domingo, 15 de enero de 2017

Jesús es el cordero de Dios (Jn 1, 29-34)

"Al ver Juan a Jesús venir hacia él, exclamó: Este es el cordero de Dios." Es una imagen inesperada de Dios, una revolución total: ya no es el Dios que pide sacrificios, sino aquel que se sacrifica a sí mismo. Y así será a lo largo de todo el evangelio: es un cordero, no un león; una gallina (Lc 13, 31-34) y no un águila; el modelo del Reino es un niño, una pequeña semilla de mostaza, una pizca de levadura, dos moneditas de una viuda. El Dios que en Navidad no solo se ha hecho como nosotros, sino pequeño entre nosotros.
He aquí el cordero, que todavía tiene necesidad de su madre y se confía al pastor; he aquí un Dios que no se impone, se propone; que no puede, no quiere dar miedo a nadie..., y que, sin embargo, quita el pecado del mundo. El pecado, en singular, no los miles de gestos equivocados con los que continuamente dañamos el tejido del mundo, hacemos trizas la belleza, sino el pecado profundo, la raíz enferma que inquina todo. En una palabra: el desamor. Que es indiferencia, violencia, mentira, cerrazón, fractura, vidas desperdiciadas... Jesús viene como el sanador del desamor. Y lo hace no con amenazas o castigos, no desde una posición de fuerza con gritos y órdenes, sino con lo que Francisco llama "la revolución de la ternura". Un desafío, a cara descubierta, a la violencia y su lógica.
"Cordero que quita el pecado": con el verbo en tiempo presente; no en futuro, como si fuera una esperanza; ni en pasado, como algo ya terminado y concluido, sino ahora: he aquí aquel que continuamente, incansablemente, ineludiblemente  quita, si lo acoges dentro de ti, todas las sombras que envejecen el corazón y te hacen sufrir a ti y a los demás.
La salvación es expansión de la vida; el pecado es lo opuesto, atrofia del vivir, empequeñecimiento de la existencia. Y entonces ya no sitio para nadie en el corazón, ni para los hermanos ni para Dios, ni para los pobres, ni para los sueños de cielos nuevos y tierra nueva.
Como sanación, Jesús contará la parábola del Buen Samaritano, concluyéndola con unas palabras llenas de luz: "haz esto y vivirás". ¿Quieres vivir de verdad una vida más bella y verdadera? ¡Produce amor! Introdúcelo en el mundo, hazlo correr... Y te convertirás tú también en sanador de la vida. Te convertirás en ello siguiendo al cordero (Ap 14,4). Seguirlo quiere decir amar lo que Él amaba, desear lo que Él deseaba, rechazar lo que Él rechazaba, y tocar lo que Él tocaba, y como Él lo tocaba, con su delicadeza, ternura y cariño. Ser solidarios y confiar en la vida, en los hombres, en Dios. Porque el camino del cordero es el camino de la felicidad.
"Os mando como corderos...", os mando a quitar, con mansedumbre, el mal: brazos abiertos como don de Dios al mundo, brazos de un Dios cordero, inocente y, sin embargo, más fuerte que cualquier Herodes.
(Ermes Ronchi - www.retesicomoro.it - traducido del italiano)

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