domingo, 3 de mayo de 2009

“Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20, 24-29)

El evangelio de Juan reseña una segunda aparición de Jesús Resucitado a los discípulos. El contexto es el siguiente: Tomás, uno de los Doce, no estaba con la comunidad cuando Jesús se les apareció por primera vez, por tanto, no fue testigo directo de la resurrección. Al no haberlo visto con sus propios ojos, se niega a creer en el testimonio de quienes sí lo vieron (Jn 20, 24-25). El mensaje es claro. En primer lugar, quien no está en la comunidad tiene más difícil acceder a la experiencia del Resucitado… Y, en segundo lugar, retrata una situación muy frecuente: la dificultad de muchos en creer a quienes dan testimonio de Jesús, bajo el argumento de no tener la experiencia directa de los hechos. Dicho en positivo: para experimentar a Jesús, es importante formar parte activa de la comunidad cristiana y, segundo, fiémonos de las personas que nos hablan de su experiencia de Dios.

Pero el texto no termina aquí. Presentado el contexto, se nos dice: “Ocho días después, estaban otra vez los discípulos dentro y Tomás con ellos”. Esta indicación temporal es importante. “Ochos días después” quiere decir, el domingo siguiente. Esto nos da a entender que la comunidad cristiana, fruto de la experiencia de la resurrección, empezó a reunirse los “primeros días de la semana” (recordemos que éste es el originen de nuestras celebraciones eucarísticas dominicales). También se nos indica que, en esta ocasión, sí estaba Tomás; por tanto, pese a su “incredulidad” o tal vez escepticismo, se ha reintegrado a la comunidad, con lo cual parece abierto a la experiencia.

Lo que quiere resaltar el texto es que, nuevamente, sucede lo mismo… En la reunión dominical de la comunidad (probable alusión a la eucaristía), Jesús se presentó allí, en medio de ellos… Es un modo de decirnos que siempre, en toda celebración eucarística, Jesús está allí, con nosotros, realmente presente… ¡Es increíble! Y les dirige las mismas palabras que la vez anterior: “La paz con vosotros”. Si recordáis, son las mismas palabras del sacerdote al empezar la misa, con las que quiere hacernos caer en la cuenta de que estamos reunidos en torno a Jesús que, también a nosotros, nos dirige esas palabras.

Luego se dirige a Tomás y responde a su petición: tocar las heridas de sus manos y meter la mano en el costado… Reconozcamos que es algo insólito, pues normalmente Jesús no accede a peticiones de este tipo... Y Tomás cae desarmado, diciendo: “Señor mío y Dios mío”… Oh paradoja, del prototipo del incrédulo, sale la profesión de fe más profunda, comprometida y hermosa… Y, si nos fijamos, en realidad, no necesitó tocar a Jesús…

Al concluir el episodio, se nos recogen unas palabras de Jesús que son el mensaje del relato: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto”. De este modo, el evangelista dedica esta bienaventuranza a cada uno de nosotros, pues nosotros sí que hemos creído sin ver…

Como hemos dicho desde el principio al comentar estos textos de apariciones, cada uno de los relatos son catequesis dirigidas a la comunidad cristiana para ayudarnos en nuestro itinerario de crecer en nuestra fe en Jesús… Y, si os dais cuenta, se nos invita al mismo tipo de fe del discípulo amado que, ya desde el principio, al ver el sepulcro vacío, es decir sin ver a Jesús, creyó en que estaba vivo (Jn 20, 8)… Por tanto, no es verdad que haya que “ver para creer”" sino, todo lo contario, “para ver, es necesario creer”.

Agradezcamos al Señor nuestra fe en su presencia en medio de nosotros, pidámosle que nos ayude a verlo presente en nuestra vida y, en particular, en cada eucaristía, y demos testimonio de nuestra fe en Jesús para que, por nosotros, otros también puedan acceder a esta experiencia.