jueves, 23 de febrero de 2023

I Domingo de Cuaresma (Ciclo A): Tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4,1-11)

 

1. LEE: Mt 4, 1-11

El miércoles pasado iniciamos la Cuaresma, un período largo de preparación (40 días) hacia la Pascua, la gran celebración cristiana del triunfo de Jesús sobre la muerte, y anuncio y confirmación de nuestro destino final: la casa del Padre.

El color morado, propio de este tiempo, nos habla de interioridad. Y, sí, es un tiempo propicio para hacer silencio, para reflexionar, para revisar nuestra vida, para ponernos a punto… Para ello, el evangelio del Miércoles de Ceniza nos invitaba a cultivar las tres grandes “prácticas” cristianas: la limosna, la oración y el ayuno (¡en este orden!). La limosna es una llamada a poner al otro en el centro, una llamada a compartir, a la solidaridad, a estar pendientes de las necesidades de los demás, de su necesidad de escucha, de atención, de pan, de trabajo. La oración es una invitación a cultivar nuestra relación con Dios, a dedicar tiempo a estar con Él, a leer y meditar su Palabra. Y el ayuno nos ayuda a recuperar el dominio sobre nosotros mismos, sobre nuestras apetencias y deseos.

Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma, el primero de cinco (el sexto será Domingo de Ramos). Cada domingo, las lecturas han sido elegidas para ayudarnos a recorrer un itinerario de preparación espiritual. Y este itinerario inicia con la consideración de las llamadas “Tentaciones de Jesús en el desierto”.

Meditar en las tentaciones de Jesús nos puede ayudar a tomar consciencia de nuestras propias tentaciones. Conocerlas para desenmascararlas y vencerlas.

La clave para desentrañar la esencia de cada una de ellas está en la respuesta que da Jesús al diablo. Etimológicamente, “diablo” quiere decir el que divide, el que separa, precisamente porque lo que intenta es separarnos de Dios, dividirnos entre nosotros, fracturarnos por dentro.

Jesús lleva 40 días en el desierto, bajo un ayuno estricto. Al final, lógicamente, tiene hambre. Es entonces cuando va a intervenir el tentador. Se va a aprovechar de su debilidad, de su necesidad y le va a proponer algo razonable: «si eres Hijo de Dios, convierte estas piedras en pan». ¿Dónde está la trampa? En primer lugar, lo reta a demostrar que es Hijo de Dios violentando la naturaleza de las cosas en beneficio propio. En el bautismo, Jesús sintió con fuerza cómo el Padre lo llamaba Hijo. La tentación nos hace dudar de esta convicción profunda, nos incita a demostrarla pretendiendo que Dios satisfaga nuestras necesidades o buscando satisfacer nuestros deseos y necesidades con “pan”, con cosas materiales. Por eso, Jesús responde: «No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»… También de pan, por supuesto, pero no solo… Cuántas veces se nos olvida que hay un “hambre” que solo lo puede satisfacer Dios.

Luego, el diablo lo lleva nada menos que al Templo, el lugar privilegiado de encuentro con Dios. Pero no lo lleva para que ore, sino para que monte un espectáculo, para que cometa una temeridad, para poner a prueba a Dios. Y, nuevamente empieza diciendo: «Si eres Hijo de Dios…» Por eso, Jesús responde: «No tentarás, no pondrás a prueba a Dios». Es decir, no dudarás de que Dios está contigo, no le pedirás “pruebas”, no pretenderás que haga lo que tú le pidas para creer en Él. Al Templo no se va tanto a pedir cuanto a orar, a poner nuestra vida en manos de Dios... Y cuántas veces lo hacemos… Creeré en Ti si… Cuántos han perdido la fe porque Dios no respondió a sus requerimientos… De hecho, cuando Jesús estuvo en la cruz lo tentaron diciéndole, si eres Hijo de Dios, ¡demuéstralo!, baja de la cruz… Si eres Hijo de Dios, que Él te salve… Y Jesús se mantuvo firme, con una confianza absoluta en su Padre Dios, sin pedirle pruebas extraordinarias… ¿Y nosotros?

Para la tercera tentación, el diablo lo sube a lo alto del monte… Si nos fijamos, lo lleva cada vez más alto. Es la tentación del poder entendido como dominio. Porque el problema no es el poder, todos tenemos poder, Jesús tuvo poder; el problema es usar el poder para colocarme a mí mismo en el centro, para abusar, para ser servido, no para servir. Y ese deseo de dominio, de control, puede llevarme a “venderme”, a sacrificar mis valores, mi familia, a traicionar a mis amigos… a olvidarme de Dios y adorar, rendirme a otros “dioses”… Es la tentación extrema, pues nos lleva a, de facto, prescindir de Dios y, hecho esto, a cometer cualquier tipo de atrocidad… Por eso, Jesús responde: «Solo a Dios adorarás…»

Estas tres tentaciones son prototípicas. Jesús las sufrió a lo largo de toda su vida pública y, más fuertemente aún, en la Pasión. Y también cada uno de nosotros las sufrimos, si bien muchas veces ni siquiera somos conscientes de ello.

Que este tiempo de cuaresma que empezamos sea una oportunidad para vivir momentos de desierto, de interioridad, de silencio; tiempo para leer y orar la Palabra de Dios; para descubrir todo aquello que nos aleja de Dios, del hermano… Tiempo para conocer nuestras tentaciones y vencerlas, para crecer en nuestro ser de hijos y hermanos.

2. MEDITA
  • ¿Soy consciente del modo como yo soy tentado?
  • ¿Cómo satisfago mi necesidad de seguridad? ¿Con “cosas”, con la búsqueda de prestigio y/o poder, o tengo puesta mi seguridad y confianza en Dios?
  • ¿Son la eucaristía y la Palabra de Dios mi alimento espiritual?
  • ¿En qué ocasiones yo también pongo a prueba a Dios?
  • ¿Uso mi “poder” para servir o para dominar?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

jueves, 16 de febrero de 2023

VII Domingo (Ciclo A): Amemos como somos amados por Dios (Mt 5, 38-48)

 

1. LEE: MATEO 5, 38-48

El evangelio de hoy nos presenta dos enseñanzas de Jesús muy importantes, que van al núcleo de su propuesta. Estas tocan dos temas “sensibles”: cuál debe ser nuestra respuesta cuando somos víctimas de alguna injusticia o forma de violencia, y cuál nuestro comportamiento con quienes nos han hecho daño.

En el primer caso, Jesús pide superar el “ojo por ojo y diente por diente”. Esta norma hace referencia a la ley del Talión, que lo que pretendía era una justicia proporcional, es decir, si alguien te quita un ojo, solo le puedes quitar uno, no dos, lo cual supuso un gran avance. Sin embargo, para Jesús no es suficiente. Para él, la única manera de terminar con la espiral de violencia (la ley del Talión terminaría por dejarnos a todos ciegos) es no responder al mal con mal, más aún, vencer el mal a fuerza de bien.

Esta invitación de Jesús, a muchas personas les parece demasiado extrema. Sin embargo, nos olvidamos que Jesús vivió así. Él renunció a toda forma de violencia, hasta el punto de morir injustamente en la cruz.

Con todo, esto no significa que asumamos una postura pasiva, que no hagamos nada. Fue precisamente esta cita del Sermón de la Montaña la que inspiró a Gandhi la lucha por la independencia de la India con métodos no violentos. Lo que se rechaza categóricamente es responder a la violencia con violencia.

La segunda enseñanza hace referencia a una disposición del libro del Levítico (19,18) y que refleja muy bien el sentir popular: «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo»; es decir, amarás a quien te ama y rechazarás a quien te rechaza pues, no tengo por qué hacer el bien a quien me hace mal. ¡Bastante con no hacerle ni desearle mal! Y, sin embargo, Jesús va más allá pues, si actuamos así, ¿qué hacemos de extraordinario?, eso lo hace cualquiera. Jesús pone unos ejemplos extremos, exagerados. Habla de amar al enemigo precisamente para ilustrarnos un amor extremo, exagerado. 

Dicho esto, conviene aclarar que, cuando Jesús nos dice que lo propio del cristiano es amar incluso al enemigo, no se refiere a sentir afecto por él, ¡no mandamos sobre nuestros sentimientos! Lo que se nos pide es hacerle el bien, rezar por él; es decir, lo que se nos dice es que el amor no es un sentimiento, es una decisión. Yo amo no porque el otro lo merezca o porque espero algo de él, sino porque mi decisión es amar, independientemente de lo que el otro haga o me haga.

Ahora bien, lo importante es cómo Jesús justifica esa postura. Y su argumento es simple: se trata de actuar como actúa nuestro Padre celestial con la humanidad, con nosotros, conmigo. Y, ¿cómo actúa? Con un amor infinito, hagamos lo que hagamos, hasta cuando dimos muerte a su Hijo… Y si somos hijos suyos, lo normal es que actuemos como Él actúa. Más aún, es actuando así como alcanzamos nuestra “perfección”, es decir, alcanzamos la plenitud de nuestro ser, pues llegamos a ser plenamente imagen y semejanza de Dios que es amor.

El evangelio de hoy es uno de esos evangelios “difíciles”, exigentes. Aunque, si lo leemos despacio, no se nos pide más de lo que de hecho recibimos de Dios, un amor sin límites, e imitar el modo como vivió Jesús. Además, se nos revela el camino de la verdadera perfección, que no es la ausencia de defectos ni una vida sin tacha, sino que la perfección está en crecer en nuestra capacidad de amar a todos, siempre, sin condiciones, sin excepciones…, como somos amados por nuestro Padre/Madre Dios.

2. MEDITA
  • ¿Cómo vivo la invitación que me hace Jesús a amar a todos, siempre, incondicionalmente, incluso a los enemigos, a quienes me han hecho daño?
  • ¿Se podría reconocer al Dios de Jesús viéndome a mí en mi re­lación con los demás?
  • ¿Cómo me siento ante lo que propone Jesús?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 23 de diciembre de 2022

Navidad (Ciclo A): Y Dios quiso venir a vivir entre nosotros (Jn 1, 1-18)


1. LEE: JUAN 1, 1-18

Cuando pensamos en la Navidad, siempre viene a nuestra mente las escenas tal como nos las narra el evangelista san Lucas; el nacimiento en Belén, el anuncio a los pastores, el canto de los ángeles, María, José, aquel niño recostado en un pesebre. Es un texto hermoso, lleno de detalles, que se lee en la misa de la noche del 24. En la misa de Navidad, el día 25, se nos propone el conocido como “Prólogo de san Juan”; un himno, con algunas pequeñas partes narrativas, de una belleza y profundidad inigualables.

Juan nos invita a adentrarnos en el misterio que se esconde en ese niño y nos recuerda que aquel niño que contemplamos con ternura, aquel niño que podemos tener en nuestros brazos, es la Palabra (con mayúscula) que existe aún antes de la creación del mundo, es decir, desde siempre, pues es Dios. ¿Qué nos quiere decir con esto?

La creación del mundo, según el Génesis, se hizo gracias a la Palabra. Dios pronunciaba su palabra: “Hágase el cielo… hágase el sol…” y todo sucedía de acuerdo a su palabra. Su palabra no es una palabra vacía, como muchas palabras nuestras. Su palabra tiene fuerza creadora, hace lo que dice.

La palabra nos permite comunicarnos. Con la palabra nos expresamos. La palabra exterioriza lo que pensamos, lo que sentimos, lo que deseamos. Y Dios es comunicación. Desde siempre ha deseado comunicarse con nosotros. A lo largo de la historia, nos dirigió muchas palabras (eso es la Biblia), pero llegada la plenitud de los tiempos, nos ha hablado por medio de su hijo Jesús. Él es la Palabra de Dios, en Él, Dios se nos comunica. Quien ve a Jesús, ve al Padre; quien lo escucha, puede tener la certeza de que está escuchando lo que Dios quiere.

Sí, Jesús es la Palabra que Dios Padre ha pronunciado. Y esa Palabra está llena de vida, de luz. Quien la acoge, quien la escucha, quien la pone en práctica, no solo llena su ser de vida y de luz, si no que se convierte en hijo de Dios, pues Jesús mismo nos hace partícipe de su misma vida.

Y, sí, un día, Dios quiso venir a morar entre nosotros. Y puso su tienda aquí, en nuestra tierra. No vino de paso, vino para quedarse. Y aunque muchos lo rechazaron, nadie puede extinguir su luz.

Jesús es la mayor expresión del amor y la fidelidad de Dios. Que al contemplar a este niño débil, frágil, vulnerable, seamos conscientes de que es el modo como Dios ha querido revelársenos. No como una fuerza prepotente, como un poder avasallador, sino como alguien que desea que lo tomemos en brazos, que no le tengamos miedo, que lo acojamos en nuestra casa, en nuestra vida, en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestro mundo… para transformarnos, para transformarlo todo…

2. MEDITA
  • ¿He experimentado cómo la Palabra (el Señor Jesús) me llenan de luz y de vida? ¿En qué lo noto?
  • ¿Escucho esa Palabra con atención?
  • ¿Soy consciente de que acoger a Jesús me abre la posibilidad de llegar a ser hijo/a de Dios?
  • ¿Experimento el caudal de gracia que nos llega a través de Jesús?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

jueves, 15 de diciembre de 2022

IV Domingo de Adviento (Ciclo A): "José hizo lo que el ángel le dijo" (Mt 1, 18-23)


1. LEE: MATEO 1, 18-24

El IV domingo de Adviento es el domingo más próximo a la Navidad. Para prepararnos a esta gran celebración cristiana, la liturgia de la Palabra nos invita a contemplar el misterio de la Encarnación. Como estamos en el ciclo A, se lee el evangelio según san Mateo, c. 1, vv. 18-24. Así como san Lucas nos narra el anuncio del ángel a María; san Mateo nos presenta el que podríamos llamar el anuncio del ángel a san José. Lucas cuenta los episodios de la infancia poniendo de relieve la figura de María; san Mateo, en cambio, resalta más la figura de José.

Un primer dato importante es que, Mateo, al igual que Lucas, afirma con claridad que María ha quedado embarazada por obra del Espíritu Santo. Ahora, sin embargo, pone el foco en la reacción de José ante este hecho.

José está en un dilema. Su mujer está encinta y, obviamente, él no es el padre. Es un hombre religioso. La ley, en estos casos, manda lapidar a la mujer o, al menos, repudiarla, es decir, abandonarla. Pero al parecer, su conciencia le dice otra cosa. La lucha de José es grande. Y, cuando cae agotado, el Señor le puede despejar sus dudas a través de un ángel que le habla en sueños.

Muchas veces en la Biblia aparecen momentos en que Dios se manifiesta en sueños. Adán cayó en un profundo sueño antes de la creación de Eva. Jacob vio en sueños aquella escalera que unía el cielo y la tierra. José, el hijo de Jacob, es famoso por sus sueños… Así, muchos ejemplos. Este es un modo de decir que Dios no siempre se manifiesta de manera clara y contundente. Muchas veces, nos parece que ha sido como un sueño y necesitamos discernir...

El centro del relato es precisamente el anuncio del ángel. Él le revela a José que María ha concebido por obra del Espíritu Santo. Y, sobre todo, le revela la identidad de aquel que va a nacer a través de los dos nombres que le va a dar (recordemos que el nombre expresa la identidad). Aquel que va a nacer se llamará Jesús (Dios-salva) y Emmanuel (Dios-con-nosotros). Es decir, aquel niño es Dios que viene entre nosotros para salvarnos. Un detalle bonito es que será José quien, por indicación del ángel, le pondrá el nombre, como un modo de tomar parte en este acontecimiento tan importante.

Y, José, aquel hombre sencillo y profundamente creyente, acoge las palabras del ángel y hace lo que le dijo. En José podemos ver claramente qué es ser creyente: disponernos para escuchar la Palabra de Dios, acogerla y ponerla por obra.

Que estos días, ya cercanos a la Navidad, sean días para leer, escuchar y acoger la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Y, no olvidemos que, la Palabra de Dios es, sobre todo, Jesús. En Él, Dios nos ha dicho claramente quién y cómo es Él y lo que nosotros tenemos que hacer y cómo tenemos que vivir.

2. MEDITA
  • En momentos de dificultad, cuando estoy en un dilema o tengo que tomar decisiones complicadas, ¿lo hablo con el Señor? ¿Lo pongo en sus manos?
  • ¿Actúo de acuerdo a la voz de mi consciencia?
  • ¿Escucho con atención la Palabra de Dios?
  • ¿Sé distinguir lo que me dice a mí personalmente?
  • ¿Pongo por obra aquello que el Señor me indica?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 9 de diciembre de 2022

III Domingo de Adviento (Ciclo A): Cuando Dios rompe nuestras expectativas (Mt 11, 2-11)

1. LEE: MATEO 11, 2-11

El III domingo del Adviento es llamado también el domingo de la alegría (Domingo Gaudete). Una alegría que nace de saber al Señor cerca y de constatar cómo el Señor actúa en nuestra historia, en el hoy.

Los domingos segundo y tercero ponen el foco en una de las grandes figuras del adviento: Juan Bautista. En el evangelio de hoy, se nos muestra a Juan en la cárcel. Ha sido arrestado por el rey Herodes. Allí, oye hablar de Jesús, de lo que hace y de lo que dice. Su mensaje y sus obras lo confunden, pues no responde a sus expectativas. Él, Juan, había anunciado "mano dura" y un castigo inminente; Jesús, en cambio, perdón y misericordia. De allí su duda, ¿es Jesús realmente el Mesías?

Cuántas veces nos ocurre lo mismo a nosotros. Dios no responde a nuestras expectativas, a lo que esperamos de Él y, entonces, nos entra la duda y, no pocos, hasta pierden la fe. Por eso, esta tercera semana de Adviento nos invita a preguntarnos cuál es nuestra imagen de Dios, si esta realmente responde a ese Dios Padre y bondadoso que nos presenta Jesús, y si Jesús, aquel niño que nace en Belén, que yace en un pesebre, el siervo pobre y humilde, es aquel a quien seguimos.

Lo interesante es ver cómo responde Jesús. Jesús no se escandaliza ni entra a justificarse; sencillamente se remite a sus obras: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados, a los pobres se les anuncia la buena noticia. Dios no se manifiesta a través de fuegos artificiales o con actuaciones extraordinarias. Su modo de hacerse presente es iluminándonos (dándonos luz en momentos de oscuridad, de turbación), curándonos de nuestras parálisis (de nuestras decepciones, postraciones, desánimos), dando buenas noticias a quienes parece que solo las tienen malas (los pobres).

Este modo de actuar de Jesús, en realidad, ya había sido anunciado por el profeta Isaías, el profeta de la consolación, así que Jesús lo que expresa es que Él se identifica con ese Mesías compasivo y misericordioso. Y, añade una bienaventuranza, «dichosos aquellos que no es escandalizan de su modo de actuar», es decir, que no se decepcionan de este modo de ser de Dios.

Esta es la buena noticia que nos trae esta tercera semana de Adviento. Y esto es motivo de alegría, de gozo. Nuestro Dios es un Dios compasivo y misericordioso y viene en medio de nosotros no con el afán de castigarnos, sino de ayudarnos a volver a casa, a reconstruir la fraternidad muchas veces fracturada, a dignificar y liberar a las personas.

2. MEDITA
  • ¿Cuál es mi imagen de Dios? ¿Corresponde al Dios que se nos revela en Jesús?
  • ¿Jesús da respuesta a mis búsquedas y esperanzas o aún estoy “esperando” y/o buscando en otra parte?
  • ¿Reconozco los signos de la presencia de Dios? Los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres? ¿O qué signos espero?
  • ¿Realizo yo esos signos que hacen presente al Señor en nuestro mundo?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?

viernes, 2 de diciembre de 2022

II Domingo de Adviento (Ciclo A): Que nuestra vida dé buenos frutos (Mt 3, 1-12)

 

1. LEE: MATEO 3, 1-12

Entramos en la segunda semana de Adviento y continuamos nuestra preparación espiritual para celebrar el nacimiento de Jesús. 

En el II domingo de Adviento, usualmente se nos presenta la figura de Juan el Bautista, la persona llamada a preparar el camino al Señor. Todos los evangelios sinópticos concuerdan en que Juan hacía una fuerte llamada a la conversión. Nosotros hemos reducido la conversión a una cuestión moral y/o meramente interior. Convertirse, en cambio, es dar un giro, cambiar de dirección. Convertirme es mirar mi vida, ver si estoy viviendo según los valores del evangelio, de cara a Dios. Convertirme es hacer los “giros” necesarios para reorientar mi vida en esa dirección, la dirección del amor a Dios y a mis hermanos.

Con todo, el evangelio de Mateo habla concretamente de producir frutos de una sincera conversión; es decir, pone el acento en los frutos. Y, sí, una verdadera conversión, un sincero cambio de vida se manifiesta externamente, en modos de comportamiento, de reaccionar.

El tema de los frutos es muy importante. En muchos momentos la Sagrada Escritura pone el acento en los frutos. Jesús mismo se lamenta de no haber encontrado frutos en el pueblo judío. Y los frutos son modos de ser y actuar inspirados por el amor: perdonar, acoger, disculpar, escuchar, estar disponible, comprender, tener paciencia... ¡Hay tantas maneras de expresar el amor! Igual que al árbol se lo conoce por sus frutos; a las personas se nos conoce por nuestras obras.

En esta segunda semana de Adviento, por tanto, se nos pide que veamos qué frutos estamos dando y, sobre todo, qué frutos espera el Señor de mí. Ese será el mejor regalo que le podemos dar a Él y a los demás en Navidad.

2. MEDITA
  • ¿Qué frutos estoy dando? ¿Qué me diría el Señor? ¿Cómo me ve?
  • ¿Qué frutos espera de mí el Señor? ¿De qué necesito convertirme?
  • ¿Qué actitudes, que comportamientos debo cambiar para vivir más coherentemente mi vida cristiana y prepararme a la celebración del Nacimiento de Jesús?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
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sábado, 26 de noviembre de 2022

I Domingo de Adviento (Ciclo A): ¡Vivamos con el corazón a punto! (Mt 24, 33-44)

 

1. LEE: MATEO 24, 37-44

Este domingo damos inicio a un nuevo año litúrgico y empezamos el Tiempo de Adviento, un tiempo que nos prepara a la Navidad, a la gran celebración del nacimiento de Jesús.

El Año litúrgico está pensado como un proceso catequético que nos ayuda a profundizar en nuestra fe y está concebido como un medio que favorece nuestro crecimiento espiritual. A lo largo de cada año, vamos recorriendo nuestra Historia de Salvación, el camino que Dios ha ido haciendo con la humanidad, y la vida de Jesús.

Empezar un nuevo año litúrgico, igual que cuando empezamos un nuevo año, también es un buen momento para reavivar nuestros deseos, cerrar etapas para prepararnos a un nuevo inicio. 

El Adviento nos recuerda algo muy importante: ¡Dios viene! No solo vino (pasado, en referencia a Jesús de Nazaret). No solo vendrá (futuro, en referencia a lo que conocemos como la segunda venida del Señor), sino que Dios viene, hoy, en nuestra presente, aquí y ahora. En un mundo tan convulsionado, donde muchos acontecimientos nos invitan a la desesperanza, el Adviento nos recuerda que nuestro mundo tiene futuro, pues está en manos de Dios. Y porque Dios viene, está viniendo continuamente, la primera llamada que se nos hace es a estar atentos, vigilantes.

Este año en concreto, las lecturas de los domingos corresponderán al ciclo A, por lo que leeremos sobre todo el evangelio según san Mateo.

El evangelio de hoy nos hace una llamada: «Estén prevenidos, estén preparados». Se insiste en ello porque muchas veces andamos por la vida en “piloto automático”. No esperamos ninguna novedad. Nos movemos dentro de rutinas conocidas, y Dios es novedad.

Para ilustrar esto, se no recuerda lo que pasó en tiempo de Noé. El mundo era un desastre, pero la gente vivía como si nada… Comían, bebían, se casaban… Y el diluvio los tomó por sorpresa… No estaban preparados… Algo parecido nos puede estar pasando a nosotros...

Así mismo, se nos dan otros ejemplos. Hay dos hombres trabajando, de repente, a uno se lo llevarán y el otro se quedará. Había dos mujeres en tareas ordinarias, a una se la llevarán y a otra la dejarán. Es decir, todos ellos estaban realizando sus tareas cotidianas, sin percatarse de que, de un momento a otro, podría suceder algo inesperado… De hecho, ¿quién nos asegura que acabaremos el día de hoy?

Esto no es para vivir con miedo, sino para vivir con consciencia. Es una invitación a aprovechar el tiempo que el Señor nos regala, a hacer del tiempo una oportunidad para amar y servir. Hay personas que viven tan pendientes del futuro (qué va a pasar) o del pasado (rencores, nostalgias), que no viven el momento presente. Y Dios está, Dios está viniendo hoy, en este instante.

Por lo tanto, el evangelio de la primera semana de Adviento nos indica cómo empezar nuestra preparación para acoger la venida del Señor: no vivir distraídos, como en tiempos de Noé; vivir con consciencia, despiertos, atentos hoy, ahora. El Señor viene, está viniendo siempre, no dejemos que pase de largo…

2. MEDITA
  • ¿Estoy atento/a a las venidas del Señor? Recuerda alguna experiencia.
  • ¿Vivo mi día a día con consciencia y responsabilidad, como si hoy fuera el último día de mi vida?
  • ¿Qué puedo hacer esta primera semana de Adviento para prepararme a la celebración de la Navidad?
3. ORA
  • Dialoga con el Señor...
  • Pídele… Dale gracias…
  • Haz silencio en tu interior…
4. COMPROMÉTETE
  • ¿A qué te invita su Palabra?
  • ¿Qué podrías mejorar o cambiar?