesús.

Se aparece estando las puertas cerradas. Esto es hermoso. El Señor es capaz de penetrar nuestro corazón, incluso en aquellos momentos en los que vivimos encerrados en nosotros mismos, en esos momentos en lo que estamos paralizados por el miedo, la incertidumbre. Y, su lugar es “en medio”, en el centro de la comunidad, en el centro de nuestra vida. Y cuando Él está ahí, en el centro, recuperamos la paz y la alegría, dos de los grandes dones del Espíritu, cuya fiesta estamos celebrando precisamente hoy.

Este evangelio también pone de relieve que todo encuentro con el Resucitado supone un antes y un después; su presencia produce una profunda transformación en nosotros. Pasamos del miedo a la alegría; de estar encerrados en nosotros mismos, a vivir para los demás. Esto es una invitación a aprender a descubrir el paso de Dios por nuestra vida a través de sus “efectos”… cuando sentimos paz, alegría, fortaleza, esperanza, ánimo… podemos decir, sin lugar a dudas, que es el Espíritu del Señor actuando en nosotros. De hecho, Jesús sopla sobre aquellos discípulos, sobre nosotros, el Espíritu, aquel mismo Espíritu que lo condujo a Él, que lo inspiró e impulsó durante su vida mortal…

El don del Espíritu va asociado al envío misionero. El evangelio nos recuerda que nosotros recibimos de Jesús la misma misión que Él recibió del Padre, la misión de ser instrumentos de reconciliación.

Hoy es la fiesta del Espíritu, el día en que se nos invita a tomar consciencia de su presencia en nosotros. ¡Somos templo de Dios, somos morada suya!

Acojámoslo en nuestra vida, hagámonos sensibles a sus inspiraciones, sigamos sus invitaciones, confiemos en su compañía, en su fortaleza…

2. MEDITA
  • ¿Cómo vivo el hecho de ser enviado/a, de ser llamado/a a continuar la misión de Jesús, de ser instrumento de perdón, de reconciliación, de comunión allí donde estoy?
  • ¿Soy consciente de estar habitada por el Espíritu? ¿Me dejo mover por Él?
  • ¿Siento la acción del Espíritu en mi vida personal, en la Iglesia, en el mundo? Recuerda acciones concretas.
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…

4. COMPROMÉTETE:
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 27 de mayo de 2022

Ascensión del Señor (Ciclo C): Ustedes son mis testigos (Lc 24, 46-53)

 

1. LEE: Lc 24, 46-53: 

Hoy celebramos el día de la Ascensión de Jesús a los cielos; es decir, de su regreso a la casa del Padre. Jesús ha cumplido su misión y ahora nos toca a nosotros continuarla siendo sus testigos; testigos porque hemos experimentado el amor de Dios. Somos enviados a hacer realidad el sueño de Dios: que vivamos como hijos y hermanos; ayudar a hacer posible un mundo en el quepamos todos; donde haya pan y paz para todos. ¿Cómo? Viviendo como Él vivió, amando como Él nos amó. Para ello, contamos con la asistencia del Espíritu Santo. El mismo Espíritu que está en el seno del Padre, el que condujo a Jesús en su vida mortal, nos ha sido donado y nos dará todo lo que necesitamos para la tarea que nos ha sido encomendada.

2. MEDITA:
  • ¿Cómo acojo en mi vida la misión que me ha confiado el Señor?
  • ¿Soy testigo de Jesús con mi vida? ¿Ante quiénes? ¿De qué manera?
  • ¿Siento la alegría de saberme amada, salvada, enviada por el Señor?
3. ORA: 
  • Dialoga con el Señor... 
  • Pídele… Dale gracias… 
  • Haz silencio en tu interior…
 4. COMPROMÉTETE: 
  • ¿A qué te invita su Palabra? 
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

jueves, 19 de mayo de 2022

VI Domingo de Pascua (Ciclo C): Somos morada de Dios (Jn 14, 23-27)

1. LEE: Jn 14, 23-29

En este sexto domingo de Pascua, ya próximos a la fiesta de la Ascensión, se nos propone una parte del discurso de despedida de Jesús en la última cena. Jesús sabe que está a punto de partir y quiere preparar a sus discípulos. Por eso, les dirige un largo discurso para prepararlos a vivir su ausencia. Les dirige palabras de cariño y consuelo

En este breve texto, se nos invita a guardar su Palabra; es decir, a hacerla vida. Para ello, necesitamos conocerla, escucharla, meditarla, comprenderla, interiorizarla… Y, esto genera un dinamismo amoroso: si guardamos su Palabra, experimentaremos el amor que el Padre nos tiene y, no solo eso, sino que seremos cada vez más plenamente conscientes de que somos morada de Dios, nos sentiremos habitados por Él. Jesús anuncia, además, la venida del Espíritu Santo, que nos ayudará a recordar y a hacer vida sus palabras.

Por último, Jesús nos entrega el don de la paz, una paz que nace en lo profundo del corazón, la paz de sabernos amados y en manos de un Padre amoroso que cuida de nosotros.

Con este evangelio, se nos va preparando para la ya no tan lejana fiesta de Pentecostés.

2. MEDITA:
  • La prueba del amor a Jesús es, según este evangelio, guardar su Palabra. ¿Cómo la guardo yo? ¿La pongo por obra? ¿Cuándo?
  • ¿Leo con frecuencia la Palabra de Dios?
  • ¿Me siento “habitado” por Dios?
  • ¿Qué tan presente está el Padre en mi vida cotidiana? ¿Me ayuda a vivir como hijo y hermano?
  • ¿Siento en mi vida esa paz que viene de Dios? ¿La transmito a los demás?
3. ORA:
  • Dialoga con el Señor…
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE:
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

jueves, 12 de mayo de 2022

V Domingo de Pascua (Ciclo C): "Ámense los unos a los otros como yo los he amado" (Jn 13, 31-35)


1. LEE: Jn 13, 31-35

En este quinto domingo de Pascua, se nos recuerda el mandamiento principal de los cristianos: amarnos los unos a los otros. Es algo tan esencial, que san Agustín llego a decir: «Ama y haz lo que quieras» pues, quien ama, solo hará el bien. Jesús, además, se nos presenta como “criterio” y “medida” del amor. Amar, sí, pero cuánto, a quién, hasta dónde. Y la respuesta es: «como Yo los he amado». Y cómo nos ha amado Jesús: hasta dar la vida, siempre, a todos (incluidos sus enemigos).

Recordemos la ley de bronce: «ojo por ojo y diente por diente». Esto fue ya un gran avance para la humanidad, pues se trataba de dar una respuesta proporcionada (si te quitan un ojo, no le quites tú dos sino solo uno). La ley de plata representa un nuevo avance ético: «no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti». La ley de oro: «haz al otro lo que quieres que te hagan a ti» expresa una actitud proactiva; no solo se trata de evitar hacer el mal sino de hacer positivamente el bien. La propuesta de Jesús las supera a todas. Por eso puede decir que es un mandamiento «nuevo». Ya no se trata solo de dar una respuesta proporcionada o de no hacer el mal o, mejor, hacer al otro lo que a me gustaría que me hiciera a mí sino de amar como Jesús me ama. 

Si nos fijamos, llama poderosamente la atención que Jesús no dice: «ámenme a mí como yo los he amado», sino que lo que nos pide es amarnos entre nosotros. Respondemos al amor de Dios, amando a los demás. Fue lo que el mismo Juan dijo en una de sus cartas: «no podemos decir que amamos a Dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestro hermano que está a nuestro lado». Lo que Dios quiere, su voluntad, es que nos amemos los unos a los otros... Y, ¿cómo?, pues como Él mismo nos ha amado...

Estas palabras las dijo Jesús en el contexto de la Última cena, cuando Judas ya ha decidido entregarlo y después de haber lavado los pies a sus discípulos, incluido el traidor. Se trata, por tanto, de un amor que se expresa en el servicio y que incluye a todos.

Los primeros cristianos entendieron esto tan bien, que el amor era su distintiva. Quienes los conocían, decían de ellos: «miren cómo se aman»... Morían incluso perdonando y bendiciendo a quienes los martirizaban... Por eso, el amor es lo que debe distinguirnos a nosotros.

2. MEDITA
  • ¿Puedo decir que amo como Jesús me ama a mí o pongo límites al amor (a unos sí, a otros no… a veces sí, a veces no… depende…?)
  • ¿Pueden reconocerme, por mi modo de amar, como discípulo de Jesús?
  • ¿Voy creciendo en amar como Jesús me ama? ¿Qué me falta?
3. ORA:
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE:
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

viernes, 6 de mayo de 2022

IV Domingo de Pascua (Ciclo C): "Mis ovejas escuchan mi voz" (Jn 10, 27-30)

 

1. LEE: Juan 10, 27-30.

Las breves palabras del evangelio de hoy, están en el contexto del discurso de Jesús sobre el Buen Pastor (Jn 10,1-18). Esta figura nos resulta muy ajena a nuestra cultura urbana; sin embargo, era muy cercana para los oyentes de Jesús, pues en Palestina era un oficio muy conocido. Resulta tan familiar y significativo, que en el Antiguo Testamento, Dios identificó a los dirigentes y a sí mismo muchas veces con ella; los dirigentes están llamados a ser como el pastor para las ovejas y se hace una crítica muy fuerte a quienes no actúan así. Por eso, una de las características del Mesías sería precisamente esa, ser el pastor que todos esperan y, de hecho, Jesús se presenta a sí mismo así: Yo soy el Buen Pastor.

La imagen del pastor alude al cuidado. Decir que Jesús, que Dios es un buen pastor, quiere decir que es alguien que cuida de nosotros, que vela por nuestro bienestar. Basta leer el hermoso salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta".

Ahora bien, si Él es el buen pastor, nosotros estamos llamados a ser ovejas de su rebaño. Hoy, lamentablemente, la imagen del rebaño es muy negativa. En este texto, no. Sabernos "sus ovejas" es sentir que le pertenecemos, que estamos en buenas manos, en manos de alguien que será capaz de dar la vida por nosotros si es necesario. Y, en cambio, lo único que nos pide es que reconozcamos su voz entre otras voces y la sigamos. Llegar a tal familiaridad con su Palabra, que la sepamos distinguir entre mil voces, ¡esto es el discernimiento!, discernir qué voces, qué llamadas, qué invitaciones vienen de Dios, para seguirlas y qué, en cambio, no viene de Él sino que, al final, solo nos hará daño.

En un mundo en el que el lema parece ser "sálvese quién pueda" y que cada uno cuide de sí mismo, el evangelio de hoy nos dice que no estamos solos ni abandonados a nuestra suerte, sino que estamos en manos de un Buen Pastor, de un Padre amoroso que, como buena madre, vela siempre por nosotros.

2. MEDITA:
  • ¿Dónde y cuándo escucho la voz de Jesús en mi vida diaria? ¿En su Palabra, en personas, en situaciones… ¿ ¿Cuáles…?
  • ¿Siento correr en mí esa “vida” que viene de Jesús?
  • ¿Qué obstáculos experimento que me “roban” plenitud de vida?
3. ORA:
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE:
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

viernes, 29 de abril de 2022

III Domingo de Pascua (Ciclo C): "¿Me amas?" Cuida de tus hermanos y hermanas (Jn 21, 1-19)

1. LEE: Juan 21,1-19

Jesús se “manifiesta” (se hace visible, experimentable) nuevamente (se insiste en ello tres veces). Ya no en domingo, como las veces anteriores, sino en un día cualquiera, un día “laborable”, pues Él se puede manifestar en cualquier momento, en momentos ordinarios, cotidianos, en el día a día. Y no “dentro de la casa”, sino “fuera”, pues nuestra vida se desenvuelve “dentro” y “fuera”, con momentos de vida en común y de actividad misionera. La presencia de Jesús se requiere en ambas. Sin él, ni la comunidad ni la misión funcionan.

Los discípulos están juntos, hombres y mujeres. Esto ha sido ya efecto de la resurrección de Jesús... Están juntos discípulos y discípulas... Donde está Dios, hay unidad...

No están todos; están 7... Tampoco es necesario estar todos juntos... Los 7 representan a toda la comunidad...

Simón Pedro toma la iniciativa de ir a pescar; lo expresa, no da órdenes, y los demás deciden acompañarlo... Ya no solo son discípulos; son compañeros... Faenan juntos, en la misma barca...

Esa noche no pescan nada. Al amanecer, estaba Jesús en la orilla... Estaría allí todo el tiempo, toda la noche, siguiéndolos con la mirada, como aquella vez que atravesaron esa tempestad terrible... Pero, al ser de noche, no lo ven... ¡Qué difícil es ver al, Señor, en la noche...! Pero está ahí, atento a lo que nos acontece...

De repente, un desconocido les dice que echen la red a la derecha. Ya no discuten, sencillamente aceptan la sugerencia de aquel hombre misterioso... y se produce el “milagro”... ¡Cuántas veces nos habla a través de “desconocidos”! Por eso, hay que aprender a escuchar todas las voces... Y, al ver los “resultados”, queda patente que ha sido obra suya... En aquel desconocido, hablaba el Señor...

De inmediato solo lo reconoce el discípulo amado, aquel que tiene esa relación cercana, amorosa, entrañable con Jesús... Y, gracias a él, los demás...

Luego, ya en la orilla, se nos presenta una escena sencilla, cotidiana... El Señor se manifiesta en la sencillez de la hospitalidad. A quienes vienen de trabajar, Jesús les tiene preparada una comida caliente y, además, valora el fruto de su trabajo y les pides parte de lo que han pescado... Se manifiestas en la mesa, en el trabajo, en la vida compartida... No lo “ven”, pero lo perciben, lo reconocen en aquellos gestos... Con ello se nos invita a aprender a mirar con los ojos del corazón... El Señor no se manifiesta con truenos y relámpagos o con apariciones deslumbrantes, sino en gestos sencillos de amor, de preocupación por el otro, de cercanía... Se manifiesta así, y es así como, a su vez, nos invita a manifestarlo.

A continuación, hay un diálogo entre Jesús y Pedro. No hay reproches, solo una pregunta: «Pedro, ¿me amas?». El verbo que utiliza es “ágape”. Es un verbo fuerte, comprometido... Supone un amor incondicional, oblativo, desinteresado, gratuito... ese amor que solo tiene Dios, tal vez una madre... un amor que permanece fiel, que no depende de la reciprocidad... Tal vez por eso Pedro responde con el verbo “filía”, que denota un amor de amistad, hecho de reciprocidad, de compañerismo… En todo caso, Jesús insiste en preguntar a Pedro acerca de sus sentimientos hacia Él, del tipo de relación que mantiene con Él... Ahí se juega todo… Y, al final, Jesús lo que desea es que Pedro le manifieste ese amor en el cuidado hacia sus hermanos y hermanas que le son encomendados…

2. MEDITA
  • ¿Experimento la presencia de Jesús en medio de mis tareas cotidianas?
  • ¿Me siento amado por Jesús en mi debilidad e incoherencias?
  • ¿Adónde y a quiénes me envía hoy el Señor?
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

sábado, 23 de abril de 2022

II Domingo de Pascua (Ciclo C): "Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor" (Jn 20, 19-31)

1. LEE: Juan 20, 19-31

Durante este Tiempo Pascual, se nos propone meditar en distintos textos que hacen referencia a la experiencia de que Jesús “resucitó de entre los muertos”; es decir, que estaba vivo, acompañando a sus discípulos en el camino de la vida y animándolos para continuar su misión en el mundo: mostrar el rostro amoroso de Dios Padre, ayudar a que todos, hombres y mujeres, llegaran a vivir plenamente, “como Dios quiere”, liberándolos de tantas formas de esclavitud, que no nos permite ser nosotros mismos, desarrollar todo el potencial con el que Dios nos ha dotado, vivir como hijos y hermanos.

El evangelio de Juan nos presenta un itinerario para experimentar la presencia del Resucitado. Primero, nos pone ante el sepulcro vacío (Jn 20,1-10)… Un hecho que podía tener múltiples explicaciones: han robado el cuerpo (María Magdalena)…; un hecho sin ninguna explicación (Pedro); o, una señal que nos habla de que el sepulcro está vacío porque el Señor ha vencido a la muerte y está vivo (el discípulo amado)… La experiencia de sentirnos amados por el Señor, nos ayuda a descubrir su presencia en acontecimientos que, a simple vista, no tienen ningún sentido.

Acto seguido, se nos habla del encuentro de María Magdalena con Jesús resucitado (Jn 20,11-18). María, anclada en el pasado, queriendo aferrarse a un “muerto”, de pronto, se siente llamada por su nombre; es decir, conocida en lo profundo de su ser… y amada. Jesús se le hace presente en un jardinero, en una “figura” nueva, distinta… El Resucitado se nos puede hacer presente a través de muchas personas y situaciones… pero es Él… Ella intenta nuevamente aferrarlo, pero Él la invita a soltarlo… No necesita agarrarlo… Él no se va a ir nunca… Él estará siempre a su lado… Y la envía a dar esta gran noticia a los demás discípulos que andan desconcertados, desilusionados, abatidos…

A continuación, ese mismo días, Jesús Resucitado se hará presente, “visible”, “experimentable” en medio de la comunidad de discípulos (Jn 20,19-31)… Jesús sigue saliendo al encuentro de aquellos hombres y mujeres que, muertos de miedo, se han encerrado en el Cenáculo, en el mismo lugar donde, pocos días antes, Él se les había entregado en un trozo de pan y un poco de vino… Y Jesús es capaz de penetrar en ese recinto cerrado, es capaz de hacerse presente en nuestro interior, a pesar de, tantas veces, estar encerrados en nosotros mismos… Y se pone en medio… Y cuando Él está en el centro de nuestra vida, de la comunidad, todo cambia… Vuelve la ilusión, vuelve la alegría, vuelve la esperanza… Y no nos deja en nosotros mismos, sino que nos envía… Sopla sobre nosotros su Espíritu y nos envía a perdonar, a ser instrumento de reconciliación… Pero no todos estaban allí, faltaba Tomás… Y, para él, no fue suficiente el testimonio de quienes habían visto a Jesús Resucitado…

Ocho días después, aquellos discípulos siguen encerrados… Todos necesitamos tiempo… Y Jesús vuelve a hacerse presente… Los vuelve a inundar con su paz (¡la paz y la alegría son señales claras de la presencia del Resucitado!). Y se dirige a Tomás, el “incrédulo”… (¡y todos tenemos algo de incrédulos)… No lo deja en evidencia ni le reprocha…; al contrario, accede a sus requerimientos, a esa necesidad de ver, de tocar que tenemos todos… Y Tomás, el incrédulo, hace la confesión de fe más grandiosa: ¡Señor mío y Dios mío…! Así, Jesús ha recuperado también a Tomás y nos ha regalado una nueva bienaventuranza: "¡Dichosos los que creen sin haber visto!" Sí, dichosos quienes hemos creído en el testimonio de sus discípulos… Dichosos los que creerán a través de nuestro testimonio…

Sin duda, esta es una de las grandes tareas del Resucitado: recuperar a quienes se habían perdido… Devolvernos la confianza, la alegría, la paz… Romper nuestras barreras, ayudarnos a abrir nuestras puertas, a vencer nuestros miedos… ¡Cuántas veces no lo ha hecho con nosotros! Y nos lanza al mundo, a ser testigos de esta maravillosa noticia...

2. MEDITA
  • ¿Dónde y cómo he experimentado en mi vida a Cristo Resucitado?
  • ¿Qué miedos necesito superar para anunciar al Señor?
  • ¿Soy portador/a de paz, instrumento de reconciliación?
  • ¿Adónde y a quiénes me envía hoy el Señor?
3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

sábado, 16 de abril de 2022

Domingo de Resurrección (Ciclo C): "Vio y creyó" (Jn 20,1-9)

 

1. LEE: Jn 20, 1-9

Todo tiene un comienzo. Incluso cuando todo parece acabado, la vida renace. Lo seco, de repente florece. A pesar de los miedos, la incertidumbre y las dudas sobre el futuro, la vida renace y siempre es posible un nuevo inicio. Incluso si el deseo de volver a empezar debe afrontar cada vez la lucha contra la tentación que nos invita a abandonar, es importante que sepas que la muerte ha sido vencida y la vida puede siempre tener un nuevo comienzo.

Este es el mensaje de Pascua, y el texto del evangelio de hoy describe de manera realista la dificultad de creer que la vida vuelve a comenzar y que todo se renueva aun cuando parece imposible.

Estamos de nuevo en “el primer día”, como si se tratase de una nueva creación. La muerte está dejando espacio a la vida, pero es difícil creerlo, es difícil imaginar que de verdad las cosas puedan recomenzar de nuevo. Ese sentimiento de consternación, de fracaso, la amarga desilusión nos habitan.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía es oscuro. Comienza su viaje apenas puede, movida por el deseo irrefrenable o, tal vez, simplemente por el escrúpulo de terminar lo que no había podido hacer aquel viernes. María busca un cuerpo para ungir, tiene un deber que cumplir. Busca un sepulcro sobre el que llorar, un lugar donde derramar su lamento.

Somos así: más que tomarnos el trabajo de volver a empezar, preferimos buscar sepulcros sobre los que llorar. Nos detenemos. A veces nos pasamos la vida entera sin ver la luz de un futuro posible.

Todavía está oscuro, tal vez porque todavía hay oscuridad en el corazón de María, en el corazón de una persona que no consigue ver el sol que nace. En el corazón de María está la oscuridad de la confusión, la oscuridad de la tristeza, el crepúsculo de la desilusión.

Muchas veces nos damos cuenta de que un nuevo comienzo es posible solo cuando atravesamos una ausencia. El vacío nos revela que no se puede seguir adelante así. Dentro de aquel sepulcro María no encuentra ya nada, ni siquiera un cuerpo por quien llorar. María encuentra un espacio vacío. Y allí experimenta el esfuerzo del comienzo y el riesgo de detenerse. El vacío puede hacernos caer en el precipicio o puede empujarnos a buscar. María podría detenerse allí y desperdiciar su vida lamentándose. Aquello que buscaba, ya no está.

María, en cambio, se deja interrogar por aquella ausencia. Se pregunta dónde está su maestro, donde está aquel que busca su corazón. Como la esposa del Cantar de los Cantares, María se lanza en la noche de la desilusión para buscar a aquel que ama. Cuando realmente amas, no te resignas, sino que te pones a buscar. Aunque sea de noche.

Al igual que la esposa del Cantar, también María pide ayuda, se confronta, se deja acompañar. Así también Pedro y el otro discípulo, aquel que Jesús amaba, son imagen de aquellos llamados a emprender un nuevo comienzo, a partir de situaciones diversas. Aquel vacío no los deja indiferentes, sino que, paradójicamente, los empuja a buscar. Todos deben ponerse en movimiento a partir del propio presente.

Pedro es imagen de una fe que busca continuamente entender. Las cuentas no le cuadran. Es la imagen de una fe cansada, que no consigue correr. Es una fe debilitada por la traición. Una fe que todavía necesita ser sanada. Pedro llega al sepulcro. También él observa aquel vacío. Ve las vendas y el sudario en orden, como si todo hubiera sucedido con calma, pero de Pedro no se dice que cree. Pedro inicia un camino que lo llevará hasta Galilea. Allí, su curación pasará a través de aquel triple interrogatorio sobre el amor.

El otro discípulo, aquel que Jesús amaba, no tiene nombre, tal vez para darnos a cada uno de nosotros la posibilidad de tomar su lugar. Aquel discípulo es la imagen de quien ha tenido la experiencia de sentirse amado por Jesús. Ha escuchado su corazón. Ha permanecido junto a la cruz. Se ha sentido llamado y entregado al corazón de una Madre. Este discípulo es imagen de una fe llena de entusiasmo que sabe correr y también esperar. Este discípulo deja que Pedro entre primero. Es el discípulo que cree aun cuando todavía no comprende. Para él, este nuevo comienzo significa redescubrir el deseo de amar, dejar que el corazón se vuelva a encienda.

(Traducción de un comentario del P. Gaetano Piccolo S.I.)

2. MEDITA

1) ¿Me siento «discípulo amado»? ¿Tengo la experiencia de ser amada por el Señor?

2) ¿Sé descubrir en mi vida cotidiana, en los acontecimientos históricos, la presencia del Señor Resucitado? Recuerda alguna experiencia.

3. ORA
  • Haz silencio en tu interior...
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele... Dale gracias...
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar? Decide cosas concretas.

Vigilia Pascual: ¡Ha resucitado!


Esta noche, los cristianos celebramos la denominada “Vigilia Pascual”.

La celebración de la Vigilia Pascual no es sólo la celebración más importante de todo el año litúrgico, sino que es, además, una de las Liturgias más hermosas…

En la Vigilia, la Iglesia celebra con gran alegría la victoria de Jesús sobre la muerte… En la Vigilia celebramos la gran intervención de Dios en la historia, cuyo poder se manifiesta en dar la vida en plenitud a su Hijo Jesús… Su poder no lo liberó de la muerte, pues esto habría sido no tomarse en serio el ser hombre de verdad y Jesús vivió su humanidad con todas las consecuencias… Esto, de por sí, es ya una enseñanza. Dios no nos libera de los avatares de la existencia sino de la nada, del sinsentido, del egoísmo para conducirnos a la vida plena, plenitud que sólo se encuentra junto a Él y en el amor y servicio a los hermanos… Participar en la Vigilia es unirnos a la alegría de Jesús que vuelve a la casa del Padre vencedor, pues no cayó en la tentación de desconfiar del amor de su Padre ni de devolver el mal por mal; su victoria es haber amado siempre… Celebrar su resurrección es sentirlo vivo, presente en medio de nosotros; es aprender a vivir ya aquí y ahora, como resucitados, pues participamos de la misma vida de Dios.

La resurrección de Jesús no fue la reanimación de un cadáver. De ser así, sería algo transitorio. La resurrección es el comienzo de una nueva forma de ser y existir que rompe con las barreras propias del tiempo y del espacio; por eso, Jesús puede estar en todas partes y en todos los tiempos precisamente porque está en Dios.

La resurrección como tal no tuvo testigos. Sin embargo existen testimonios abundantes de apariciones diversas y listas de testigos con nombres propios. Entre todos ellos, cabe destacar la aparición a las mujeres. Todos los evangelios coinciden en afirmar que la primera en encontrarse con el Resucitado fue María Magdalena, y fue ella, junto a otras mujeres que la acompañaban, quienes recibieron la misión de Jesús de anunciarlo a sus discípulos. De hecho, María Magdalena es reconocida por la Iglesia como la apóstol de los apóstoles. Todo ello nos permite afirmar que la resurrección fue un hecho histórico, aunque trasciende la historia. Sabemos que resucitó aunque no sepamos cómo lo hizo.

Creer en la resurrección supone creer que merece la pena vivir como Jesús vivió, dar la vida por lo que Él la dio. Creer en la resurrección es haber descubierto que vivir así es lo que nos conduce a la vida. Creer en la resurrección es creer que estamos llamados a la vida, que todo no termina en la muerte. Creer en la resurrección es creer que no estamos hechos para la nada sino para vivir con Dios y en Dios. Creer en la resurrección es creer que el amor vence, que nadie nos puede matar el amor, que Dios siempre tiene la última palabra y sale por los inocentes. Y esto, no solo en lo que llamamos “la otra vida”, sino ya aquí y ahora. Por eso, Juan afirma que la vida eterna empieza al conocer a Dios ya en esta vida y al vivir como Jesús vivió, amando y sirviendo.

A lo largo de 40 días nos hemos ido preparando para este momento… Y es tal su importancia y profundidad, que necesitaremos celebrar esta fiesta durante 50 días seguidos (hasta Pentecostés), que es lo que llamamos el Tiempo Pascual.

Hoy tendremos la oportunidad de vivir todos, esta hermosa liturgia desde nuestra casa gracias a los medios de los que disponemos, la televisión, Internet…

La Vigilia Pascual está articulada en cuatro momentos: El Rito de la Luz, la Liturgia de la Palabra, la Liturgia Bautismal y la Liturgia Eucarística.

La celebración empieza con el Rito de la Luz. El templo está a oscuras. En el exterior, se bendice el fuego. De ese fuego se enciende el Cirio Pascual, una enorme vela que simboliza a Cristo, luz para el mundo, que ilumina las tinieblas que nos envuelven. Acto seguido, los fieles encienden sus velas de la llama del Cirio, participando de su misma luz que nos convierte, también a nosotros, en luz del mundo. Llegados al presbiterio, se coloca en un lugar bien visible, se encienden todas las luces del templo y se canta el Pregón Pascual, antiguo himno que es una explosión de alegría que proclama la gloria de la Resurrección de Cristo. También nosotros podríamos tener una vela que simbolice a Cristo y pequeñas velas para cada uno de los presentes.

Luego continúa la Liturgia de la Palabra, en la que se leen siete relatos del Antiguo Testamento que recogen lo esencial de la Historia de la Salvación, intercalados con salmos y oraciones. Tras estos, se entona el Gloria que no se había cantado desde que empezó la Cuaresma, y se repican las campanas. Después se lee un fragmento de una carta apostólica del Nuevo Testamento. Tras esta lectura se entona de manera solemne el Aleluya, y se procede a leer el Evangelio correspondiente.

Tras la homilía tiene lugar la Liturgia Bautismal. En muchos casos es en este momento cuando se administra el Bautismo a los nuevos cristianos de ese año. Se bendice el agua de la pila bautismal, se cantan las Letanías de los Santos y se renuevan las promesas bautismales, tomando de nuevo la luz del cirio pascual, y se los asperja con agua bendita. También nosotros podríamos renovar nuestro compromiso como bautizados en ese momento.

Finalmente, se continúa la celebración con la Liturgia Eucarística de la manera acostumbrada. La eucaristía, como siempre termina con el envió a la misión, que en este día es solemnizado por el doble aleluya que se añade.

Animémonos a participar de esta celebración y que el Señor nos conceda la gracia de experimentar todos la presencia de Cristo Resucitado en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestro mundo.

domingo, 8 de abril de 2018

II Domingo de Pascua (Ciclo B): Aparición a Tomás (Jn 20, 19-31)


La tarde de aquel día, el primero de la semana, cuando estaban cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, por temor a los judíos, vino Jesús, se puso en medio y les dijo: "¡La paz sea con vosotros!" Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo nuevamente: "¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió, así os envío yo".
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A aquellos a quienes les perdonéis los pecados, serán perdonados; a aquellos a quienes no les perdonéis, no serán perdonados». Tomás, uno de los Doce, llamado “el Mellizo”, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!" Pero él les dijo: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no pongo mi dedo en la herida del costado, no lo creo". [...] .
Ocho días después, vino Jesús, estando las puertas cerradas. Me consuela pensar que, aunque encuentra la puerta cerrada, no se va, sino que mantiene su dulce e implacable asedio. Ocho días después todavía está allí: el que fue abandonado regresa a los que lo abandonaron; el que fue traicionado, regresa a quienes lo entregaron a sus enemigos. Jesús vino y se quedó en medio de ellos. Sus apariciones no tienen el signo del reproche.
El Resucitado no se preocupa de sí mismo, sino del llanto de la Magdalena, de las mujeres que van, incluso corren para perfumar su cuerpo destrozado, del miedo de los apóstoles, de las dificultades de Tomás, de las redes vacías de sus amigos cuando regresan al lago donde todo comenzó. ¡Todavía tiene ese delantal en su cintura! Él no viene a pedir, viene a ayudar. Por eso es inconfundible.
-Paz a vosotros”. No es la expresión de un deseo, sino una declaración: hay paz para vosotros, hay paz dentro de vosotros, una paz que irá creciendo. Dijo: Shalom, una palabra bíblica que expresa mucho más que el simple fin de las guerras o la violencia; trae la fuerza de los rectos corazón en medio de las persecuciones, la serenidad de los justos en medio y contra las injusticias, una vida apasionada en medio de vidas apagadas, plenitud y florecimiento.
“Sopló y dijo: recibe el Espíritu Santo”. Sobre aquel puñado de criaturas, cerrado y temeroso, descendió el viento de los orígenes, el viento que soplaba sobre el abismo, el  sutil viento del Horeb que percibió el profeta Elías, aquel que va sacude las puertas cerradas del Cenáculo: “¡he aquí, yo os envío!” Los envía así como son, frágiles y lentos, pero investidos con su fuerza, la fuerza de su espíritu; sopla sobre ellos, los fuertes vientos de la vida, que henchirá sus velas y las llenará de Dios.
“Tomás, mete tu dedo aquí, en el agujero de mis manos, extiende tu mano, ¡toca!” Jesús resucitado no trae nada más que las heridas del crucificado, nos trae el oro de las heridas que nos han sanado. En las heridas hay el oro del amor. Las heridas son sagradas. Dios está en ellas como una gota de oro. Jesús no se escandaliza de las dudas de Tomás, no le reprocha su dificultad para creer, sino que, una vez más, se acerca y tiende aquellas manos donde el amor escribió su historia de oro. Y este gesto es suficiente para Tomás.
Quien extiende su mano, quien no te juzga sino que te anima y te ofrece una mano donde descansar y recobrar el valor, es Jesús. ¡No te puedes equivocar! “¡Bienaventurados los que crean sin haber visto!” Es una felicidad que siento mía, que es fácil y es para todos, para los que luchan, para los que caminan a tientas, para los que no ven, para los que comienzan de nuevo. Para nosotros, que cada ocho días, seguimos reuniéndonos en su nombre, después de miles de años; Bienaventurados los que "lo amamos sin haberlo visto" (1 Pedro 1, 8).
Ermes Ronchi
www.retesicomoro.it

domingo, 16 de abril de 2017

Domingo de Resurrección (Ciclo A): ¡Ha resucitado! (Jn 20, 1-9)

Como el sol, Cristo tomó un nuevo impulso en el corazón de una noche: aquella de Navidad llena de estrellas, de ángeles, de cantos, de rebaños la retoma en otra noche, la de Pascua: noche de naufragio, de un terrible silencio, de hostil oscuridad sobre un grupo de hombres y mujeres consternados y desorientados. Las cosas más grandiosas acontecen de noche.
María Magdalena sale de casa cuando aún hay oscuridad en el cielo y en su corazón. No lleva óleos perfumados o nardo; no tiene nada entre sus manos, solo su vida resucitada: Jesús había expulsado de ella siete demonios. Va al sepulcro porque no se resigna a la ausencia de Jesús: “Amar es decir: ¡tú no morirás!” (Gabriel Marcel). Y vio que la piedra había sido quitada. El sepulcro está abierto, vacío y resplandeciente en la frescura del alba, abierto como la cáscara de una semilla. Y en el jardín es primavera.
Los evangelios de Pascua comienzan contando lo que les sucedió a las mujeres aquella madrugada llena de sorpresas y carreras. La tumba que habían visto cerrar, está abierta y vacía. Él no está. Falta el cuerpo del ajusticiado. Pero esta ausencia no basta para creer: “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Un cuerpo ausente. De aquí parte la carrera de Magdalena aquella mañana, la carrera de Pedro y Juan, el miedo de las mujeres, el desconcierto de todos. La primera señal es el sepulcro vacío, y esto quiere decir que en la historia humana falta un cuerpo para cerrar el balance de los que han sido asesinados. Una tumba está vacía, falta un cuerpo en la contabilidad de la muerte, sus cuentas dan pérdida.
Falta un cuerpo en el balance de la violencia; su balance es negativo. La Resurrección de Cristo eleva nuestra tierra, este planeta de tumbas, hacia un mundo nuevo, donde el verdugo no vence a las víctima eternamente, donde los imperios fundados sobre a la violencia, caen; y sobre las llagas de la vida se posa el beso de la esperanza. Pascua es el tema más difícil y más hermoso de toda la Biblia.
Balbuceamos, como los evangelistas, que para intentar contarla se hicieron pequeños, no inventaron palabras, sino que tomaron prestado los verbos del alba: despertarse, levantarse: El Señor se despertó y se puso en pie. Es hermoso pensar que la Pascua, lo inaudito, es contado con los verbos más simples del amanecer, de cada una de nuestros amaneceres, cuando también nosotros nos despertamos y levantamos, en nuestras pequeñas resurrecciones cotidianas.
Aquel día único es contado con los verbos de cada día. Pascua es aquí, ahora. Cada día, aquel día. Porque la fuerza de la Resurrección no descansa hasta que no haya alcanzado el último resquicio de la creación, y no haya removido la piedra de la última tumba (Von Balthasar).
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)

viernes, 1 de abril de 2016

Octava de Pascua

La Resurrección de Jesús es un acontecimiento tan importante, que lo seguimos celebrando a lo largo de 8 días para así intentar penetrar en su significado profundo...
La resurrección alude a una experiencia de los discípulos. Ellos experimentaron que Jesús seguía junto a ellos, que seguía actuando con ellos y en ellos, que seguía "vivo"... Las apariciones del Resucitado son la experiencia de que Jesús volvía, nuevamente, a salir a su encuentro, a hacerse presente en sus vidas, y que esa presencia, esa iniciativa de Jesús, disipaba sus miedos, les devolvía la confianza y la esperanza, volvía a hacerlos una comunidad... Jesús no les reprocha, no nos reprocha nada... Su presencia real en la historia y en nuestra pequeña historia, nos devuelve la confianza, nos hace sentir profundamente amados por Dios y nos envía a ser portadores de esta buena noticia: Dios está presente en nuestra vida, actúa en la historia y nos da una misión, ser portadores de amor, de vida, de esperanza...

domingo, 27 de marzo de 2016

I Domingo de Pascua (Ciclo C): El discípulo amado "vio y creyó" (Jn 20,1-9)

Ha pasado el sábado y María Magdalena se dirige presurosa al sepulcro… El evangelio señala que “aún estaba oscuro”… Este hermoso texto nos presenta uno de los múltiples itinerarios de fe que nos llevan a encontrarnos con el Resucitado o, mejor, a dejarnos encontrar por Él…
Muchas veces nos encontramos en la oscuridad, aunque vemos a lo lejos, en el horizonte, un destello de luz… Caminamos a oscuras por la vida, pero no vamos perdidos, vamos a tientas en busca de Jesús… Muchas veces esta búsqueda parece infructuosa… Al Él no lo vemos, sino solo unas vendas y un sudario que nos desconciertan… Vivimos como si el Señor estuviera ausente, como si alguien nos lo hubiera robado… Y sí, muchas veces nos roban la alegría, nos roban la confianza, nos roban el amor… Pero María no se resigna… Sale en busca de los discípulos… Y, al oírla, Pedro y Juan salen corriendo… Los que estaban encerrados por miedo, replegados sobre sí mismos, se dejan llevar por el corazón… El amor disipa el miedo… Y llegan al sepulcro… Está vacío… Jesús no está… Sin duda, es un signo ambiguo… ¿Lo han robado?, ¿lo han traslado a otro lugar?... O… Y el corazón late con fuerza… Todo está demasiado colocado para que estemos ante un hurto… Y el corazón se sobresalta… ¿Será verdad lo que nos dijo…?
El corazón no engaña; el corazón ve más allá de las apariencias, de la superficie… Y el discípulo amado, el que tiene su corazón unido al corazón de su Maestro, “vio y creyó…”…
¿Qué vio? ¿Unas vendas…, un sudario…? Vio al Señor de la vida, al Señor que vence la muerte, al Señor que triunfante se levanta del sepulcro… Sí, ha triunfado el amor, un amor probado en el sufrimiento, en la traición y la mentira… Si Dios nos ama así, si nos continúa amando en nuestra fragilidad y en nuestro pecado, podemos vivir una existencia gozosa y agradecida… No necesitamos ser buenos para ser amados… Somos amados porque Dios es bueno y no puede más que amar… y eso va sacando poco a poco lo mejor de nosotros mismos…
No tengamos miedo a adentrarnos en la noche, a caminar a tientas en la oscuridad… Si seguimos caminando, veremos el amanecer, descubriremos los signos que nos hablan de su presencia aunque a Él, muchas veces “no lo veamos…”ni lo podamos tocar con nuestras manos, pero nuestro corazón volverá a latir, nosotros volveremos a confiar y sentiremos su presencia en tantos gestos de amor y de vida que rodean nuestra existencia…

sábado, 14 de abril de 2012

Tiempo Pascual

El domingo de resurrección, hace ya casi 8 días, hemos dado inicio al Tiempo Pascual.
Ya hemos dicho en ocasiones anteriores que el acontecimiento central del cristianismo es precisamente la Resurrección. Tanto es así, que san Pablo llega a decir que si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe no tendría ningún sentido…
El primer gran anuncio fue éste: “Jesús, el crucificado, al que vosotros matasteis, ha resucitado”… El Padre lo ha rescatado del poder de la muerte y vive en medio de nosotros para siempre… Todo nace aquí, todo empieza aquí…
La Pascua es la más antigua y la más grande de las fiestas cristianas; su celebración en la Vigilia Pascual constituye el corazón del año litúrgico. Todo lo demás, se articula desde allí: la Cuaresma (para prepararnos a este acontecimiento), todo el Tiempo Pascual (para celebrarlo durante 50 días). La misma fiesta de la Navidad es posterior… De hecho, es de todos sabido que lo primero que se escribió fue la Pasión-Muerte-Resurrección de Jesús… Luego, se vio la necesidad de narrar lo correspondiente a su Vida Pública, que es lo que de algún modo “explica” lo sucedido al final de su vida… Y, por último, se compusieron los relatos de la Infancia…
El Tiempo Pascual inicia, por tanto, el domingo de Resurrección y culmina, 50 días después, con la fiesta de Pentecostés. Esta fiesta viene precedida por la celebración de la Ascensión del Señor, que Lucas sitúa 40 días después de la Pascua.
Como toda gran fiesta que se precie, la Pascua del Señor tiene su “octava”. Es decir, los ocho primeros días del Tiempo Pascual se celebran con gran solemnidad, como si fuera el mismo domingo de Pascua alargado 8 días seguidos…
Los domingos de este tiempo son particularmente importantes. Son considerados y llamados “domingos de Pascua” y tienen precedencia sobre cualquier fiesta del Señor y cualquier solemnidad. Tanto es así, que las solemnidades que coinciden con estos domingos se trasladan al lunes siguiente.
Que todo este tiempo que iniciamos, nos ayude a profundizar en lo que es el núcleo de nuestra fe: ¡Cristo vive!... Y, si está conmigo, ¿qué puedo temer? ¡Atrevámonos a vivir como Él vivió…! Sólo una vida así merece llamarse vida y camina hacia la Vida…

sábado, 7 de abril de 2012

La Vigilia Pascual

La celebración de la Vigilia Pascual no es sólo la celebración más importantes de todo el año litúrgico, sino que es, además, una de las Liturgias más hermosas… Todo se orienta hacia ella y en ella encuentra su plenitud… En la Vigilia la Iglesia conmemora la victoria de Jesús sobre la muerte… En la Vigilia celebramos la gran intervención de Dios en la historia, cuyo poder se manifiesta en dar la vida en plenitud a su Hijo Jesús… Su poder no lo liberó de la muerte, esto habría sido no tomarse en serio el ser hombre de verdad… El poder de Dios nos libera no de los avatares de la existencia sino de la nada, del sinsentido, para conducirnos a la plenitud de la vida, plenitud que sólo se encuentra junto a Él… Participar en la Vigilia es unirnos a la alegría de Jesús que vuelve a la casa del Padre; es sentirlo vivo, presente en medio de nosotros; es aprender a vivir ya aquí y ahora, como resucitados, pues participamos de la misma vida de Dios que no está bajo el poder de la muerte.
A lo largo de 40 días nos hemos ido preparando para este momento… Y es tal su densidad, que necesitaremos celebrar esta fiesta durante 50 días seguidos (hasta Pentecostés), que es lo que llamamos Tiempo Pascual.
La Vigilia Pascual está articulada en cuatro momentos:
La celebración empieza con el Rito de la Luz. El templo está a oscuras. En el exterior, se bendice el fuego. De ese fuego se enciende el Cirio Pascual, una enorme vela que simboliza a Cristo, luz para el mundo, que ilumina las tinieblas que nos envuelven. Acto seguido, los fieles encienden sus velas de la llama del Cirio, participando de su misma luz que nos convierte, también a nosotros, en luz del mundo. Llegados al presbiterio, se coloca en un lugar bien visible, se encienden todas las luces del templo y se canta el Pregón Pascual, antiguo himno que es una explosión de alegría que proclama la gloria de la Resurrección de Cristo.
Luego continúa con la Liturgia de la Palabra, en la que se leen siete relatos del Antiguo Testamento que recogen lo esencial de la Historia de la Salvación, intercalados con salmos y oraciones. Tras estos se entona el Gloria que no se había cantado desde que empezó la Cuaresma y se repican las campanas. Después se lee un fragmento de una carta apostólica del Nuevo Testamento. Tras esta lectura se entona de manera solemne el Aleluya, y se procede a leer el Evangelio correspondiente.
Tras la homilía tiene lugar la Liturgia Bautismal. En muchos casos es en este momento cuando se administra el Bautismo a los nuevos cristianos de ese año. Se bendice el agua de la pila bautismal, se cantan las Letanías de los Santos y se renuevan las promesas bautismales, tomando de nuevo la luz del cirio pascual, y se los asperja con agua bendita.
Finalmente, se continúa la Misa con la Liturgia Eucarística de la manera acostumbrada. La eucaristía, como siempre termina con el envió a la misión, que en este día es solemnizado por el doble aleluya que se añade.
Ojalá os animéis a participar de esta celebración y que experimentemos todos la presencia de Cristo Resucitado.

sábado, 11 de junio de 2011

Fiesta de Pentecostés

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.
De pronto vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, las que, separándose, se fueron posando sobre cada uno de ellos; y quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar idiomas distintos, en los cuales el Espíritu les concedía expresarse”
 (Hch 2, 1-4).
De este modo nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles lo que conocemos como la venida del Espíritu Santo sobre la primera comunidad cristiana; es decir, sobre la Iglesia.
La palabra Pentecostés viene del griego y significa el día quincuagésimo. El origen de la fiesta es judío. A los 50 días de la Pascua, los israelitas celebraban la fiesta de las siete semanas (Ex 34,22). Esta fiesta en un principio fue agrícola, pero se convirtió después en recuerdo de la Alianza del Sinaí. Al principio los cristianos no celebraban esta fiesta. Con el tiempo se le fue dando mayor importancia a este día, teniendo presente el acontecimiento histórico de la venida del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles (cf. Hch 2). Gradualmente, se fue formando una fiesta, para la que se preparaban con una vigilia solemne, algo parecido a la Pascua, tradición que aún se conserva hoy. Litúrgicamente se utiliza el color rojo para el altar y las vestiduras del sacerdote para simbolizar el fuego del Espíritu Santo.
Los cincuenta días del Tiempo Pascual y las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, forman una unidad. En realidad, nos presentan distintos aspectos de un único misterio. El Tiempo de Pascua, hasta la Ascensión, es la etapa en la que Jesús se deja ver por sus discípulos; es el tiempo de la experiencia personal y, de algún modo, sensible. Desde entonces, los discípulos se preparan para un “nuevo tipo de presencia”, una presencia más “espiritual”. Esto viene representado por los nueve días (una novena) entre la Ascensión y Pentecostés.
Pentecostés es fiesta pascual y fiesta del Espíritu Santo. La Iglesia sabe que nace en la Resurrección de Cristo, pero se confirma con la venida del Espíritu Santo. Es hasta entonces, que los Apóstoles acaban de comprender para qué fueron convocados por Jesús; para qué fueron preparados durante esos tres años de convivencia íntima con Él. Por eso, la Fiesta de Pentecostés es como el "aniversario" de la Iglesia. El Espíritu Santo desciende sobre aquella comunidad naciente y temerosa, infundiendo sobre ella sus siete dones, dándoles el valor necesario para anunciar la Buena Nueva de Jesús; para preservarlos en la verdad, como Jesús lo había prometido (Jn 14.15); para disponerlos a ser sus testigos; para ir, bautizar y enseñar a todas las naciones. 
Este Espíritu es el mismo que guió a Jesús durante su vida histórica y es el mismo que, desde hace dos mil años hasta ahora, sigue descendiendo sobre quienes creemos que Cristo vino, murió y resucitó por nosotros; sobre quienes sabemos que somos parte y continuación de aquella pequeña comunidad ahora extendida por tantos lugares; sobre quienes sabemos que somos responsables de seguir extendiendo su Reino de Amor, Justicia, Verdad y Paz entre los hombres.
Los cristianos hemos recibido el Espíritu en el Bautismo, Espíritu que nos hace hijos; y en la Confirmación hemos recibido su fuerza que nos constituye en testigos.
Los cristianos somos templos del Espíritu Santo; por eso, somos llamados a vivir una vida “espiritual”, que no quiere decir vivir en “otro mundo”, sino vivir dejándonos guiar por el Espíritu de Jesús, siguiendo sus inspiraciones, para vivir al estilo de Jesús.
Que esta Fiesta renueve en nosotros la experiencia de estar habitados por el Espíritu y nos haga dóciles a sus inspiraciones.

martes, 7 de junio de 2011

Dones del Espíritu Santo

Este domingo celebraremos la Fiesta de Pentecostés. En ella hay una tradición muy bonita de repartir los "dones del Espíritu Santo". El significado de estos dones es:
Sabiduría: Es el más comentado y testificado en la Escritura. En pocas palabras podríamos decir que es el don que nos proporciona el gusto por lo espiritual.
Mediante este don, el Espíritu nos permite sintonizar con la sabiduría de Dios de forma que somos capaces de reconocer como sabiduría la sabiduría manifestada en Jesús y valorar las cosas con los ojos de Dios.
La sabiduría no es un mero conocimiento intelectual sino que se funda en el amor y desemboca en el amor.
Inteligencia o entendimiento: Es una gracia del Espíritu Santo que nos permite comprender con la mente y con el corazón la Palabra de Dios y profundizar en los contenidos y en el sentido de nuestra fe cristiana.
Consejo: Este don nos capacita para oír la voz de Dios en las opciones que la vida diaria nos impone, iluminando así nuestra conciencia para encontrar la decisión más acertada, pronunciar la palabra justa y obrar rectamente. Este don nos ayuda a decidir con acierto, aconsejar a los otros fácilmente y en el momento necesario conforme a la voluntad de Dios.
Fortaleza: Por medio de este don, el Espíritu Santo nos ayuda a hacer lo que Dios quiere de nosotros con perseverancia, superando todas las dificultades, y a sobrellevar las contrariedades de la vida. El don de fortaleza nos da fuerza para resistir y vencer nuestras debilidades y resistencia internas, así como las presiones del ambiente. Nos ayuda a superar la timidez y la agresividad. Proporciona tal valor, que hace que el hombre se mantenga en las mayores dificultades y horrores y que esté incluso dispuesto a dar su vida por Dios y por sus hermanos (martirio).
Ciencia: Este don nos capacita para ver las cosas en su relación a Dios, de manera que tengamos la visión auténtica de ellas, de modo que reconozcamos en ellas su valor “relativo”, reconociendo que Dios es su fundamento y que todas las demás cosas son medios que Dios nos da para le amemos y sirvamos a Él y a nuestros hermanos. Implica el don del discernimiento de espíritus.
Piedad: Con el don de piedad, el Espíritu Santo sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios, llamándolo en nuestro corazón ¡Abba, Padre! Gracias a este don nos es posible amar y respetar a Dios como padre, incluso en los dolores y tribulaciones que nos trae la vida, con la confianza firme en su amor. A la vez, hace que abarquemos con nuestro amor a nuestros prójimos, que veamos en ellos hermanos y hermanas y que superemos rápidamente cualquier aversión a nuestros semejantes.
Temor de Dios: El Temor de Dios es el don más incomprendido pues se asocia el temor al miedo. Sin embargo, este don es el que nos capacita para vivir en actitud de respeto, es decir, en la actitud del amor temeroso y del temor amoroso a Dios. Lo que el hombre teme en este don no es tanto a Dios, en quien ha puesto su esperanza, cuanto su propia debilidad. De allí la petición en la conocida oración “Anima Christi” que dice: “No permitas que me separe de Ti”… ¡Esto es lo único que realmente debemos temer”.
Preparémonos para acogerlos en nuestro corazón...

viernes, 3 de junio de 2011

Novena al Espíritu Santo

La novena del Espíritu Santo es de suma importancia para todo cristiano ya que fue la primera que celebraron los Apóstoles con la Virgen María en el Cenáculo. Allí aguardaron con recogimiento y oración su venida y recibieron sus abundantes y maravillosos dones.
Por si os animáis a hacer la Novena al Espíritu Santo como preparación a la Fiesta de Pentecostés, os propongo la siguiente:
Oraciones para todos los días
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego sagrado de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra. Oh, Dios, que has instruido los corazones de tus fieles con las luces de tu Santo Espíritu, danos el saber rectamente, según el mismo Espíritu, y gozar siempre de sus consuelos. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.
Día 1º: Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones con tu amor y con tu presencia, y enséñanos a llamar a Dios, con ternura filial: ¡Abbá, Padre!
Día 2º: Ven, Espíritu Santo, por tu don Sabiduría, concédenos la gracia de apreciar y estimar los bienes espirituales y muéstranos los medios para alcanzarlos. Gloria...
Día 3º: Ven, Espíritu Santo, por tu don de Entendimiento, ilumina nuestras mentes y nuestro corazón para entender tu Palabra y los misterios de nuestra fe, para vivirlos plenamente. Gloria...
Día 4º: Ven, Espíritu Santo, por tu don de Consejo, ilumina nuestra conciencia con tu luz para actuar con rectitud y justicia para beneficio de nosotros mismos y de nuestros semejantes. Gloria...
Día 5º: Ven, Espíritu Santo, por tu don de Fortaleza, danos la perseverancia suficiente para cumplir tu voluntad y vencer todas las dificultades del camino. Gloria...
Día 6º: Ven, Espíritu Santo, por tu don de Ciencia, enséñanos a ver las cosas como dones tuyos y a ponerlos a tu servicio y al de nuestros hermanos. Gloria…
Día 7º: Ven, Espíritu Santo, por tu don de Piedad, aumenta en nosotros la confianza de saber que nuestra vida está en manos del Padre y a sentirnos realmente como sus hijos. Gloria...
Día 8º: Ven, Espíritu Santo, por tu don de Temor de Dios, graba en nosotros que lo único que debemos temer en esta vida es alejarnos de Ti. Gloria...
Día 9º: Ven, Espíritu Santo, y concédenos tus frutos: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, para que redunden en nuestro propio bien y en el de nuestros hermanos. Gloria…
Oración final: Te suplicamos, Oh Padre, que tu Santo Espíritu encienda en nuestros corazones esa llama que Cristo trajo a la tierra y deseó ardientemente fuera encendida y que, según la promesa de tu Hijo, el Espíritu Santo nos lleve al conocimiento pleno de toda la verdad que nos ha sido revelada en Jesús.
Inflama nuestros corazones con el fuego de tu Espíritu para que te sirvamos con todo el corazón. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.