lunes, 9 de febrero de 2009

Jesús cura a un paralítico (Mt 9,1-8)

El último milagro de la triada que aparece en esta sección del evangelio de Mateo es la curación de un paralítico.

Los milagros, ya lo hemos dicho antes, no son una ostentación de fuerza por parte de Jesús. Él no pretende demostrar nada. Los milagros son signos del poder sanador de Jesús, fruto de su compasión y amor por el que sufre.

El relato es sencillo. Como sucede habitualmente, Mateo lo simplifica y no se pierde en detalles sino que va a lo esencial.

Después de haber tenido una primera intervención en tierra pagana, Jesús vuelve a subir a la barca, los discípulos suben con él, y regresan a la otra orilla, donde los judíos, concretamente a Cafarnaum, “su ciudad”, es decir, su “centro de operaciones”. Entonces le llevan un paralítico postrado en una camilla…

Efectivamente, al exterior, todos ven lo evidente: un hombre que no puede andar, que no puede valerse por sí mismo, que tiene que ser llevado por otros… Pero Jesús ve algo más, ve el interior y descubre lo que verdaderamente lo tiene paralizado, por eso dice: “¡Ánimo!, hijo, tus pecados te son perdonados”. Que frase más llena de ternura… Podríamos repetirla una y otra vez en nuestro interior, escuchar a Jesús que me dice: “¡Ánimo!, hijo/a, tus pecados, aquello que te tiene agobiado, paralizado, esclavizado, bloqueado, ya no tiene poder sobre ti”. Porque el pecado es esto, es todo aquello que nos hace actuar de manera contraria a lo que realmente somos; en vez de comportarnos como hijos de Dios, lo hacemos como esclavos o como quien ha renegado de su Padre; en vez de comportarnos como hermanos, actuamos como enemigos o rivales… El pecado es todo aquello que rompe la filiación y la fraternidad… Y cuando eso se rompe, quedamos paralizados… hemos perdido el contacto con esa energía interior que nos permite movernos con la libertad de los hijos de Dios.

Y aquí viene la polémica… Algunos escribas, en vez de ver el fondo de la cuestión, se quedan en el exterior, y lo único que se les ocurre decir es que Jesús blasfema… En cierto modo es comprensible, pues perdonar pecados sólo lo puede hacer Dios… Y Jesús da un paso más… Como señal de que Él tiene poder para perdonar los pecados, cura al paralítico de su parálisis física… Este modo de actuar de Jesús es inusual, pues Él nunca pretende “demostrar” nada… Y, efectivamente, el paralítico sale caminando por su propio pie…

Es verdad que a Jesús no le interesa tanto el sanar nuestro cuerpo (la medicina ya está para eso), lo que le interesa es nuestra salud interior, espiritual… y es esta salud la que también incide en el bienestar de nuestro cuerpo… Jesús se preocupa por la persona entera pero sabe que, lo más profundo, la raíz de muchos males está en el interior, en el alejamiento del Padre y de los hermanos.

El relato termina poniendo de relieve la admiración de la gente… Jesús no deja indiferente a nadie… Los escribas salen enfadados; el pueblo, sorprendido… ¡Qué difícil les resulta creer a los sabios y entendidos de este mundo…! ¡Cuántas veces nos cerramos incluso ante la evidencia…!

Pidámosle al Señor ser curados de nuestras parálisis, de todo aquello que nos impide acercarnos a Él y a los hermanos…

3 comentarios:

Walter dijo...

Gracias por tu reflexión.
Te bendigo en el nombre de Jesús.
Un gran abrazo

Anónimo dijo...

EXCELENTE REFLEXIÓN, ME AYUDÓ MUCHO A COMPRENDER ESTE PASAJE

Anónimo dijo...

felicidades por su reflexion sera muy bien apreciada por una ministra de la eucaristía. dios le bendiga