lunes, 20 de octubre de 2008

“Por sus obras los conoceréis” (Mt 7,15-20).

Esta dicho “por sus obras los conoceréis”, usado con relativa frecuencia, tiene su fuente en el evangelio… Lo dijo Jesús para darnos un criterio que nos ayude a distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas…

Una vez más, no olvidemos el contexto… Estamos al final del Sermón del Monte, donde aparecen recopiladas una serie de enseñanzas de Jesús… me atrevería a decir, casi una síntesis de todo su mensaje… Por eso, quien vive según se nos indica en MT 5-7, de seguro va por buen camino, como decía Jesús en el pasaje anterior (Mt 7,13-14).

¿Y cuál es el criterio para reconocer a los verdaderos discípulos de Jesús y, por tanto, a los verdaderos profetas (profeta es todo aquel que habla en nombre de Dios y ayuda a descubrir un sentido a la historia)? Para Jesús está claro: las obras, los hechos, las actuaciones concretas… Es decir, no se trata de palabras grandilocuentes, ni de figuras que nos atraen por su verborrea o por una apariencia deslumbrante… ¡No! El criterio de verificación son las obras… Oír no sólo lo que dicen, sino mirar cómo viven, como actúan… Porque, como dice Jesús, al árbol se lo conoce por sus frutos… Quien tiene el Evangelio en su corazón, actuará conforme a lo que dice el Evangelio… En cambio, quien actúe, juzgue e invite a actuar y a juzgar desde criterios distintos al evangelio, no es un discípulo de Jesús y, por tanto, no merece ser escuchado y, menos aún, seguido… ¿De qué me sirve decir que hay que perdonar si a la hora de la verdad, guardo rencor en mi corazón y le digo a otra persona: no seas tonta, no te dejes pisar, nada de poner la otra mejilla?

Pidámosle al Señor que nos vaya haciendo un corazón semejante al suyo para que, como decía al principio de su discurso (Mt 5,16), cuando los demás vean nuestras “buenas obras”, es decir, cuando actuemos como Jesús, descubran a ese Dios que llevamos dentro y que quiere darse a conocer como Padre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Porque al que es puro no hace falta juzgarlo, pues se ve, como cuando ves a un niño inocente.
Cuando ves algo, ves sus frutos, su esencia.
Es esa sensación que sientes, notas, y conoces de algo, que va más allá de lo que se puede explicar con la razón.
Por sus frutos los conoceréis,
entonces, quién hace tesoros en el cielo, eso es lo que estás viendo de él, y de quién hace maldad, eso es lo que estás viendo de él.