lunes, 13 de octubre de 2008

“Haz a los demás lo que quieras que ellos te hagan a ti” (Mt 7, 12)

Después de haber dado una serie de indicaciones sobre el modo de conducirnos en nuestra relación con los demás (el perdón, la misericordia, la indulgencia) y de haber hecho una invitación a la oración con la confianza de que nuestra vida está en manos del Padre, Jesús dice: “En resumen: Todo lo que os gustaría que hicieran los demás con vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque ésa es en definitiva toda la Ley y los Profetas” (Mt 7,12).

            En realidad, esto no necesitaría mayor comentario… Bastaría un pequeño ejercicio: Piensa en una persona concreta… Escribe qué echas de menos que esa persona haga contigo (que me escuche, que no sea tan exigente…). Después de tener la lista, proponte hacer eso mismo con aquella persona… ¿Qué te parece? ¡Así de simple! Y si te animas, repite el ejercicio pensando en otra persona… Definitivamente, si todos actuáramos así, nuestras relaciones mejorarían sustancialmente…

            Te invito a hacer la experiencia… No basta no hacer daño a nadie… Se trata de actuar positivamente, se trata de hacer algo… (¡el amor se hace, no se piensa o sólo se siente!)  Y como a veces no sabemos qué hacer, el pensar en lo que nos gustaría que hicieran con nosotros, puede ayudar…

            Fijaos, es algo tan efectivo, que yo lo utilizo con bastante frecuencia… Cuando dudo sobre el modo de comportarme con una persona, me pregunto: ¿A ti te gustaría que te hicieran o te dijeran eso?, ¿… de ese modo? Y os aseguro que cuando me contesto sinceramente, y actúo en consecuencia, no me equivoco…

            ¡Cuántas veces al ver algo que no me ha gustado mi primera reacción sería exigir, corregir…! Y, claro, con un gesto o un tono no muy adecuado que digamos… Entonces me pregunto: “Vamos a ver, ¿a ti te gustaría que te lo dijeran de ese modo? ¿Cómo te gustaría que en un caso como éste actuaran contigo?” Esto, además de ayudarme a evitar una primera reacción de la que a veces me puedo llegar a arrepentir, me ayuda a reaccionar más evangélicamente. De verdad, ¡probadlo y ya me diréis!