domingo, 10 de julio de 2016

“Lo vio y sintió compasión”. (Lc 10, 25-37)

la parábola del Buen Samaritano es un texto que no me canso nunca de escuchar; es una narración que me encanta porque rezuma humanidad, porque nos revela el rostro de Dios y la posible solución al entero drama humano.
¿Quién es mi prójimo? Es la pregunta que marca el punto de partida. La respuesta de Jesús, hace un desplazamiento de sentido (¿quién de los tres se hizo prójimo?) y modifica el concepto radicalmente: tu prójimo no es aquel a quien tú colocas en el horizonte de tu atención, sino que prójimo eres tú cuando  te haces cargo de una persona; prójimo no es aquel a quien tú amas, sino cuando tú amas.
El verbo central de la parábola, aquel del que emana todo gesto posterior del samaritano se expresa con las palabras “tuvo compasión”. Que, literalmente, en el evangelio de Lucas indica algo que se sitúa en las vísceras, como un espasmo, como un calambre en el estómago, una rebelión, algo que se mueve por dentro, y que es de donde brota luego la misericordia fáctica.
Compasión es sentir dolor por el dolor del hombre, la misericordia es inclinarse, curar las heridas. En el evangelio de Lucas, “sentir compasión” es un término técnico que señala una acción divina con la que el Señor restablece la vida a quien la ha perdido. Tener misericordia es la acción humana que deriva de este “sentimiento divino”. Los primeros tres gestos del buen samaritano: ver, detenerse, tocar, señalan las tres primeras acciones de la misericordia.
Ver: Vio y sintió compasión. Vio las heridas, y se dejó herir por las heridas de aquel hombre. El mundo es un inmenso llanto, y “Dios navega en un río de lágrimas” (Turoldo), invisible para quien ha perdido los ojos del corazón, como el sacerdote y el levita. Para Jesús, en cambio, mirar y amar son la misma cosa: Él es la mirada amorosa de Dios.
Detenerse: Interrumpir mi camino, mis proyectos, dejar que sea el otro quien marque mi agenda, detenerme junto a la vida que gime y llama. Yo he hecho mucho por este mundo cada vez que sencillamente detengo mi carrera  para decir “gracias”, para decir “aquí estoy”.
Tocar: El samaritano se aproxima, derrama aceite y vino, venda las heridas del hombre, lo carga, lo lleva… Tocar es una palabra dura para nosotros, compromete el cuerpo, nos pone a prueba. Tocar al contagioso, al infectado, al llagado, no es espontáneo. Y en el evangelio, cada vez que Jesús se conmueve, se detiene y toca, mostrando así que amar no es algo “emotivo”, sino cuestión de manos, de tacto; es algo concreto, tangible.
El samaritano se hace cargo del hombre herido de un modo exagerado. Pero precisamente ese exceso, ese dispendio, ese actuar sin medida, sin llevar cuenta, este amor unilateral y sin condiciones, se convierte en alegría, divina noticia para la tierr, para los heridos de este mundo, para los que están en la cuneta.
(Ermes Ronchi. Traducido del italiano. www.retesicomoro.it)

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